“Canta, mendigo errante, cantos de tu niñez ya que nunca a tu patria volverás a ver”… Así comienza la famosa “Canción del Vagabundo”, bellísima romanza de la no menos preciosa zarzuela “Alma de Dios”… Y así continúa : “Canta, vagabundo tus miserias por el mundo que tu canción, quizás el viento llevará hasta la aldea donde tu amor está”… “Trotamundo”, el personaje del historietista Íñigo protagonista de esta semana, no se desplazaba de un lugar a otro en busca de amante sino que lo hacía para llenar el estómago, el suyo y el de su fiel perrito “Chispa”.

Los dos iban de puerta en puerta pidiendo pan con chorizo y diversos víveres oyendo el alegre trino de los pájaros mientras traviesas y juguetonas ardillas les lanzaban piñas piñoneras desde las copas de las altas y lustrosas coníferas. Cambiaban de paraje y acampaban en verdes prados… con toritos tan bravos como el de la inolvidable balada de nuestro paisano José de Aguilar que piropeaba a través de la coplilla a un astado capitán de la manada con la fuente rizada y muchísimo atractivo.

Tornaban a la ciudad perseguidos por aquella “locomotora con cuernos” y pérfidas intenciones y, a la vera de un Zoo repleto de panteras, tigres y leones, saboreaban los bocatas recogidos sin pensar que alguna fierecilla si escapaba de la jaula podrían sufrir cortes de digestión.

En una de sus aventurillas se topaban con “Bocazas” y “Maquiavelón”, bromistas tirando a gamberros que se divertían a costa de los demás utilizando un viejo pergamino con plano de tesoro imaginario dibujado por ellos. Lo metían en una caja oxidada y lo semienterraban al pie de una fuente, a la cual acudían “Trotamundo” y “Chispa” a beber.

El perrillo olfateaba y en seguida salía a flote la cajita mostrando el plano de marras. Pensando que el tesoro lo habrían enterrado siglos atrás piratas del corte de “Barbanegra”, seguían las indicaciones del papelito, cruzando un caudaloso río, cayendo a un hoyo de agua y barro y aterrizando, por fin, en el rinconcito de la fortuna (“Bocazas” y “Maquiavelón” reían a placer aguardando el chasco oficial).

“Chispa” escarbaba a destajo y entre huesos y piedras surgía una olla de barro llena de monedas de oro que “Trotamundo” entregaba al alcalde de la población para la construcción de una escuela y un complejo deportivo en favor de los niños del pueblo (Los graciosos sufrían un soponcio de película).

Y cuando el edil le pedía al vagabundo honrado y generoso su dirección dispuesto a invitarlo a la inauguración del cole, “Trotamundo” le explicaba que no tenían domicilio fijo y que pasaban la vida yendo de acá para allá contentos y felices. Y es que el hombrecito de largas melenas rubias y sonrisa bonachona más que a un vagabundo se asemejaba a un rico filántropo que le gustaba conservar el incógnito.

Por hoy nada más, amiguitos, ¡Chao y gracias por vuestro apoyo y fidelidad¡ ¡Qué lo paséis bien y hasta dentro de unos días¡ ¡Adiós!

Valeriano Belmonte