Viajo en tren de regreso a Albacete. Vengo de un encuentro con mis compañeros de estudios de medicina, reencuentro reconfortante con amigos y amigas con quienes hace ya cuatro décadas compartí licenciatura. Por la ventanilla de mi asiento, contemplo el campo andaluz y luego el manchego. Sobre ambos, a esta hora cae un sol de justicia. A cada tramo del viaje, una imagen se repite: grupos de personas desarrollando labores agrarias. Muchos de piel oscura, que invita a imaginar su origen rumano, magrebí o subsahariano. Son los llamados temporeros.

Ser temporero en el campo siempre fue y es muy duro y además se acompaña de un bajo salario en la inmensa mayoría de los casos. Pocos nacionales están dispuestos a hacer hoy ese trabajo, aun siendo desempleados de larga duración. Demasiadas horas al sol andaluz, extremeño, manchego, murciano, etc., para que, pese al sudor por el pan, luego seguir en la pobreza.

Pero esa necesidad de mano de obra extranjera para nuestros campos, convive con nuestros miedos al inmigrante. La razón del miedo no es otra que a ese tipo de inmigración no la integramos. A nadie nos preocupa si el empresario les paga bien o mal; si se respetan o no sus derechos laborales; en qué condiciones de salubridad viven. Simplemente son “de fuera”.

Los vemos en las calles y parques de nuestros pueblos y ciudades en estas épocas de recolección. Los encontramos en los consultorios médicos, en supermercados, bares y en cualquier rincón sin importar la hora del día. Los hay con papeles y sin ellos, pero la mayoría pensaremos que carecen de ellos, como si estuvieran aquí sólo por gusto. Sabemos que nuestra economía les necesita, pero pese a ello, muchos nos permitimos estigmatizarlos, e incluso hasta nos molesta si nos piden una moneda mientras vestidos de domingo, salimos de la, para muchos obligada, misa de doce.

Nos preocupa su presencia, pero no el porqué de su presencia. Esta forma tan penosamente reglada de migración que mantiene la vieja Europa, sólo puede generar conflicto y odio a medio plazo. Nadie parece interesado en educar, en explicar una realidad: que nuestro sector agrario les necesita para garantizar unos precisos de sus frutas y verduras asequibles a nuestros también precarios salarios españoles, lo que sólo es posible con una mano de obra agraria barata.

Y mientras, la Europa que presume de su progreso y su recuperación económica, calla. No lo va a admitir , pero permitir esta forma de explotación laboral, le resulta más fácil que elaborar políticas para proteger y defender al sector agrario y al medio rural europeo, frente a la competencia feroz que desde el exterior ha propiciado la globalización.

Pedimos más Europa pero cada vez somos menos esa Europa que deseamos. Para nuestra desgracia, vivimos en una Europa de discurso fácil, en la Europa remisa a ser protagonista de un proyecto propio, decidida a tomar el toro por los cuernos. Esas políticas no las está haciendo, porque las sabe impopulares; porque teme que tendrían una dura respuesta interna desde la derecha dominante y a su vez propietaria de las grandes explotaciones agrícolas; porque sabe que esas políticas deberían incluir una persecución muy activa del trabajo ilegal y de todos los tipos de fraude que lo acompañan. Y aunque nos duela, antes de enfrentarse a esa realidad, esta Europa pusilánime prefiere mirar para otro lado.

Vivimos en un mundo empeñado en levantar cada vez más muros, aunque el planeta no sepa imponerse fronteras. La Europa de hoy, sigue aplicando la vieja receta de la soberanía y la identidad, y así sólo debe responder a una pregunta ¿quiénes somos? Respuesta: españoles, alemanes, italianos, marroquíes, japoneses… Pero no se quiere interrogar sobre una cuestión más peliaguda ¿qué somos? Respuesta: seres humanos.

Necesitamos una Europa capaz de responder a los problemas de los europeos y a este de las migraciones en particular. Esa sería la única manera de acabar con este descontrol que padecemos todos, ellos como migrantes, porque están en un país extraño; y nosotros como europeos, porque los vemos “extraños” en nuestros países, cuando la realidad es que nos son necesarios.

Aunque haya de todo como en botica, los sanitarios somos los primeros en conocer que la respuesta a la segunda pregunta es la única que puede guiar nuestra actuación: nosotros atendemos seres humanos.

Artículo de opinión de , médico de Familia