Onofre, como en sus días, Lazarillo, devolvió mal con mal; degustó el sabor de la venganza, aunque en algún momento pudo haberse mostrado con desmesura, pero la compostura de la mujer, su mala boca, atizaba en cierto modo las ascuas del odio, conservado en tiempo y forma. A modo de descargo, en realidad Onofre no había atacado, simplemente decoró la escena para que la malvada mujer representara su tragicomedia doméstica. Se relamía con descaro ante la pobre mujer, que se quejaba, haciéndole mofa y escarnio. Al tiempo, que algo de corazón tenía, lamentaba una desgracia ajena, pues al fin y al cabo, aunque no era, en modo de madre se había mostrado desde que la suya lo dejó huérfano.

Un sacristán, personaje recurrente por afinidad en las aventuras del Lazarillo de Tormes, vino a salvarlo de aquellos dudosos futuros. De era y allí debería volver. Mostró interés en Onofre para emplear como siervo y educar en lo que pudiere ser menester. Quedó citado para otros días, pues el sacristán debía regresar presto. Autorizado por el tutor, , Onofre partió de Palazuelos, entre otras razones, para escapar de la probable venganza, pergeñada en muchos días de convalecencia, pues Inés habría de regresar a sus tareas, donde ocupaba lugar preferente aquel chaval añadido, que no era hijo de su amo, joven perverso, aprendiz de maldades, al que debía devolver atenciones.

En su nueva casa no estaba el amo, que no hizo por recibirlo, aprovechando Onofre para conocer la ciudad de Sigüenza, que se mostraba a sus ojos como escenario majestuosamente hermoso. En la calle principal encontró un mercado. Deseo comprar fruta y echó mano del real de plata que como todo tesoro guardaba, regalado por su tutor al despedirse. La que vendía, astuta, como luego demostró, cogió el real cuando escuchaba el encargo, pero lo ignoro lo suficiente como para atender a otra persona. Malévola maniobra de una estafadora profesional deambulando por mercados. Onofre le llamó la atención para que volviera a su negocio y la mujer le preguntó para venderle una fruta. El chaval esperaba lo que sobraba de aquel real de plata, sin embargo la timadora no se dio por enterada y reclamó ayuda para echar de allí al truhán que pretendía engañarla. Bien se la dieron al recién llegado a una civilización de pillos, donde debería ponerse al día, de otro modo la vida le daría alguna que otra bofetada, como allí se llevó para que se fuera del mercado. Ya en casa del sacristán, después de narrar el atropello, su amo le advirtió que ya no estaba en el paraje bucólico y plácido, donde hasta ese momento dejó pasar sus días, ahora debía mostrar talento y prevención donde tanta falta hacía. La astucia, aunque simplemente sea para protegerse, debía estar por delante de la mentira, prevenirse del engaño era tarea cotidiana en una tierra como aquélla, injusta y traicionera.

Onofre conoció la picaresca en primera persona, como tantos otros personajes cuyo esteriotipo se repite en la novela hispana, en esos y otros pagos, en esos y otros tiempos, porque no estamos lejos, en pleno siglo XXI, cuando el atrezo y decorados pueden ser otros, pero lo esencial, lo que permanece, ahí lo tenemos, como siempre. El truco del cambio, que tanto se repite en tiendas y supermercados, supone una tradición patria, como la utilización de moneda falsa o elementos de pago en forma de papel o plástico. La mentira, más o menos elaborada, no es más que la herencia pícara de aquella miseria del siglo XVI. Y el sacristán quiso mostrarle, como primera lección de su nueva vida, sabiduría en el deambular por conductas humanas y tierras duras. Pareciera que Onofre disfrutaría de calma, saber y comida. El chaval escuchaba atento, despierto, inquieto por aprender bien y pronto, que tanto lo habría de sopesar de allí en adelante. También le aconsejaba bondad en el comienzo, acumular buen corazón y conservarlo para cuando viniera otros tiempos, donde sabrá brotar la generosidad sin esfuerzo en el instante que se le requiera. Amasar odio y maldades no hace más que embadurnar el corazón de traición, que luego es complicado sanear, precisamente cuando más falta pueda hacer. Almacenar mal, abonado con engaños, no hace más que germinar perversión. Y esa fruta podrida, cuando menos lo esperamos, puede alcanzar nuestra boca.

Onofre quería saber, pero no era ciencia lo que buscaba, sino comer, pero el sacristán, como en repetidas ocasiones hemos conocido, preconizaba la abstinencia, la discreción y control de las miserias superando en rango moral de los que rellenaban la barriga sin razonamiento. La mente por encima de las pasiones terrenales, pero Onofre no estaba para filosofías, simplemente quería comer, como Lazarillo, Guzmán, Rinconete o Cortadillo. El vientre no tenía más que vicios, pues la gula es amiga del glotón. Había que comer para vivir, nunca vivir para comer. Onofre, que no replicaba, aturdido por la escena, estaría conforme, simplemente, con comer. Terminó su amo mandando que les dieran los criados de cenar. Bendita palabra. La moderación imperaba en la casa, más aún en la comida, y Onofre hubiera gustado sobrepasar. Le dieron lugar para dormir junto a tres estudiantes, que hacían de siervos del sacristán, y allí pasó la primera noche en Sigüenza, donde iniciaba su nueva vida.