El liberalismo radical: las revoluciones de 1848

Las revoluciones de 1848 sacudieron de forma intensa. En numerosos países se combinaron los ideales liberales y nacionalistas con reivindicaciones estrictamente democráticas. Si las revoluciones de las décadas de 1820 y de 1830 habían debilitado el sistema de la Restauración, las revoluciones de 1848 lo aniquilaron.

Un rasgo distintivo de este período revolucionario fue el carácter plenamente democrático de las reivindicaciones planteadas. Se superó el liberalismo moderado y apareció el liberalismo radical o democrático. La pequeña burguesía y la naciente clase obrera participaron activamente en la revolución y plantearon demandas progresistas. Además, en esta época hizo su primera aparición el socialismo.

Los ideales democráticos superaron los límites del liberalismo moderado. Se amplió el derecho de voto con el sufragio universal, aunque sólo masculino. La soberanía nacional fue en muchos casos sustituida por la soberanía popular. Si el liberalismo moderado había aceptado la monarquía como forma de gobierno, el liberalismo radical consideraba la república como la forma más idónea de garantizar las libertades.

En el orden social, los gobernantes demócratas aprobaron las primeras leyes sociales, que tenían como objetivo proteger a los grupos más desfavorecidos; esta legislación social fue en su mayor parte derogada en los años siguientes.

La revolución se inició en en una época de grave crisis económica. En febrero de 1848 la pequeña burguesía y los obreros se unieron contra el monopolio de poder político que ejercía la gran burguesía. El movimiento revolucionario consiguió la abdicación del rey y la proclamación de la II República francesa. Pero, a los pocos meses, las medidas sociales iniciadas por el nuevo gobierno atemorizaron a la alta burguesía y propiciaron que los liberales moderados volvieran al poder. El miedo a la revolución social dio paso al gobierno autoritario de Luis Napoleón Bonaparte, fundador del II Imperio francés (1852-1870). La revolución afectó asimismo a , a la Confederación Germánica y al Imperio austriaco.

En general, los movimientos revolucionarios fracasaron, no sólo por la solidaridad de los monarcas absolutistas, sino también por el temor de la burguesía frente a las reivindicaciones sociales. Sin embargo, en Francia Luis Napoleón restableció el sufragio universal masculino; en Italia, Piamonte se configuró como un reino constitucional y liberal, en torno al que se realizaría la posterior unificación de Italia, y en el Imperio austriaco se abolió la servidumbre campesina.

El liberalismo contemporáneo

A partir de la segunda mitad del s. XIX los ideales propios del primer liberalismo (laicidad, democracia, defensa de los derechos humanos) se expandieron por toda la a medida que crecían la clase media y el proletariado. La victoria de las potencias democráticas en la I Guerra Mundial (1914-1918) aceleró el arraigo de aquellos ideales en la , y por toda Europa se implantaron regímenes parlamentarios. Sin embargo, el liberalismo dejó de tener un espacio político propio en la mayoría de los países, con excepciones como , el Reino Unido o Francia, donde en ocasiones actuaron como árbitro de los equilibrios parlamentarios.

Una vez asumido su bagaje ideológico por la mayoría de las formaciones políticas de los países democráticos, a partir de la segunda mitad del s. XX el liberalismo (o neoliberalismo) hizo hincapié en los aspectos relacionados con la política económica y en la defensa de la libertad de empresa, el libre comercio o la no injerencia de los poderes políticos en las relaciones laborales.