Mientras doña Rosalía preparaba una menestra, en el mercado surgía “El Capitán Extra”… Amigos, de nuevo y como ya es costumbre en mi labor cotidiana y permanente, una cuarteta rimada, tipo “Vidas Ejemplares”, para el capítulo octavo de la serie extraordinaria que permanece vigente a través de los siglos… Empezamos el relato ilustrado con cuatro dibujillos de mi archicopiosa producción… Vamos allá intentado complacer a los amantes del noveno arte hispano: Mil novecientos sesenta comenzaba con escasez de viviendas y falta de pisos en mi entrañable Albacete… y al parecer en el resto de la península, pese a que constructores tan sólidos y avispados del estilo de Medrano, Yeste el panadero, Eutimio, el de Corregidor Godino o Franciscanos y los inolvidables “Gutiérrez y Valiente”, no se dormían en los laureles y curraban a destajo.

El precio del alquiler subía… y no bajaba… y la compra estaba reservada a los privilegiados del corte de Macarena, y , los cuales mercaron un rinconcito excelente en , se lo alquilaron a Pura… y se quedaron con una habitación para cuando vinieran del pueblo a consultas médicas, ferias y fiestas de guardar (algo corriente en la etapa). Posiblemente, el problema inmobiliario lo conocía a fondo el genial historietista, escenógrafo, actor, director de animación y cien cositas más, José Escobar Saliente…que “salía” y entraba de la Editorial Bruguera constantemente regalando luz propia (cabe recordar, aunque lo he hecho en cantidad de ocasiones, que don José era, es y será siempre el “progenitor adoptivo” de “Carpanta”, “Zipi y Zape” y “Petra” ) puso en acción a “Doña Tomasa, con fruición”, dama de unos sesenta abriles de entonces que rivalizaba con “Trueno” en clave de humor.

Tomasa, añorando a un marido con bigotes dalinianos ( triunfaba plenamente en aquellos momentos de gloria terrenal y celestial exhibiendo a “ el Grande” ,un “Concilio ecuménico” de campanillas e ilustraciones fantásticas de “El Quijote”) que se había marchado al “otro barrio” sin avisar, sobrevivía dándoles cobijo… y cobrándoles ¡Faltaría más! en su modesta residencia a inquilinos del talante de Abelardo y Eloísa, sin parecido razonable con los míticos amantes medievales, Rosauro, el “tierno” bebé que roía cartoné, madera , chatarra… y la toquilla de la sufrida propietaria, Salustiano el vigilante o sereno, colega en la distancia del afable Telesforo, el de la calle de la Cruz que portaba las llaves de los portales de las “Casas Cabot” y atendía a la gente maravillosamente, por cierto que “Salus” dormía en un baúl, aconsejado por su médico de cabecera, sábana, manta y edredón. Destacaban “Doña Sibilina”, vampiresa catalana que evocaba a las de la Metro.

Jubiladas, por supuesto en la década que nos ocupa, y “Doña Cotórrez”, locutora sin sueldo, y “Aristóteles”, menos rico que el multimillonario Onassis conquistador de , la divina diva de la ópera y posteriormente esposo de . Y ahorita, emulando a los adorables mejicanos, me quedo con “El Capitán ” nacido en enero del ya citado sesenta después del momentazo de los cuadernillos apaisados del invencible cruzado que se aproximaba en loor de multitud al numerito 200. Esta acertada revista, que alcanzaría la nada despreciable cifra de 427 ejemplares, contó con los dibujantes y guionistas Rodrigo Rodríguez Comos, Félix Carrión, Ferrándiz, y Martínez Osete, tutor de “Víctor, héroe del espacio y con el sagrado y también reverenciado “Jabato”, el “hijo” de don . No faltaban secciones de chistes, lecciones de historia y para aprender a dibujar y un concurso semanal que premiaba a los futuros artistas con premios de 25, 50 y 100 pesetillas, ni que decir tiene que uno de los primeros que se apuntó al certamen fue un servidor que vibró viendo sus dibujos en la segunda y antepenúltima página de aquel “libro de oro”.

En la contraportada, realizada a todo color, ponía su nota sobresaliente don Francisco Ibáñez Talavera con su “Familia Trapisonda”, remake de “Los Cebolleta” del sin par . Ibáñez cambió a Rosendo, , Diogénes el niño, el abuelo y Jeremías el loro por Pancracio, su hermana y sobrinos, el perro “Atila” y la criada Robustiana. Todo un lujo de revista que fue variando de formato, presentación y precio. “El Capitán Trueno Extra” supuso la oportunidad que aguardaban los jóvenes aspirantes a convertirse en su día en reputados artífices de la historieta española.

Valeriano Belmonte