A lo largo del tiempo la Universidad ha cumplido el papel de gestora del conocimiento en nuestras sociedades. En las universidades se han deslindado los saberes de la humanidad y se les ha puesto el cuño de “científicos” a aquellos que cumplían determinados criterios en cuanto a la forma de generarlos y contrastarlos con la realidad.

La Universidad no se ha escapado a las presiones y manipulaciones de determinados grupos que la han utilizado para disfrazar como generales sus propios intereses particulares, para justificar la apuesta social por determinados estilos o modelos de desarrollo en beneficio propio.

Los desarrollos de las ciencias formales (lógica, matemáticas,…) están menos sujetos a los condicionantes definidos por los juicios de valor preponderantes de una sociedad. Sin embargo, los de las ciencias naturales y las ciencias sociales (especialmente estos últimos), están absolutamente vinculados a ellos. En muchas ocasiones, los resultados teóricos y las recomendaciones políticas de ciertas disciplinas científicas son el reflejo de determinados postulados éticos o valores que en ningún caso representan los de la mayoría social.

Por eso, sin perjuicio de reconocer el gravísimo daño causado por la política de recortes en el ámbito de la Universidad (subida de tasas, reducción de becas, despido de PAS, investigadores/as y profesorado), que afecta fundamentalmente a su papel de transmisora de técnicas y conocimientos, personalmente me preocupa muchísimo la faceta de adalid del pensamiento crítico y de la transformación social que siempre se le ha supuesto (incluso demandado) a la Universidad.

Creo que si hoy (y siempre) la Universidad ha tenido un papel clave, éste ha sido el de ayudar a pensar por cuenta propia a sus alumnos/as, y por extensión al conjunto de la sociedad. No a enseñar nada (porque no hay verdades absolutas ni depositarios de las mismas), sino a despertar preguntas en las personas sobre quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos…y la más importante ¿cómo vamos? Pero desgraciadamente, frente a esta tarea de incordiar conciencias individuales y colectivas, primer paso hacia una transformación social liberadora, la Universidad actual ha ido cumpliendo cada vez más una función legitimadora de un capitalismo neoliberal que pone el dinero por encima de todo, donde las personas son simples mercancías (mano de obra) y autómatas adiestrados (consumidores).

A pesar de que con la actual crisis se ha venido abajo TODO el sistema político, social, económico y de valores, a pesar de que los medios naturales y sociales que compartimos son cada vez más hostiles para el desarrollo de una vida digna, en la mayor parte de escuelas y facultades de nuestras universidades se siguen enseñando doctrinas que nacen, crecen y se desarrollan en un mundo ideal al margen de la realidad que vivimos.

El debate argumentado de ideas, bien pegado a las inquietudes y necesidades reales de las gentes que peor lo están pasando, en su mayor parte tiene lugar fuera de la Universidad, en los márgenes, donde los movimientos sociales más diversos, con convicciones profundamente humanista, no admiten las respuestas del poder del tipo “no hay alternativas”. Las alternativas las construyen las personas cuando se juntan a poner en común sus sueños, y nunca podrán surgir de las modernas cátedras que en nuestras universidades financian grandes empresas multinacionales, sencillamente porque aspiran a un mundo basado en la sumisión, modelado para mayor gloria de sus intereses más mezquinos, donde las personas solo entran si aceptan a despojarse de su dignidad.

O nuestra Universidad (sus alumnos/as y profesores/as) se mezcla en el bullicio de los movimientos sociales, en un plano de absoluta igualdad, para conocer lo que hoy está viviendo y sintiendo la mayor parte de la población tanto aquí al lado como allende los mares, o acabará por convertirse en un engranaje más del sistema, que ahonda en una trayectoria de injusticia social cada vez con mayor riesgo de explosión violenta y generalizada.

Que las universidades privadas (guiadas por determinados intereses empresariales y de las élites económicas que allí se forman), entren en el juego de legitimar un capitalismo depredador e inhumano, tiene explicación. Lo que no la tiene es que las universidades públicas (financiadas en su mayor parte con recursos públicos y con las tasas de los/as estudiantes), se plieguen a los intereses del gran capital para seguir pregonando como inevitable la muy injusta organización y reproducción social, política y económica de nuestro mundo, en las antípodas de valores universitarios como la crítica, la ética y la vida digna.

Artículo de opinión de , Profesor de Política Económica de la .

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