El teatro es un arte tan antiguo como la humanidad, ya que nació del instinto de imitación. Surgió del ditirambo y del culto a Dionisos, formando parte de la representación de la tragedia griega, sentando las bases, mediante las tres unidades: de acción, de tiempo y de lugar, del teatro occidental de forma tan perdurable que casi permite considerarlas definitivas.

Posteriormente, en los siglos XVII y XVIII el teatro llegó a convertirse gracias a Shakespeare, , Calderón, Molière, , Racine y tantos otros, en el primero de los géneros literarios. El romanticismo del siglo XIX encontró en el drama su mejor medio de expresión. Y así llegamos al siglo XX con más de trescientos años de supremacía cultual indiscutible por parte del Teatro, con la ópera, opereta y zarzuela como derivados musicales.

Desde la aparición del cine, pero sobre todo a partir de que el género se volviese más atractivo con la primera película con música compuesta específicamente para ella, en 1908 (la francesa “El asesinato del duque de Guisa”), el teatro fue destronado por el cine, que a su vez le arrebataría su monopolio. Nunca ningún género se vio tan brutalmente abatido como el teatro cuando años después la televisión aceleró su decadencia, trayendo consigo la gratuidad, la pasividad y la renovación constante. Y sin embargo, y después de luchar contra semejantes armas: ¿Por qué el teatro no ha muerto? ¿Por qué ya sea popular, burgués, clásico o de vanguardia, ha logrado sobrevivir, poniendo de relieve su irreductibilidad, o descubriendo nuevas formas gracias a la exploración de nuevas vías, sin descuidar la conquista de nuevos públicos?

El teatro no ha fallecido porque como dijo el escritor norteamericano : “Si eliminamos del teatro todo lo que puede hacer el cine o la televisión, llegamos a su esencia, que consiste en reunir en un lugar a actores y espectadores a fin de compartir una misma experiencia, una especie de eucaristía”.

El teatro no ha muerto porque como dice en su mensaje para el día mundial del teatro 2014: “Donde quiera que haya sociedad humana, el irreprimible espíritu de la representación se manifiesta”.

Por desgracia el teatro tampoco ha podido escapar de la crisis económica, al igual que otros sectores. Este hecho ha provocado una reducción en la programación, los cachés han sufrido rebajas, y muchos espacios escénicos dejan demasiados huecos en sus agendas. Lamentablemente se han reducido días de trabajo, producciones y días de estreno, pero también ha quedado atrás la construcción irresponsable de auditorios en poblaciones que no los pueden mantener, programaciones desmedidas de festivales con deudas astronómicas y programaciones inconscientes y fuera del alcance de erarios públicos no privilegiados.

Ahora más que nunca desde lo público debemos apoyar al teatro, pero desde la coherencia y la sostenibilidad, para que el sector crezca fortalecido. Que las programaciones aumenten, que los espacios se abran de nuevo, que los festivales resurjan pero siempre desde la consistencia y la razón. El escenario debe volver a convertirse en una tribuna de pensamientos e ideas, que generen debate y reflexión. El escenario debe volver a ser poesía, emoción y sentimiento. El escenario debe volver a ser quien inspire un mundo mejor, lleno de esperanza e ilusión, porque el teatro ha nacido con los hombres, y solo desaparecerá con ellos, y sólo entonces y nada más que entonces podremos decir que definitivamente y de forma irreversible, cayó el telón.