Con algunos tebeos de postguerra ha ocurrido lo mismo que con ciertas películas de las llamadas de serie b, incluidos personajes de papel y estrellas de la pantalla grande, los cuales, pese a aportar buen granito, estupendas vibraciones y enriquecer páginas y celuloide en cantidad no alcanzaron el éxito acariciado, “El Hijo de la Jungla” puede servir de ejemplo.

Este héroe de Editorial Valenciana se presentó en quioscos y papelerías en junio de 1956, el mismo año del nacimiento de “El Capitán ” y “Pantera Negra”, series más afortunadas que la del personaje creado por y conducido posteriormente por el entonces debutante Serchio. El joven paria, que era de regia estirpe, fue adelante sin convencer demasiado, recorriendo las selvas de la India y enfrentándose a terribles maharajahs, mujeres tan pérfidas y astutas como “Konha” y demás enemigos de armas tomar.

Por “Jhadi”, nombre real del apuesto mozo, bebían los vientos la rubia Alicia Martyn, sobrina del coronel Wetzel, jefe del ejército con despacho oficial en el fuerte Stockwel, y Dahi, hermana postiza del intrépido veinteañero, calumniado en ocasiones por los sahikis y aclamado en otros momentos por liberar a decenas de prisioneros que sufrían condena en las cárceles del tirano Brohmah.

En la odisea, que llegó al número 86, intervenían el príncipe Mahur, el malvado Khambu, “La Máscara de la Serpiente”, Nora Lorney, un calco de Carolina, la deliciosa fémina de “El Pequeño Luchador”, la fascinante Sonni, el perverso Rakka y colegas de un currante sin suerte que rivalizó con “Milton el Corsario”, de , el tutor de “ y ”, y pasó sin pena ni gloria por la historieta de antaño. Tampoco obtuvieron aplausos, galardones y reconocimiento “ Conde”, “El Sargento Invencible”, “Roque Brío”, “Ray, perro lobo” y “El Pistolero Justiciero”.

Y ahora doy fugaces pinceladas de un nutrido pelotón de humoristas que no se llevaron el premio gordo porque ni los niños de San Ildefonso sacaron las bolitas agraciadas ni los lectores de comics se afiliaron a ellos, Comienzo por “Sófocles”, el hombrecito de Martz Schmih lanzado a la intemperie en modestas tiras de apenas media docena de viñetas… y menos famoso que el poeta griego de la literatura universal. “Godofredo y Pascualino”, puestos en órbita por el extraordinario , trotaban por los pasillos de Bruguera viviendo del deporte fino, vendiendo nadadores baratos con reuma, cediendo árbitros que ya no “pitaban” , técnicos en declive y coñac de excelente precio ( al final no vendían nada ).

“Miguelín”, el tierno infante de la revista “Jaimito”, se ganaba el pan nuestro de cada día y el jamón de los domingos echando horas extras en los primitivos trenes y armaba líos de papá, mamá, abuelito, cuñada, suegra y prima de Valdeganga. “Gasógeno” el taxista contaba con escasos clientes y el pobre que entraba a su coche salía trasquilado. “El Caballero Simón”, pequeño pero matón, de Jorge, acechaba a un oso, intentaba cazarlo y el cazado era él. “El Profesor”, viejecito bonachón e ilusionista, visitaba a los “bajokas”, parientes de los “Judías Tiernas” y les proporcionaba conejos que sacaba de su mágica chistera.

Y me despido con “Los Benito” estrenando remolque y amparados por los bomberos dada la hecatombe que montaban. Hay más cosillas, amiguitos que se quedan en el tintero porque el tiempo es oro… volveré con vosotros con el fantástico e inolvidable “Cachorro”. ¡Chao, bonicos!

Valeriano Belmonte