Medio ambiente urbano y educación ambiental
Manuel Lozano Serna, director General del Grupo de Comunicación La Cerca
En Europa, aproximadamente un 80% de la población vive en núcleos urbanos, y este porcentaje va en aumento. Estos núcleos están interconectados por vías de comunicación que forman una red que se extiende por todo el territorio. La elevada producción de basura doméstica ha planteado desde hace algunas décadas problemas de gestión. El antiguo tratamiento mediante depósito en basureros o quemas poco controladas está siendo sustituido por políticas más eficaces. La separación de las diferentes fracciones residuales (papel, vidrio, restos orgánicos, etc.), ya sea en origen (por parte del ciudadano) o en plantas de separación, permiten una reutilización y reciclaje de una parte del residuo. La educación ambiental del ciudadano junto a una óptima infraestructura y servicio de recogida (contenedores, áreas de depósito, etc.) son requisitos indispensables para una correcta gestión de los residuos urbanos.
Por otra parte, el suministro de agua potable a los ciudadanos de forma continua no es una tarea fácil en países áridos o de clima estacional. El hecho de abrir un grifo y disponer de todo el agua que uno desee ha generado una percepción de este recurso como algo inagotable. Este uso indiscriminado del agua ha motivado la aplicación de políticas de ahorro o de consumo mínimo. Las recomendaciones dirigidas a un ahorro de agua durante la higiene personal, en la limpieza del hogar o de los vehículos, en el jardín, etc., son habituales en la mayoría de las ciudades.
Una vez utilizada, el agua se convierte en un residuo del que el ciudadano se desprende a través del alcantarillado. También en este caso la sensación de que ya se ha eliminado el residuo ha conducido a un deterioramiento del recurso. El agua volverá a su ciclo más o menos contaminada. La gestión de las aguas residuales urbanas se aborda mediante sistemas de depuración que resultan costosos tanto económica como energéticamente. Por ello, la educación del ciudadano sobre los productos domésticos que van a parar a las aguas residuales adquiere gran importancia. Las posibilidades de reutilización de agua depurada para riego o la separación de las aguas de lluvia de las aguas fecales son nuevas estrategias que permiten su uso de forma más eficiente.
El uso de nuevos materiales y nuevas fuentes de energía permite un importante ahorro en el consumo energético. Las bombillas de la década de 1920, por ejemplo, consumían 20 veces más energía que las actuales. El alumbrado público está siendo uno de los objetivos en cuanto a eficiencia energética en el ámbito municipal. El uso de lámparas de bajo consumo energético, la regulación horaria de la intensidad lumínica y la distribución adecuada de los focos lumínicos han conseguido un ahorro energético de más del 50% en muchos municipios. Sin embargo, esta energía aún procede mayoritariamente de fuentes no renovables (combustibles fósiles, hidráulica y nuclear). En este sentido, el esfuerzo debe centrarse en estimular otras fuentes aplicables al entorno urbano (solar y eólica).
Por otra parte, la sociedad actual padece de una demanda creciente de movilidad. La ciudad se estructura en función de las necesidades del automóvil, y el ciudadano depende cada vez más de un vehículo para sus desplazamientos. La ciudad ideal es la que se puede recorrer cómodamente a pie en media hora; esto significa un diámetro máximo de unos 2 km. Mantener estas dimensiones requiere limitar el crecimiento urbano. Los grandes núcleos urbanos sufren de una migración diaria de sus habitantes hacia los núcleos menores de sus alrededores, donde se presume una mejor calidad de vida. Una parte de la población utiliza la ciudad como lugar de trabajo y se desplaza a los alrededores para dormir. Llega un momento en que esta movilidad no puede aumentar sin representar más inconvenientes que ventajas. El tiempo empleado en los desplazamientos, la polución y el coste económico son algunos de los inconvenientes que genera este exceso de movilidad.
La vigilancia de la contaminación atmosférica suele realizarse tomando medidas de inmisión, es decir, de los contaminantes que se depositan en la superficie procedentes de fuentes de emisión fijas (por ejemplo, industrias) o móviles (por ejemplo, vehículos). Estas medidas se obtienen a partir de estaciones de muestreo dotadas de instrumentos de registro. Los contaminantes que habitualmente se miden son el monóxido de carbono (CO), el dióxido de nitrógeno (NO2), el dióxido de azufre (SO2), el ozono (O3) y las partículas en suspensión (PST).
Un nuevo tipo de contaminación que afecta al bienestar urbano se deriva del ruido y de la luz. El ruido es cualquier tipo de sonido que un receptor recibe sin desearlo. Las perturbaciones causadas por ruidos constituyen la contaminación acústica. De la misma forma, la contaminación lumínica está constituida por las perturbaciones causadas por la luz. En el ambiente urbano el ruido que causa estrés y pérdida auditiva en la población. Las normativas impuestas para minimizar este efecto pretenden garantizar la percepción de tan solo unos 30 ó 40 decibelios en el interior de una vivienda.
El impacto de la luz no es tan acusado para el hombre, aunque la iluminación deslumbrante, excesiva o intermitente puede causar molestias. Sin embargo, sobre la fauna nocturna influye de forma más notable; las aves migratorias, por ejemplo, pueden desorientarse al no visualizar correctamente la bóveda celeste. Además, la optimización de los focos de luz está relacionada con el ahorro energético.







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