Las noches se hacían eternas porque las pesadillas no lo dejaban descansar. Hasta en dos ocasiones estuvo a punto de sufrir consejo de guerra en plena contienda civil, y todo por discutir las absurdas intromisiones de algunos comisarios políticos, esa categoría incluida en la estructura militar de las compañías y batallones del .

Personajes oscuros encargados de vigilar la salud ideológica de los combatientes. Seres abducidos por la intransigencia dispuestos a ejecutar al que no siguiera los dictados del pensamiento único. Y esas dos intentonas de llevarlo a un juicio sumarísimo, precisamente en su bando, no hacía más que relacionarlas, sin solución de continuidad, con el consejo de guerra al que fue sometido por el enemigo, cuando terminó la guerra, y que le costó una larga condena.

Se libró del fusilamiento por varias razones, entre otras por el respaldo que recibió desde su tierra por aquellos chavales que protegió. También, y eso fue lo que estuvo a punto de costarle la vida en plena contienda, porque siempre se mostró como un militar profesional cumpliendo con su obligación, reflexiva y eficiente, para afrontar su responsabilidad sin dejarse arrastrar o aceptar de buen grado muchas de aquellas consignas absolutamente sectarias.

Las noticias sobre el final de la guerra en le parecieron estremecedoras. Precisamente en el mes de marzo de 1939, poco antes de entregarse, estaba en su casa de , aguantando una úlcera de estómago, pendiente de su regreso a Mora de Rubielos, donde permanecía su batallón. En esos primeros días de marzo, parte de su familia estaba en Cartagena manteniendo la respiración por los ataques aéreos, el avance del ejército sublevado, que ya estaba por , y las sucesivas revueltas interiores entre vecinos y militares que trataban de hacerse con el control de la plaza. Había de todo en ambos bandos, y sobre todo odio mortal, que costó la vida a mucha gente.

Entre tanta refriega, los que detentaban el poder político embarcaron y huyeron. Otros, como les ocurrió a tantos en el puerto de , se quedaron esperando barcos salvadores, que no acudieron. Y allí estuvieron, al final, cuando ya no hubo salida, para dar cuenta de sus actos, omisiones, silencios o desidia. Dinámica de retribución legal o venganza que salpicó nuevamente de sangre una ciudad legendaria. Muchos combatientes, cerca de quinientos, cuando vieron llegar las primeras unidades italianas, sabedores del futuro cercano, decidieron fijar el lugar y el momento de su muerte, allí mismo en el puerto de Alicante.

José Pastor, refugiado en casa de su prima Ascensión, arropado por su hermana , que lo atendían en su maltrecha salud, pendiente de la firma diaria en la Comisaría de Policía de , trataba de recuperar la fuerza precisa para buscarse de nuevo la vida. Cuatro hijos repartidos, su mujer con otro hombre y nueva familia, y su hija mayor, Ascensión, buscado el modo de reconstruir ausencias y escogiendo bando con su padre repudiando todo lo que tuviera que ver con su madre, , que tendría otros cinco hijos más en años sucesivos.

Lo que pasó en Cartagena, en los primeros días de marzo de 1939, regresaba a su memoria cuando trataba de olvidar. El día cuatro de marzo se produce una sublevación protagonizada por un número indeterminado de personas confabuladas contra la República con la colaboración de unidades militares. Se apoderaron de edificios estratégicos de la ciudad. Ese levantamiento había sido programado para el 16 de febrero, pero varias detenciones de relevantes miembros de la conspiración por parte del Servicio de Información Militar retrasaron la rebelión. No esperaron demasiado porque sabían que iban a levantarse contra el poder militar y político de la ciudad grupos comunistas.

Los rebeldes liberaron a todos los detenidos encarcelados por su ideología contraria a la República. Las unidades militares secundaron el golpe, a excepción del 7º batallón de retaguardia, la Flota y algunos grupos de milicianos y comunistas. La ofensiva se tornó en resistencia debido a los refuerzos de que gobierno desplazó rápidamente para sofocar el golpe, cuyos protagonistas debieron refugiarse en el , Capitanía General, Intendencia, Parque de Artillería y otros centros de menor importancia. Fueron controlados en la madrugada del día siete, cuando se produjo el asalto final al Parque de Artillería, cuyos defensores se quedaron sin munición, alimentos y los refuerzos que esperaban urgentemente.

Esa fuerza de ayuda iba embarcada en dos grandes barcos mercantes. El primero en entrar hacia el puerto fue El Castillo de Olite, con unos dos mil seiscientos combatientes. La situación parecía controlada en la ciudad y no había más que desembarcar y hacerse con los puntos de interés. Pero en tres días la sublevación no había triunfado en los fuertes y otros edificios, que fueron recuperados por la fuerza gubernamentales. Llegaron a tierra unos mil, pues el barco no llevaba telegrafía y no escuchó los repetidos avisos para se volviera.

Desde el fuerte de San Julián, las baterías, maniobradas por comunistas, dispararon sobre el barco, al que hundieron rápidamente pereciendo unos mil seiscientos soldados. El resto llegó al puerto nadando y rescatados unos doscientos heridos. El segundo barco, con número similar de combatientes, giró hacia y pudo salvarse de otra catástrofe.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la provincia de