Cuando nos acercamos a los cuarenta años de trayectoria democrática, en España se ha consolidado un sistema bipartidista imperfecto, muy similar al de otros países de nuestro entorno: tenemos dos grandes formaciones políticas, una de centro derecha y otra de centro izquierda, que aglutinan a la inmensa mayoría del electorado y que son las que en general asumen de forma alternativa las mayores responsabilidades de gobierno. Junto a ellas, PP y PSOE, hay otros partidos minoritarios, uno de izquierdas, IU, habitualmente dispuesto a pactar con el centro-izquierda, y otros cuantos de fuerte implantación territorial en ciertas comunidades autónomas, con variables dosis de responsabilidad y lealtad institucional.

Hay quien piensa que este esquema, que ha funcionado con relativa tranquilidad durante casi cuatro décadas, puede verse modificado en un futuro próximo por la irrupción de otras fuerzas políticas. El futuro es impredecible, y más cuando depende de la voluntad de cuarenta y pico millones de ciudadanos libremente expresada en las urnas. Pero creo que es de justicia reconocer que este bipartidismo imperfecto, con sus defectos, ha logrado dar a nuestro país una gran estabilidad política e institucional cuyas virtudes no deben despreciarse.

La gran ventaja con que nacen los partidos de nuevo cuño es que, al no preverse a corto plazo que accedan a ninguna responsabilidad de gobierno, pueden permitirse centrarse en determinados asuntos muy sensibles, sin desvelar su postura en los centenares de cuestiones sobre las que debe pronunciarse quien gobierna un país, o una comunidad autónoma o incluso una ciudad. Es lo que yo llamo “el tarro de las esencias”. Un partido centrado en la lucha contra el terrorismo, o en la defensa de la unidad de España, o en la defensa de la vida, o incluso en asuntos menos generales como la lucha contra el maltrato animal o los problemas agrarios, podrá seguramente acercarse mucho más a votantes muy concienciados con esos aspectos concretos. Pero sobre el resto de cuestiones que debe resolver la política no les preguntes, pues debajo de su baño de identificación no hay nada.

Esos partidos minoritarios y temáticos, aplicando un símil taurino, son como Curro Romero: cuando les sale un buen pase son arte puro. Si hablan de lo suyo mantienen el tarro de las esencias, pero si no les gusta el toro (o sea, si se trata de economía, o de sanidad, o de política internacional) se sientan junto al burladero y dejan sonar los tres avisos como si no fuera con ellos. Por contra, los partidos mayoritarios y que yo llamo generalistas (por contraposición a los temáticos) somos como : sea bueno o malo el toro hay que darle muchos pases, los más posibles, con la mejor técnica y con todo el arte que quepa en cada faena, porque ése es el respeto que se merece el aficionado que pagó su entrada (en este caso el ciudadano que emitió su voto).

El tiempo y las sucesivas citas electorales dirán si se impone la política de eslóganes, que es la de los partidos temáticos, o la política de gestión, que es la de los partidos generalistas. A mí, sin ser un gran aficionado, siempre me han gustado más los Dámasos que los Curros.

Artículo de opinión de , Senador del en representación de la provincia de Albacete.