Quienes aprendieron nuestro idioma al otro lado del Atlántico han conservado vocablos que se pueden considerar más ajustados a lo que se pretende denominar en cada caso. Cuando queremos referirnos a un portavoz encontramos el sinónimo que por allá se denomina vocero; el que habla en nombre o representación de otros, cualquiera que sea el tamaño del colectivo al que pone la voz. No debemos confundirnos con otro apelativo, no demasiado cariñoso, que utilizamos peyorativamente para referimos al voceras, que suele ser un hablador, necio o afectado de incontinencia verbal, una especial deficiencia de comportamiento, a veces no diagnosticada a tiempo. Pero el voceras, en muchas ocasiones, sin dejar de serlo, dice verdades como puños; en ese caso, cuando no existe otro modo de cuestionar el fondo de su mensaje aparece lo que utilizamos como insulto para denominar la forma. Hay muy buena gente por ahí que pierde en la forma toda la autoridad que entraña su fondo, que puede ser incuestionable, pero esa debilidad le perjudica injustamente.

Un vocero puede comportarse como un voceras, que sería uno de los colmos, aunque podría ser más grave, si el vocero, además de necio, no sabe expresarse. Entonces, ese exceso, se transforma en patética compostura para hacer el ridículo. Esa imagen lamentable se alcanza cuando una gran mayoría de escuchantes están lo suficientemente informados para distinguir el contenido de ese mensaje impresentable. De otro modo, si los que escuchan no se enteran, el vocero, necio, puede aparecer como quién no es, sin paliativos. Eso demuestra el bajísimo rango en la formación de quienes deberían mostrarse críticos y poder apartar de sus roles de influencia a un número indeterminado de tontos que andan por ahí hablando, sin saber, diciendo si conocer y contestando si pensar.

Los colectivos o empresas fuera del ámbito institucional, como en otras ocasiones hemos dicho, tienen recursos o procedimientos para librarse de ellos, porque si no lo hacen están condenados a limitar su capacidad de comunicación y credibilidad. El problema viene dado cuando nos introducimos en el monolítico mundo de las administraciones o en esas grandes estructuras de burocracia que serían, en cierto mod,o asimilables. Pero si el vocero habla de lo que debe, bien o mal, está cumpliendo con una obligación de imagen y transmisión de mensajes relacionados con el ámbito de su competencia. Desde esa premisa se podrá cuestionar si es un voceras o no, si es deplorable su aspecto o modo de comunicar, si se expresa con rigor, soltura, claridad, vehemencia o convencimiento; en fin, las mil y una maneras de valorar sus formas. Sin embargo, también se le pide, incluso si no cumple el formato, que sea sincero, que no tergiverse las palabras, que no ofenda con o sin razón, pero que el fondo tenga argumentos, aunque no lleguen con nitidez. Lógicamente, si el vocero, además de voceras, es un mentiroso se podrá considerar su actividad un auténtico fiasco. Aún así, que los hay, son respaldados por incompetentes a los que importa poco la organización que representan, porque mantienen el estado de las cosas mientras rentabilizan adecuadamente su posición de poder o influencia, además de su nivel de ingresos y prebendas.

No hay duda de la nefasta eficacia de sanguijuelas, mentirosos e intérpretes sociales que suelen protagonizar episodios de gran cobertura en la comunicación de masas. Consiguen eclipsar a los sabios, personajes comprometidos, que no miran desde la barrera y muestran un enorme sentido de la responsabilidad al comportarse lealmente, pero sin poder enfrentarse al imperio de la opinión, donde manipuladores de forofos de todo tipo se erigen con fuerza para orientar a los que se dejan manipular y enmudecen a los que son capaces de disentir contundentemente exigiendo su cuota de libertad.

Dejamos para el final lo que alcanza un hito de la incompetencia y osadía, que merece la pena descubrir y denunciar, para erradicar a los voceros que se comportan como voceras, precisamente cuando se arrogan una representación que no tienen, hablan de todo, y de todo, como si dominaran la materia; torpes que infectan a un colectivo que no los ha puesto en ese lugar.

Lamentablemente, quienes podrían interrumpir esa impresentable actividad consiente por comisión u omisión. Y estos intrépidos voceras, arrogándose el rol de voceros, navegan con la egoísta connivencia de intermediarios que buscan voceros, que son voceras, para completar sus escenificaciones, sin cuestionar el rigor o la capacidad para hablar de asuntos de los que no saben perjudicando gravemente a un colectivo que nos los ha colocado en esa posición de privilegio, sintiendo vergüenza ajena al escucharlos con tan baja calidad en la forma y, lo que es peor, en el fondo. Y esos voceras, que dicen ser voceros, no se dan cuenta de la utilización que de ellos se hace. Afortunadamente, hay pocos y en descrédito. Y habrá menos conforme aumente el nivel de información y formación general, que erradicará, seguro, a estos voceras sobrevalorados. También hay profesionales de la intermediación que no les dan credibilidad y echan de menos a los auténticos voceros que deben estar presentes para informar, desmentir, aclarar o explicar tantos mensajes que precisan rigor y credibilidad mediante un formato profesional.

Artículo de opinión de - Comisario Jefe de la en la Provincia de