El relator de la novela ejemplar se detiene unas páginas para explicar procedimientos y personajes de la delincuencia antigua, como la figura siniestra del sicario. Hemos avanzado en técnica y conocimiento sin abandonar la artesanía de lo cruel. El encargo para hacer mal. Recurso de los cobardes con capacidad para pagar una tarea que debiera ser, en todo caso, propia, dando la cara y el riesgo. No han cambiado tanto las cosas, pues el intermediario a sueldo, que aporta maña o traición, sigue entre nosotros esperando tareas.

Malditos sean esos asalariados de la trampa, que se desenvuelven con eficiencia cuando se les manda algo. No hace falta matar o agredir para ser un sicario de la mentira, disfrazados como inofensivos personajes, domésticos y educados, inofensivos aduladores esperando el instante preciso para hacer daño. Monipodio, el jefe de la hermandad, en esos años de la miseria, disponía de perversos empleados que desempeñaban cualquier encargo, por criminal que fuera. Una ciudad, una sociedad que proporcionaba, igual que en nuestros días, cobardes con dinero con el que delegaban la parte más dura.

Pero el sicario no completó la tarea, al menos como deseaba un cliente defraudado, la agresión no completó lo convenido; sin embargo, cuando pactas con pérfidos te entregas para siempre a una lealtad liviana, necesitada de satisfacciones periódicas de las que no se puede huir. El sicario no tiene vocación de fidelidad eterna, simplemente respeta su rol mediante precio o amenaza. Cuando el que pagaba falta, el que cobra cambia de amo sin más explicación. Si su futuro retiembla, las lealtades se mueren o cambian de afinidad.

El sicario de la hermandad decidió no acuchillar a quien le había encargado su mecenas, porque su cara no aceptaba tantos centímetros de herida, sin duda era un auténtico profesional. La hoja de su cuchillo sesgó la piel del criado, lo que no era más que un apaño, como así recriminó el cliente. Monipodio, además de reconocer el equívoco, no tuvo reparos en aceptar que la sangre del criado algo del amo tenía, por eso exigió el pago total, como si se hubiera cumplido bien el trato. El que demandó la agresión quería zanjar la deuda con la señal entregada antes del delito. Se arregló el negocio añadiendo una parte al precio para completar la encomienda de herir al elegido.

Rinconete tuvo la posibilidad de repasar el libro de las tareas, una especie de previsiones criminales encargadas por cobardes adinerados, que se tasaban como un listado de tarifas valorando perversos recados. Una carta de servicios abarcando desde el insulto a la muerte. Un código penal de los miserables, a los que se encargaba impartir justicia inmediata, pero como encomiendas privadas, porque Rinconete y Cortadillo notaban un tremendo vacío de control legal y justicia oficial. Ese grupo organizado, bajo el terrible mandato de Monipodio, suponía un poder en la sombra impartiendo reglas y órdenes a un ejército de sicarios empeñados en buscar fortuna por las calles de una ajena a los manejos de una hermandad del delito.

Los chavales que Cervantes trae de La Mancha, aunque abducidos por la novedad, no escondían sus recelos. Monipodio podría cambiar de talante y causarles desgracia al menor contratiempo. Les marcó el territorio donde desarrollar sus maléficas habilidades, entre La Torre del Oro y el Alcázar, con permiso de entrar en y , donde había mucho de engañar y coger. La siguiente reunión sería el domingo, donde sumarían botines, que el amo repartiría entre los cofrades. Monipodio ordenaba la vida y futuro de sus acólitos, sicarios obedientes por dinero o temores. Iba despidiendo a los cofrades con el ceremonial consabido, entregando la dieta prevista para los primeros gastos y recomendando prudencia. Los dos pillos asintieron después de la última consigna, que no era más que evitar repetir aposento.

Cuando repasamos los códigos de conducta vinculados al crimen organizado de nuestro tiempo, no hay tantas diferencias. Es prioritario ignorar quiénes componen el escalón superior; si acaso ver al enlace, que no deberá facilitar la identificación del resto, limpio a los ojos de la investigación policial. El silencio y la ignorancia sobre los sistemas de control interno pueden garantizar el anonimato preciso para la impunidad. Los monipodios de hoy suelen mancharse poco las manos. Intercalan cofrades entre escalones inferiores del negocio delictivo. Además, y se considera imprescindible, han de contar con testaferros o personajes de paja que lideren las empresas tapadera. Disponen de asesores legales y sicarios enquistados en la estructura del poder, esos que deberían velar por la pulcritud de las conductas, los profesionales de la protección legal.

Cervantes deja a los dos delincuentes cometiendo fechorías junto a la Torre del Oro, pero los quiere sacar de Sevilla; ellos no tienen intención de mantenerse mucho tiempo en la próspera ciudad. Y se irán, pero el autor, que parece despedirse con un continuará, se olvidó de seguir la historia. Cambió de libro, regresó a La Mancha y descubrió a un hidalgo llamado , con el que se quedó para siempre. Los aprendices de escritor no conocemos más andanzas de esos dos pillos, y nos hubiera gustado seguir más tiempo leyendo nuevas aventuras y pillerías de Rinconete y Cortadillo.

Último artículo de la serie “Rinconete y Cortadillo” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,