Unamuno escribió: “¡Me duele España!”. Esta exclamación adquiere una resonancia dramática en un momento histórico en que se cuestiona la continuidad de España como nación. Una nación es un proyecto colectivo y solo puede sobrevivir cuando es capaz de ilusionar a una sociedad diversa y plural. Es indudable que España ha fracasado en ese sentido llevada por prejuicios de rancias y radicales ideas políticas de derechas y de izquierdas, de monárquicos y republicanos, y también ahora, aunque sean de una minoría, secesionistas en búsqueda de una especie de República Independiente cual si no hubiera más que llegar y decirle al resto del mundo aquí estoy para lo que haga falta.

Su porvenir (el de España) depende de su capacidad de reinventarse, convirtiéndose en un espacio de tolerancia, convivencia y progreso. Siempre es preferible una nación moderna, con cinco siglos de historia, que una fragmentación en pequeños países. Lo importante no es ser vasco, catalán o español, sino ciudadano en un país democrático. La crisis económica ha dañado seriamente la soberanía popular. Restaurarla y ampliarla es la tarea más urgente, no fragmentar Europa en decenas de nuevos estados. Un referéndum con intenciones secesionistas solo puede adquirir legitimidad con una mayoría significativa y no con un margen ridículo, y sobre todo dentro de la legalidad vigente, máxime cuando hablamos dentro de un Estado Democrático de Derecho (sin dictaduras).

La solución no es la Europa de los Pueblos, sino la Europa del Estado del Bienestar. Difícilmente se puede anteponer lo primero a lo segundo si no se tienen los pilares básicos cubiertos que nos garanticen vivir como pueblos y como ciudadanos con dignidad de acuerdo a unos derechos universales como seres humanos que somos.

Estoy viendo algunos comentarios en las redes sociales de los que, como ya he dicho en anteriores ocasiones, son más papistas que el Papa y además se permiten el lujo de hacer críticas (en plan cátedra doctoral) desde el sofá de su casa sobre lo que tiene que ser el PSOE y el PP, sobre el futuro y el presente de estos y otros partidos, sobre la identidad de los mismos, sobre si Zapatero (y otros) dejaron de hacer y de no hacer, etc, etc, y sigo sin salir de mi asombro de cómo es posible que no se entienda de una vez por todas que esto (lo de Cataluña), no va de conceptos ideológicos de partidos, ni de personas (se llamen como se llamen), ni tampoco se debería buscar culpables ni rencillas del pasado. Creo, humildemente, que todos deberíamos aparcar nuestros sentimientos de partido político cerrado y tener altura de miras para valorar la situación de Cataluña como un asunto de Estado. ¿Y qué quiero decir con esto, que parece que alguno no lo entiende?, pues que lo que nos ocupa y preocupa es el presente y futuro de un país que es España y de una región dentro de este país que se llama Cataluña, y que hay una parte pequeña de esta región que, de mutuo propio y a su libre albedrío, ha decidido saltarse todas las normas vigentes y por haber para llevar a cabo, mediante manipulación política y una gran dosis de demagogia, más propia de la filosofía de y de la época de los Borgia, una cruzada contra todo lo que suene a España y español, y esto hay que decirlo alto y claro, sea o no políticamente correcto.

Estamos hablando de España, de Cataluña, de todos los españoles y de nuestro devenir en Europa y en el mundo. Estamos hablando que, efectivamente, teniendo que haber aprendido de nuestros errores del pasado, lo que deberíamos hacer es unir ideas (de Estado) para con sensatez, coherencia y con el marco legal democrático vigente, refrendado por toda la comunidad internacional, afrontar este asunto con las máximas credenciales que nos puedan permitir resolver este problema cuanto antes.

Antes hablaba de demagogia, es fácil, muy fácil, decirle al “pueblo” lo que quiere escuchar y cuanto más lo repitamos seguro que pensamos que más convencidos se quedan, pero una cosa es predicar y otra dar ejemplo, y después gestionar nuestros discursos de manera productiva para todos. ¡Eso ya es otro cantar!

¿Los catalanes y el resto de los españoles son conscientes de que sin empresas es imposible mantener un país democrático de derecho donde existe un mercado de libre competencia? Según los últimos datos apuntados por el presidente de la , , a día de hoy (26 de octubre) más de 1.500 empresas catalanas han cambiado su sede social para trasladarla fuera de Cataluña, pero esta cifra se incrementará en los próximos días y semanas. El montante de momento representa el 30% del empleo en esta región y, aunque no corresponden a pequeñas empresas o negocios cuyo ámbito de actuación y de clientela es de unos metros, la traducción de este éxodo en pérdida de empleo será algo “automático”.

¿Son conscientes, los que hablan desde el sofá, desde el café, desde el rencor y el odio, desde la búsqueda permanente de los culpables de los males de este País, en definitiva desde la grada de los tendidos (haciendo un símil taurino), de que sin impuestos, que son los que generan dichas empresas y sin trabajadores, que también son contratados por ellas, ni este ni ningún país democrático con una economía de libre mercado puede subsistir?

¿Les explican esto los secesionistas, y lo que los defienden y/o justifican, a sus conciudadanos en sus charlas?

¿O esto ya no interesa no vaya a ser que nos carguemos el cúmulo de despropósitos que venimos realizando y se nos vea el plumero?

¿Pero realmente alguien con cierto conocimiento de la materia puede llegar a pensar que una región (dentro de un Estado Democrático, libre y de derecho) puede llegar a ser independiente porque lo diga una minoría en contra de toda una comunidad internacional y sin el beneplácito del tejido empresarial, entre otros muchos sectores en contra?

Algunos de los que se permiten el lujo de hacer comentarios defendiendo determinadas causas o analizando otros momentos de la historia de España lo hacen desde su puesto de trabajo administrativo/político/institucional (que todo hay que decirlo) sin pensar en que la inmensa mayoría de los españoles no tenemos el problema del trabajo resuelto y está, de manera constante, la espada de Damocles encima de nuestro contrato laboral en espera de que venga cualquier “alteración” política y/o social para destruirlo sin más compasión. Y eso es lo que ya está pasando en Cataluña (que irá a más y lógicamente se trasladará al resto de España) si siguen desapareciendo (social y fiscalmente) las empresas de esta región. Está claro (por desgracia) que la perspectiva de futuro laboral en épocas de crisis no son las mismas estando bajo el paraguas del Estado que de una empresa privada y por eso deberían de tener un poco más de respeto algunos cuando hablan sobre la desaparición de las sedes sociales y fiscales de las empresas en Cataluña restándoles importancia (y banalizando el tema) como si aquí no pasara nada.

¡Pues sí pasa, y mucho, están en juego miles de puestos de trabajo y por tanto tributos de todo tipo que sirven para pagar a los funcionarios, la educación, la sanidad, las pensiones, a los más necesitados, la educación, las infraestructuras, la viviendas públicas, las depuradoras de agua, la universidad pública, etc, etc.. Es decir, a mantener nuestro Estado de Bienestar. Y algunos no se enteran todavía de qué va esto!

Así las cosas, seamos más responsables y tengamos en cuenta, repito una vez más, que esto no va de imponer ideas de partidos políticos sin más, ni de sus dirigentes (los de antes y los de ahora), ni de vencedores y vencidos; que la situación es mucho más grave de lo que parece y que estamos hablando de un asunto de Estado de proporciones económicas, sociales y políticas enormes.

Como se enfríe, todavía más, la ya de por sí maltrecha economía española (y catalana) y disminuya, aún más, la demanda interna, y de manera particular nuestras exportaciones (y la Balanza de Pagos) a Europa y al resto del mundo, será entonces cuando vengan las lamentaciones. Lo malo es que después quizá sea ya tarde, muy tarde.