Entrado el capitulo XIII, en coloquio con el escudero del Caballero del Bosque, demostró conocer de vinos, más aún, acertó con el que bebía, que era de Ciudad Real. En eso estamos aún. Sabemos, y otros más han de saber, que nuestro vino manchego es de grande calidad. Apostilló Sancho una historia de su estirpe, que decidió contar, otro relato corto que Cervantes pone en boca del escudero:

Dos hombres, expertos en vino, tomaron de una cuba. Uno tocó el vino con su lengua y sentenció que sabía a hierro. El otro esnifó los aromas para decir que olía a pellejo. El dueño juró que la cuba estaba limpia y los visitantes se equivocaban mostrando poca habilidad en el catar. Cuando la cuba se terminó, el dueño encontró dentro una llave sujeta con correa de cordobán.

El capítulo XV denuncia al Bachiller , que fingió ser El Caballero de los Espejos, y a su escudero Tomé Cecial, compadre y vecino de Sancho, que no pudieron vencer a perdiendo la oportunidad de reponer a su amigo en casa, encargo de familia y amigos, y que finalizó con estrepitoso fracaso. El siguiente capítulo presenta a un desconocido, que dijo llamarse Don Diego de , al que acompañaron a su morada, donde compartieron velada con su familia. Desde esa visita dijo Don Quijote que le debían llamar: El Caballero de los Leones.

Siguiendo camino, se toparon con las Bodas de Camacho, donde fueron testigos de la victoria del amor sobre el dinero. Basilio, no sin argucia, logró la mano de Quiteria. Pasarán por las Lagunas de Ruidera y acaecerán acontecimientos en la Cueva de Montesinos, donde cayó Don Quijote y, una vez extraído, tuvo la oportunidad de contar lo que dentro vivió, otro relato que Cervantes regala en boca de su protagonista:

Despertó en un prado hermoso donde descubrió espectacular palacio, luminoso, cuyas puertas se abrieron para darle espléndido recibimiento. El venerable alcaide de semejante alcázar, que dijo llamarse Montesinos, le mostró un sepulcro de mármol para explicarle quién era el allí tendido con la mano en el corazón. Todo era obra del maléfico Merlín, que los había encantado. Durandarte, gran amigo de Montesinos, parecía muerto, pero suspiraba, incluso después de que su amigo le arrancara el corazón. También encantó a Belerma, Ruidera, con sus sietes hijas y dos sobrinas, , el escudero de Don Quijote y muchos otros amigos. Merlín, de tanto verlas llorar, se apiadó de la dueña y sus siete hijas y sobrinas, a las que convirtió en lagunas. Al escudero lo convirtió en río, que se escondió un tiempo hasta que decidió salir de nuevo a la luz para acudir al sol. Río que ayudado por las lagunas y otros amigos desencantados nutrían el terreno que alcanza Portugal. Montesinos hablaba a Durandarte y le informaba que tenía frente a él a don Quijote de la Mancha, cuya intervención podría ser vital para su desencantamiento. El muerto, que estaba vivo, respondió rogándole paciencia y expirando. El cortejo, velándolo, lo conformaba criados y Belerma, de belleza sin par, a criterio de Montesinos, que fue requerido por Don Quijote para que no comparara Belerma con Dulcinea. Excusa que satisfizo al caballero andante, paladín de las causas ajenas. Don Quijote vio a Dulcinea, pero lo ignoró, lógicamente por el encantamiento, como le apostilló Montesinos.

Sancho no sabía cómo reaccionar porque aguantaba la risa para no molestar a su amo, absolutamente abducido por escenas vividas en una hora que había estado dentro de la cueva. El escudero, una vez más, había podido ver las dos caras de un mismo ser: sabio y loco. Acompañados de un paje, que encontraron de camino, llegaron a una venta, situada en el capítulo XXV. Don Quijote vio lanzas y alabardas, lo que animó el interés para hablar con el que esas armas llevaba, al que encontró en las caballerizas. El desconocido entró en un relato, que los demás escucharon:

Habló de un asno sustraído, al menos eso dijo su dueño, al que informaron sobre su aparición en el monte, desnutrido y huraño, lo que impidió que lo sujetara el que lo halló. Dueño y descubridor decidieron salir en su busca. Como no lo encontraban, propuso separarse y rebuznar desde dos puntos para esperar respuesta y localizar al asno. Repitieron varias veces. La calidad de sus rebuznos era tal, que salían al paso esperando encontrarse al animal, y eran siempre ellos. Hasta que lo hallaron muerto, lo que servía de explicación a su silencio. Los dos hombres pasaron una jornada entretenida, y les agradó debido a la retahíla de buenos rebuznos compartida. La aventura fue contada con gracia por sus protagonistas, que perdieron el control de su publicidad, lo que supuso mofa en cada sitio, algo que ya no les parecía correcto, lo que provocó rencillas entre los pueblos, que andan de lucha armada cotidiana.

El manojo de lanzas era para armar al grupo de su pueblo, citado en pendencia por el otro para esa mañana. Terminó el cuento justo cuando un nuevo viajero solicitaba posada. Era maese , como lo llamó el ventero. No era otro que un titerero acompañado de mono con habilidad sin igual, como pudieron comprobar los presentes. Maese Pedro montó el retablo para representar la historia Gaiferos y Melisendra, parodia de muñecos que sirvió a los presentes como entretenido relato:

Melisendra era hija de Carlo Magno, que reclamaba al yerno una respuesta urgente en defensa de la honra de su esposa, cautiva del moro en . Gaiferos, encendido por el reproche, pide a Roldán, su primo, la espada Durindana, pero no se la entrega, aunque se ofrece para acompañarlo en la empresa. Gaiferos rehúsa el apoyo y parte en busca de Melisendra, recluida en la Aljafería. Vestida con ropa mora, desde una torre, miraba hacia donde debía estar , que tanto anhelaba. El rey Marsilio de Sansueña, que la tenía presa, saludó a un pasajero que esperaba bajo la torre, pero se identificó como Gaiferos.

Conocida la presencia del esposo, Melisendra intentó descolgarse desde la ventana, pero quedó enganchada en un barrote a poca distancia del suelo. El marido la arrancó del hierro para subirla a su caballo y huir camino de París. De Zaragoza salió caballería en busca de los esposos, que estaban en peligro de ser alcanzados y vueltos al cautiverio.

Don Quijote, absorto en la representación, interrumpió acometiendo con la espada a las marionetas, que fueron rotas. No era otro el modo de impedir la captura de Gaiferos y Melisendra, que merecían ser felices en París. Sancho pagó el destrozo después de una interminable regateo entre maese Pedro y Don Quijote, que comprendió su error, aunque en el fuero interno sabía que se trataba de la conjura pergeñada en su contra, desgracia que arrastraba toda su vida.