II Romance de Valentía

Allí quedó entre la fiera
ninguno la vio caer
nadie rezó tan siquiera
ni un padrenuestro por él

y Rafael de

“Romance de Valentía” (copla)

Porque el arte del toro es cátedra de hombría,
porque es desolación en los desgarros del alma y de la patria,
porque hunde sus raíces en la historia del pueblo,
sobrecoge y asombra de Jerez a Bayona, de Nimes hasta , de México a .

Mirad hacia el tendido, un mozo se levanta
y vuela hacia el anillo como un ángel sin alas:
es sólo un maletilla.

Se acuarela su rostro en cera y aceituna
e irrumpe el miedo pálido en súbita avalancha.
El torso luce al sol. Nada le importa.
Es la clásica estampa de un dios destituido.
Desnudo va hacia el toro,
mendicante y descalzo como el fraile torero
que vuela talanqueras de tanto hacer la luna.
A diez pasos, la gloria aguarda entre pitones.
Ha llegado la hora.
Se abre la muleta como bandera al viento en pase de rodillas.
La negra fiera embiste y un grito de pavor la grada sobrevuela.
De las venas henchidas de miedo y fantasía
raudo brota e inmenso el clamor de una sangre
que oculta canta y llora como el agua en Granada
un romance escondido de gloria y valentía.

Todo acabó.
Los sueños yacen rotos en mil caligrafías de amapolas y arena.
Se acabaron los sueños de las glorias taurinas:
de Pedrés, el más grande; de Montero, hombre bueno, el arte y la finura;
el arrojo suicida de Chicuelo Segundo;
de Dámaso y Osuna la gloria remansada,
suavemente pacífica como el sol del otoño.
Y .

Se hace sombra y crepúsculo la plenitud solar de la corrida
y una piedad de arena le penetra la boca.
Todo está consumado sobre una piedra fría.
Cuerpo presente. Solo en la penumbra
del lugar más inhóspito por si alguien lo reclama:
con los ojos cerrados, con los brazos abiertos,
en cruz como los pájaros que vuelan,
en cruz como el perdón de Dios crucificado.

Nadie llora una lágrima ni reza un miserere,
la luz proyecta cárdena un rayo sobre el suelo.
¡Qué terrible humildad desvela la tragedia!
¡Qué imponente verdad la nada de esta muerte,
de esta muerte insensata donde todo sucumbe
sin lágrimas de sauce ni oración de cipreses!
Aquí nadie recuerda al filo del crepúsculo
las tristes elegías que trinan las flamencas de copla y de mantilla.
Aquí nadie se acuerda…
Pero yo os convoco, aquí, hombres de acero,
los de la boca llena del sol y el pedernal que canta Federico,
los que domáis los hierros como tallos de lirio,
los que hurgáis en la tierra con uñas como arados
y domináis los mares,
y cabalgáis los cielos en pájaros mecánicos…
aquí os quiero ver,
a coro con los ángeles toreros
ante este cuerpo helado sin nombre ni equipaje.

Se oculta pronto el sol,
la noche se aposenta sobre el luto olvidado de todos los caídos.
La plaza duerme en paz, amnésica de todo.
El ruedo es una hondura de sepulcro vacío.
Nadie llora una lágrima por el ángel anónimo,
sólo llora en silencio la Virgen de Los Llanos.
En la efímera estancia que le presta la feria,
esta amorosa de mirada sencilla,
señora de esta tierra, labradora y torera,
se despoja del manto para hacerle un sudario.

Daniel Sánchez Ortega