La evidencia científica relativa a la influencia humana en el medio ambiente es actualmente abrumadora. Según el Panel Intergubernamental sobre -IPCC por sus siglas en inglés-, organismo que depende de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), existe un amplio consenso científico que apunta a la actividad humana, a través de la emisión de gases de efecto invernadero, como la responsable de un calentamiento global del planeta que supone una grave amenaza y exige una respuesta urgente.

La temperatura global podría aumentar entre 2 y 3°C en los próximos 50 años, mientras que, si se siguen incrementando las emisiones de gases contaminantes provenientes de la quema de combustibles fósiles, el calentamiento podría ser aún mayor. Según numerosos expertos, el cambio climático, combinado con el aumento de la población, tendría una incidencia negativa en lo que respecta a la producción de alimentos y empeoraría el acceso al agua potable -en 2007, aproximadamente una de cada cinco personas todavía carecía de acceso a ésta-. Asimismo, favorecería que se produjeran fenómenos meteorológicos extremos como tormentas, huracanes, tifones, inundaciones, sequías, olas de calor, etc., y causaría el derretimiento de las masas de hielo, el cual, al aumentar el nivel del mar, desplazaría a millones de personas desde zonas fértiles y costeras como el delta del Nilo o Bangla Desh. A su vez, inmensas extensiones de territorio podrían perder su fertilidad, lo que generaría hambrunas y el éxodo de aproximadamente 200 millones de refugiados, con su consiguiente impacto sanitario. Se calcula que podrían extinguirse hasta un 40% de las especies animales y vegetales, mientras que otras se expandirían, como el mosquito responsable de enfermedades como la malaria o el dengue.

A pesar de que los países industrializados son los principales responsables de la emisión de dióxido de carbono (CO2), estas consecuencias se harían sentir de manera especial en los países en vías de desarrollo y en zonas donde el equilibrio ecológico es más frágil.

En los últimos años se han publicado diversos estudios que analizan el fenómeno del calentamiento global no sólo desde un punto de vista medioambiental, sino, y ahí radica la novedad, en términos económicos. En este sentido, el intento más solvente hasta el momento de análisis del impacto que puede tener el calentamiento sobre nuestro desarrollo es el llamado informe Stern (presentado en octubre 2006), que fue encargado por el gobierno laborista del entonces primer ministro Tony Blair a Nicholas Stern, ex economista del Banco Mundial. Otra novedad es que fue la primera vez que un gobierno encargaba un estudio sobre las consecuencias del cambio climático a un economista y no a un científico especializado en medio ambiente.

En paralelo al debate científico sobre el cambio climático, se ha ido abriendo una reflexión sobre su impacto económico. Firmas de análisis bursátil, bancos de inversión, entidades aseguradoras y otras instituciones financieras se han sumado desde diferentes perspectivas al debate.

Pero las conclusiones del informe Stern no dejan lugar a dudas: se necesitaría invertir al menos un 1% del PIB mundial en la lucha contra el calentamiento para evitar que los costes globales y los riesgos del mismo provocaran una caída del 5% del crecimiento económico mundial, que podría llegar a un 20% si continúan creciendo, en la misma progresión que ahora, los efectos más nocivos del calentamiento.

Esto supondría una durísima recesión equivalente a los riesgos asociados a las dos grandes guerras o al crack de 1929 y la posterior gran depresión, con todo lo que ello implica en términos de riqueza, empleo… Además, si no se toman medidas urgentes, estos efectos podrían comenzar a sentirse dentro de diez años.

También los expertos de la ONU han calculado que luchar contra el cambio climático tiene un coste menor que no tomar ninguna medida al respecto. Según las estimaciones del IPCC, para limitar el calentamiento global a 2°C las emisiones de gases de efecto invernadero deberán empezar a reducirse a partir de 2015, con un coste del 0,12% del Producto Interior Bruto Mundial (PIB). Sin embargo, mantener el actual nivel de concentración de partículas de CO2 en la atmósfera costaría casi el 0,3% del PIB mundial.

En el sistema capitalista vigente en casi la totalidad de países del mundo, las empresas, las personas, las instituciones y la totalidad de los agentes toman sus decisiones a partir de los precios, pero tanto la teoría económica como la práctica evidencian que el sistema no funciona de forma adecuada, pues no asigna los recursos de manera eficiente para solventar fenómenos como el cambio climático. En este sentido, el informe Stern concluye que el calentamiento global puede ser considerado el mayor fracaso del sistema de mercado.

El propio Stern propone cuatro maneras de recortar las emisiones: reduciendo la demanda de bienes y servicios intensivos en emisiones, incrementando la eficiencia, actuando en emisiones no energéticas -como la deforestación- y promoviendo tecnologías limpias en electricidad, calefacción y transporte. ©