Guzmán tenía más pleitos pendientes que dedos. No está lejos ese comportamiento de nuestros días. También hay leguleyos o sinvergüenzas con toga que expolian familias prometiendo defensas imposibles simulando sobornos a los jueces, cobrando antes de hacer sabiendo que no hay nada que hacer. Algún condenado a galeras, sin saberlo, aún mandaba pagar al escribano que simulaba hacerlo libre. Entró un procurador buscándolo. Guzmán le contó sus cargos y el visitante pidió dinero para entregar al escribano y oficial de guardia, como fianza que le diere libertad. De ese modo, poco a poco, con ayuda y sin ella, le fueron sacando todo el dinero que tenía o buscaba, sin resultado. Hasta trató de fugarse, pero a tiempo lo vieron.

Galeote se veía viajando por camino de las galeras. Encadenados en grupos los sacaron hacia el puerto. En el recorrido, con la omisión del Comisario, tuvieron tiempo de apoderarse de varios lechones, que de ellos buena cuenta dieron en una posada intermedia. Terminaron en una prisión a la espera de embarcar, cosa que hicieron repartidos. Sus obligaciones atendía, algún negocio cruzaba y aguantaba el trabajo que le correspondía. Se notaba distinto, su apostura y nobleza de maneras lo delataban, su saber en letras lo evidenciaba y no pasó desapercibido. Necesitaba protección entre tanto ladrón y asesinos.

El encargado de los remeros, el cómitre, tenía poder y ventajas, y lo buscó de señor, al que sirvió y ayudaba en lo que precisara. Con su habilidad natural logró prebendas y mejor comida. Le contaba historias y el cómitre las agradecía. De ese modo dejó el remo y aprendió costura. Era un enchufado liberado de tareas forzosas. Dormía tanto y tan bien que sufrió el hurto del dinero. Reclamó a su protector, que ordenó azotar a los remeros hasta que uno confesó el delito restableciendo el entuerto por mediación del cómitre. En esperaba otro grupo de galeras. Su ventaja aprovechó para bajar a tierra y hacer compras. La travesía y esas largas charlas con su amo despertaron de nuevo el temor de Dios. Volvió el remordimiento, la pena, desvelo, indulgencia, perdón y propósito de enmienda.

Un capitán, después de azotar a sus criados, requería recambio y presto. Las gestiones determinaron la elección de Guzmán. Culmen de su fortuna, estando donde estaba, como galeote por delincuente, pero su bien hacer y referencias lo llevaron a servir al capitán. Le quitaron ataduras para moverse más libre en el barco. El cómitre cedió con pena, pero reconoció que era limpio, listo y servicial. Todo iba bien, charlaba y atendía con esmero los requerimientos del amo, que con él se confesaba de cosas propias y secretas. Pero temía venganzas de otro galeote, llamado Soto, que lo odiaba y maldecía. Poco pudo, pero se conjuró con uno de los criados del capitán para deshonrarlo. Le prometió regalo si hurtaba una pieza de plata y la escondía entre las cosas de Guzmán. El criado aceptó, más que por el regalo por la envidia de haber perdido el aprecio del capitán. Y así lo hizo. Varias trampas padeció para envilecer su nombre. Lo azotaron para sacar confesión, que no había, pues nunca delito cometió. Perdió el aprecio del amo. Lo atormentaron y pegaron exigiendo de nuevo confesión, que no podía. Lo pusieron en el banco donde más esfuerzo se hacía remando. Lo apartaron de todo y de la comida. Torturado de cuerpo y alma, no estuvo tan bajo Guzmán como en aquel barco de muerte. No quedaba desgracia para otorgarle.

Lo curioso es que Soto, que preparaba rebelión, buscaba aliados para hacerse con fuerza y más armas de las que tenía escondidas. Sabía que Guzmán, maldecido por su culpa, sabría aceptarlo como medio para salir de aquel infierno, y le mandó recado, pues sus bancos eran lejanos. Guzmán aceptó disimulando, pues temía que una negativa podría propiciar nueva trampa que le costara la vida. Pero cuando pudo, con sigilo, en plena madrugada, pidió la intermediación de un soldado para hablar con el capitán, al que dio cuenta de la conjura. Se aclararon las mentiras, se abortó la rebelión y se devolvió la honra de Guzmán, que escuchó la confesión de Soto delante del capitán. Mataron a los culpables, otros fueron mutilados y maldecidos. Guzmán recibió con agrado la petición de perdón de un capitán, ciertamente compungido. Fue libre y respaldado con cédula real.

Mateo Alemán se despide citando a los lectores para la tercera parte, que nunca llegó. Probablemente no tenía ni pensado escribirla, pero eran tiempos de buscar caudales y dejaba una puerta abierta a la posibilidad de publicar de nuevo para equilibrar la financiación familiar. Guzmán se rehabilita ante los ojos de Dios y no es preciso que muera; en todo caso fallece para la mentira, vuelve a la virtud, donde estuvo por etapas. No se hace necesario matar al personaje, como Cervantes decidió ultimar a .

Terminada esta aproximación a Mateo Alemán, no tengo más que reivindicar su categoría literaria y denunciar un cierto olvido. Aunque vendió mucho y mejor que , los estudiosos postreros determinaron su segunda posición en el escalafón de nuestra excelsa literatura. Probablemente, de otra compostura social, Mateo Alemán hubiera tenido ayuda, mecenas y respaldo oficial para seguir escribiendo, pues su producción fue breve.

Hay autores reclamando atención para Don Quijote de la Mancha, pues opinan que nos estamos alejando gravemente de nuestros libros, de la filosofía, del pensamiento, la capacidad de aglutinar mensajes de antes, que siguen en plena actualidad, que no son más que la explicación de nuestra existencia. Parece como si repudiáramos nuestra historia y bagaje artístico agarrándonos a otras culturas, cuando debemos sentirnos tremendamente orgulloso de tanta admiración como provoca en el mundo, pues nadie como España ha tenido tanto y tantos excelsos pensadores, personajes y artistas. Este humilde autor ha pretendido despertar el interés por la novela picaresca. El puede considerarse la segunda gran obra, porque la primera es y será siempre: El Lazarillo de Tormes.

Último artículo de la serie “El Guzmán de Alfarache” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,