Guzmán reconocía que el matrimonio y los negocios con el suegro lo tornaron a pobre, pues no disponía de capital con la soltura que vino de . La mujer gastaba más de lo que podía y la hacienda propia menguaba para recuperarse haciendo trampas. Alzaba bienes y se justificaba con mentiras bien armadas. Y no tenía más remedio que reconocer su mala vida y peor intención. Su peor enemigo, como siempre, era él. Tenía tiempo y ganas de repasar sus últimos años elucubrando sobre el matrimonio, las bendiciones y tantas desgracias que le hicieron arrepentirse mil veces. Desgranaba el autor los infinitos matrimonios que conocía, retahíla de historias repletas de mentiras y convencionalismos sociales aceptados como normal, cuando la realidad era otra, especialmente en gente principal, que disimula para mostrarse dignos ante otros ojos, tan pérfidos como los suyos.

Seis años fue casado, pues su mujer, que seguro engañó a confesores, lo dejó viudo. Firmó el finiquito con el suegro, que recuperó la dote, y se despidieron como amigos, pues lo fueron, además de compinches en el engaño. Se quedó sin el tesoro que pudo traerse de Italia. Orientó su vida hacia el servicio de . Vendió la casa, pero con muchos aprietos legales, pues debía más que tenía, además de las cargas oficiales y obligaciones con el dueño del sueño. Una desgracia más, añadida a otras que padeció, aunque, a pesar de sus quejas, no eran más que retribución a su comportamiento, también, muchas veces ilegal. Y mudó su vida a Alcalá de Henares. Siempre anheló ser bueno, aunque engañando fue feliz y sacó renta. En realidad, sabía que en la iglesia comida había de tener y los acreedores, muchos pendientes de cobrar, lo dejarían en paz al verlo sin más que un alma limpia y servicial. Estudiante de teología, y bien comido, dejaba pasar los días acogiéndose con gusto a la disciplina y buena vida. Le quedaba poco curso para finalizar los estudios. Una romería le trastornó el futuro, pues siguió al grupo de mujeres que junto al río tomaron asiento. Estudiante y conocido de sobra en Alcalá, no tuvo dificultad en acercarse a ellas. No quedaban más de tres meses para ordenarse, tenía el aprecio y apoyo financiero de su suegro, que le prometió dinero para ello.

En fin, era febrero, y quedó prendado de una de aquellas mozuelas. Perdió el norte, oeste, este y sur. No podía soportar el mal de amores. Lo dejó todo, cuando mejor ocasión parecía. Seis años más formándose para mejor servir aspirando a una capellanía. Amor diáfano y correspondido, que lo llevó a casa de su posterior suegra, donde fue muy bien acogido, y se casó. Le dio fuerte el mal de amores, que cultivó y buen acopio de felicidad cosechó. Guzmán abandonó estudios para Dios y emparentó con Alcalá de Henares. No tardó en comparar matrimonios. El primero una amargura, el segundo una bendición de Dios. Para la suegra era un hijo más, que mimaba como nadie. En aquella casa era todo sencillo y bueno, como nunca lo había experimentado, pues familia de ese modo jamás conoció.

Los sueños terminan. Las deudas viejas vinieron a recordar al que pudo ser su suegro, fallecido antes de conocer a la mujer de su vida. Ejecutaron el embargo y se quedaron más pobres. Guzmán comenzó estudios de medicina, que en un estudiante de hacía poco no suponían gran esfuerzo, pero no pudo terminar. Perdieron comida y respeto. No vieron más remedios que marcharse a . No tenían más equipaje que sus atillos, y así marcharon en busca de otra mejora en la vida. Su esposa, irradiando elegancia y hermosura, cargaba la guitarra con la que tan bien se mostraba. Se dejaron caer en la calle Mayor. La apariencia luminosa de su mujer les abrió las puertas de una posada, donde les dieron bien de comer. La amistad de un ropero, generoso y amable donde hubiera, disimulaba cierto interés por su mujer, y Guzmán quería agradar vigilando pretensiones insanas. Recibieron vestidos y aderezo para su aposento. No faltaba comida y atenciones. Pero Guzmán no quería regalos, sino el modo de conseguir dinero. Recuperó amistades del pasado, con los que jugaba y pedía prestado. Las nubes aparecieron de nuevo en su vida. Mientras tanto, el galán oculto entregaba dádivas para sobrevivir, pero competía con más pretendientes, a los que Guzmán, aprovechando a su mujer, sacaba ayudas y detalles para seguir gastando. Era extranjero que buscaba amistad y visitaba la casa con generoso bolsillo. De ese modo restaron protagonismo al ropero porque mejor les iba con un rico y poderoso, que así se mostraba, que les dio la oportunidad de visitar su casa. En cierto modo, Guzmán, salvando distancias, algo de macarra hacía, pero su desvergüenza servía para comer más y mejor, a costa de la belleza de una mujer como la suya. Tanta generosa relación, aunque por dentro fuera pura, daba que hablar en las calles de Madrid, poniendo cuernos a un Guzmán, que no tenía más que seguir dejándose mofar, aunque en su casa había riqueza por cualquier lado. Gracia, además de su apostura, con la guitarra amenizaba minutos de felicidad compartida. Alargaba veladas con la belleza y donaire natural que tenía, daba alegría a los presentes, algo de celos a Guzmán, que por bien los veía empleados si así podía asegurar el porvenir, porque, una vez más, como en otras tantas ocasiones, lo primero era seguir viviendo y medrar tratando de mantener una posición social, que tanto le costó alcanzar.

Artículo de la serie “El ” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,