El modo de conformar o disfrutar la Semana Santa en nuestros días puede hacernos esquivar las referencias que tanto tienen que ver con la naturaleza humana. Si pudiéramos preguntar a los padres franciscanos, que comenzaron la tradición por el año 1526, al menos en nuestra ciudad de Albacete, tendrían que reconocer su incapacidad para imaginar una deriva semejante en cualquiera de las vertientes que nuestra memoria histórica pueda concretar. Porque, y es muy bueno reconocerlo, hay mucho de histeria colectiva cuando tratamos de explicar las posturas sociales en torno a una manifestación cultural y religiosa de lo que, ahora, consideramos una costumbre consolidada. Nuestros padres y abuelos, con arreglo a dónde les tocó sobrevivir determinados periodos históricos, debieron superar fechas de intransigencia, maldad, muerte e indignidad. También hubo días de fundamentalismo irracional arrastrando a quienes no deseaban secundar este tipo de manifestaciones sociales y vivir unas ceremonias alejadas de su cultura o inclinación personal.

Cuando competimos en imaginación, fervores y calidad de nuestras procesiones, cuando parecemos olvidar el fundamento de esta generosidad compartida por tanta buena gente, es bueno tratar de comparar y apreciar los comportamientos heroicos desarrollados antes o en nuestros días. Ser cristiano, sin hacer ninguna ceremonia como la Semana Santa nos sugiere, significa en muchos lugares del mundo ser señalado por el dedo de la muerte. Mientras en estos días buscamos hombros, dinero y respaldo colectivo, otros cristianos regatean los momentos de riesgo porque temen por su vida, y la pierden. La persecución de la fe, algo anclado en nuestra historia, nos obliga a ser mesurados y reforzar la conciencia de una realidad benévola. No hay razón alguna para exigir más allá de lo que nuestro ejemplo demande. Cada instante, cualquier conducta en la construcción de una manifestación religiosa como las procesiones, significa el homenaje sincero a quienes no pueden hacerlo o, cuando lo intentaron, vieron su presente atenazado por el odio.

No debe resultar complicado conocer experiencias en territorios no demasiado alejados de nuestras calles de privilegio. Ser católico no sale gratis y supone protagonizar una pasión. El ejemplo de Cristo, como todo el recorrido en esos días de conmemoración, se reproduce en personas de hoy. La presencia de María, como madre de tantos castigados, la contemplamos en mujeres de carne y hueso llorando y arropando los restos mortales de unos hijos señalados por la muerte injusta. Y sus amigos, que no empuñan el fusil, acompañan o se esconden para no soportar un final parecido. Hay procesiones en muchas calles del mundo, espectadores del odio, observando el calvario de hombres, sangrando por dentro y fuera, esperando la ejecución para aplaudirla; soldados de imperios enanos enarbolando banderas de muerte empeñados en erradicar lo que no aceptan con procedimientos malditos.

Y para los que buscan en la memoria, quienes pretenden restablece presuntas justicias sobre algunas falacias, será bueno recordarle aquella procesión en El Bonillo (Albacete), en la primera parte de 1937, cuando un grupo de mujeres, con algún hombre, decidieron sacar a la calle una imagen de la iglesia, que pretendían vender las autoridades republicanas en por su valor crematístico. Semejante osadía les costó una condena por sedición y su ingreso en la cárcel de Albacete. Un juez, con nombre y apellidos, redactó una sentencia que algunos descendientes guardan. También, y puede ser complicado encontrar testigos directos, habría que recuperar esos momentos de martirio patrio cuando, en julio de 1936, una niña que jugaba en el Santuario de Nuestra Señora de Los Ángeles, junto a Jimena de la Frontera (), contempló como la muchedumbre enfervorizada tiraba al fuego varias imágenes, entre ellas un Niño Jesús, al que habían puesto un traje de torero.

Habrá miles de anécdotas macabras en el recuerdo de tantos pueblos de España, que algunos no desean rescatar porque la memoria es selectiva. Hay que mantener la vigilancia, discreta, serena, ponderada y generosa para prevenir arrebatos injustificados que puedan aflorar en estos días del recogimiento, cuando nos han regalado una contienda periódica enfrentando sentimientos. Pocos argumentos cabales, muchas perorata del cuento. Los alquimistas sociales mezclan pendencias edulcoradas con tópicos falsos para embaucar sentimientos y arrastrar voluntades debilitadas por el desconocimiento. No debemos perder el norte de nuestros anhelos. Los ejemplos suman miles, sin alejarnos demasiado en el espacio o tiempo, y merecen el respeto de la gente buena. La Semana Santa es paradigma de lo correcto; manifestación de fervor rellena con la desinteresada participación de tantos entregando tanto. Sin envidiar a otros lugares, aunque pudiera parecerlo, orientamos nuestro saber hacia un modo de creer y desear como nada y como nadie. Las procesiones son empresas del querer hacer para recordar una efeméride única e irrepetible, que no puede ofender creencia alguna, que no desea confrontar más que corazones entregados a una justa causa, que no quiere afrentas de nadie, porque no busca retar a otros argumentos. Sencillamente, se trata de una realidad cultural con remaches sagrados, admitidos por tantos millones de creyentes, que ofertan amor y recogimiento, pasión y respeto por algo supremo.

Los recorridos de nuestras procesiones, que mejoran y enaltecen envites de cofradías entregadas a un empeño, acogerán presencias colectivas procedentes de todas las partes del mundo. Nunca como ahora, cuando tratamos de buscar miradas distintas, vemos ejemplos de respeto en quienes no secundan nuestros ritos religiosos, sin embargo, y es bueno entretenerse en ello, observan en silencio, a veces, absortos por algo diferente, cómo una tradición es capaz de arrastrar voluntades y acometer empeños sujetando el peso de una oferta común. Los hombros se acomodan para aguantar el esfuerzo de siglos engarzados con mil historias. Los redobles de tambores, rememorando el imperio que nos dejó seguir en esta costumbre, armonizan el ritmo acompasado de la buena fe. Muchos ojos se encharcarán al mezclar sueños con imágenes irrepetibles. Palabras de nuestras madres, que como la Virgen, orientaron la existencia tratando de señalarnos el mejor de los futuros; y en ese instante exacto, cuando la imagen levita frente a nosotros, irrumpe en cada mente el mejor de los recuerdos. Y los buenos, quienes no tienen porqué guardar rencores, se ajustan el corazón para seguir viviendo y contemplar el paradigma de lo sublime, la entrega descarnada que servirá para perdonar tantas afrentas que hubieron, hay y habrá.

Es muy bueno recuperar la memoria para fortalecer nuestras conciencias, acomodar prioridades y ensalzar el ejemplo de tantos mártires por hacer algo que en estos días de Semana Santa consideramos absolutamente normal.