Cuando escuchamos alguna anécdota relacionada con el timo de la estampita o el tocomocho, son muchas las ocasiones en que nos viene a la memoria personajes de otros tiempos, pícaros del siglo de oro, claro, calificado así por el rendimiento cultural que ofreció una corte de artistas especialmente lúcida, con talento inigualable, de cuyo generoso manantial bebemos en nuestros días, fuente inagotable de referencias supremas. Del mismo modo que hubo excelsos autores, no deberíamos ignorar sus homónimos del delito, que han sido retratados con pluma certera.

Al igual que surgieron mecenas del arte, además de los reyes, que acogieron maestros de la pintura, arquitectura y escritos, éstos no han permitido conocer paradigmas del engaño, atractivos personajes de la trampa que perduran reproduciéndose generosamente. Monipodio, según Cervantes, podría ser en uno de esos baluartes del saber oscuro, encargado de perpetuar la mentira entre los que no tenían nada que comer, profesor de la necesidad reconvertida en artesanales procedimientos del mal vivir, posada de los que mostraban habilidades con las que sacar dinero de quienes tenían, sobre todo en una Sevilla comercialmente esplendorosa, henchida de cosas y dinero, que llegaba con fruición de la fuente, supuestamente inagotable, del nuevo mundo. donde las gentes hacían cola para poder emprender su viaje a la fortuna. Y otras personas, potenciales víctimas, que llevaban el bolsillo repleto de monedas de oro o plata, de las de verdad, que valían como su peso indicaba.

El intermediario de la hermandad, el ladrón que descubrió a birlando la bolsa al estudiante, ofrecía una salida airosa a su comprometida situación en el mundo clandestino. Caminaban juntos hacia la sede de la banda comentando frases y ocurrencias que se mostraban nuevas para dos chavales del interior. Diego no entendía como podía haber ladrones para servir a Dios, cuando el chorizo se expresaba en tal modo. Pero no era difícil entender que, además de una frase hecha para mostrar educada cortesía, en el fondo tenía mucha verdad, pues de cualquier manera, incluso robando, se puede alabar al Dios de los más pobres, desheredados, que no contemplan otras maneras de seguir viviendo que apoderarse de lo que les sobra a otros, avariciosos que no comparten su fortuna con quienes no viven como ellos, derrochando comida o engañando de otros modos, más sutiles y eficaces, simulando negocios rentables, pero sucios y traicioneros. No era peor el que se buscaba el sustento de cualquier manera hambreando una hogaza de pan o medio kilo de pescado fresco.

Monipodio, en su reglamento hablado, ordenaba que se apartara algo para rellenar el aceite de las velas; había que congraciarse con santos, que bien podrían ayudar desde donde fueran a estar. Nunca se debe repudiar respaldo divino para evitar sanciones del más allá, donde habrá que ir alguna vez y no es malo tener aliados. El mozo al que acompañaban iba informando sobre la jerga del sitio, apelativos curiosos que nombraban especialidades del robar, lección primera para ir adquiriendo cierta formación en la materia. Para el novicio, su maestro no era más que un dechado de virtudes, un referente personal y profesional, que y Diego estaban deseando conocer. Entraron en la casa del mecenas. Cervantes se regodea en la descripción del lugar, y nos hace transportarnos en el tiempo para recorrer cada metro de la estancia donde entra con la mirada que describe su pluma excepcional.

Mientras Pedro y Diego esperaban en el patio, poco a poco, iban entrado personajes de dispar edad y misma condición, aunque vestidos y adornados con diversidad de aspectos. No había duda, era una reunión de ladrones, que iban acudiendo al santuario de aquella hermandad ilegal. Bajó Monipodio con la majestuosidad que suele mostrar un mito. Para ellos muy mayor, para el resto, aún joven, pero con la serenidad del poderoso que dispone de la vida de quienes considere. El discípulo presentó a los dos aspirantes para celebrar la ceremonia de admisión, si así lo tenía por oportuno. La primera requisitoria fue muy bien respondida, pues no dieron pistas de su origen, estrategia adecuada para un buen ladrón, que permite el anonimato hasta donde se pueda. Pero al decirles apellidos, el maestro asignó apodo certero: Rinconete y Cortadillo habríanse desde ese momento llamar.

La casa de Monipodio estaba bien defendida. Situaba vigilancia en los accesos de la calle para dar el agua en caso de presencias incómodas. El mecenas de ladrones se vanagloriaba de tener amigos influyentes, incluso el alguacil, que velaba por su libertad. Es un recurso socorrido en todo tiempo y terrenos, como ahora, cuando las organizaciones criminales buscan el respaldo de esos mal llamados defensores de la Ley, que colaboran con los peores a cambio de prebendas de cualquier tipo, porque lo importante es tener. La sociedad moderna, como la de antes, no suele juzgar por el origen del dinero, sino la profusión en gastarlo para acomodar voluntades cómplices y mudas, que nos harán el coro de tantas traiciones. Los delincuentes necesitan de la omisión ajena para esconder sus maldades. Ahora, con electrónica y otros medios de pago tan alejados de aquellas monedas, los pillos siguen a pleno rendimiento. Cervantes lo sabía, como nosotros. Debemos mejorar en los controles sociales y retribución legal ejemplarizante, sin titubeos, para desbaratar los manejos de tanto Monipodio contemporáneo.

Artículo de la serie “Rinconete y Cortadillo” cuyo autor es el Comisario Jefe de la en la provincia de Albacete,