El es una actividad turística que se realiza en zonas rurales o en parajes naturales y que intenta minimizar su impacto en el medio ambiente y preservar la integridad de los entornos naturales y culturales.

El ecoturismo ha revitalizado zonas rurales abandonadas o que ya no resultaban rentables desde el punto de vista agrícola o ganadero, al mismo tiempo que ha despertado el interés por las prácticas deportivas en espacios naturales. Sin embargo, algunas de estas actividades se encuentran muy alejadas del sentido ecológico que acompaña al ecoturista.

Turismo natural no es lo mismo que ecoturismo. Aunque los dos tienen en común su desarrollo en espacios naturales, el ecoturismo es más una actitud que una actividad e implica un estilo de comportamiento ético, responsable y sostenible. Los valores positivos que promueve el ecoturismo se utilizan en algunas campañas comerciales para nombrar a otro tipo de actividades realizadas en contacto con la naturaleza, pero que no comparten los principios de sostenibilidad y conservación del medio ambiente. Tal es el caso de muchos deportes al aire libre irrespetuosos con el medio ambiente y de algunas prácticas que implican del uso de motocicletas, quads y vehículos de tracción en parajes protegidos. Aunque muchos turistas piensen que este tipo de actividades de aventura resultan ecológicas solo por desarrollarse en espacios naturales, lo cierto es que son una de las prácticas que más degradan el entorno, pues, además de contaminar, destruyen la vegetación y alteran la vida de la fauna.

También algunos deportes que se desarrollan al aire libre pueden tener un efecto destructivo sobre el medio. Así, resulta muy dañino el uso de clavos y soportes en las actividades de escalada y rappel (descenso mediante cuerdas), pues suponen un gran impacto para las paredes montañosas. Aunque resulta menos agresiva, la escalada libre también acelera la erosión al provocar el desprendimiento de pequeños fragmentos de roca. Del mismo modo, en algunas regiones rurales se han abierto caminos artificiales en el bosque para que los turistas puedan hacer senderismo que afectan a las tradicionales cañadas de pastoreo.

En un primer momento el turismo rural nació como una actividad agroturística que buscaba enseñar a la gente de la ciudad a vivir en el campo y a participar, aunque fuera de manera simbólica, en las labores agrícolas y ganaderas. Recolectar frutas y verduras, dar pienso a los animales o aprender a ordeñar una vaca podía ser una forma de reencontrarse con la naturaleza para los habitantes de las ciudades. El turista se involucraba así, durantes unas semanas, en la actividad rural y después podía consumir el fruto de su trabajo. Además del valor educativo de esta medida, el agroturismo ayudaba al turista a valorar las comodidades que disponía en su ciudad. Sin embargo, para la mayoría de los urbanitas unas vacaciones en una granja sin aire acondicionado, sin televisión y sin cobertura de telefonía móvil podían suponer una auténtica pesadilla.

Así, el turismo rural comenzó a tener verdadero éxito cuando las antiguas masías, caseríos y granjas se adaptaron a las necesidades del habitante de la gran ciudad. Convertidas en pequeños hoteles en medio del campo, las casas rurales actuales ofrecen a los visitantes mayores comodidades que sus propias viviendas urbanas, hasta tal punto que algunas empiezan a ofrecer también conexión Wi-Fi a Internet, televisión vía satélite y bañeras de hidromasaje. Al llevar este tipo de lujos al campo, las casas rurales se empiezan a alejar del fin con el que se originaron, que permitía a su moradores estar ilocalizables y poder huir de las obligaciones de la gran ciudad. Además, la mayoría de estas comodidades implican un gasto energético innecesario que obliga a renovar las instalaciones rurales y a instalar generadores que contaminan el medio ambiente. La cuestión que se plantea entonces es evidente: si se llevan los lujos de la ciudad al campo, ¿para qué ir allí? La solución pasa por aplicar los principios del ecoturismo a las casas rurales y buscar un estado intermedio en el que el turista pueda prescindir de la tecnología innecesaria y relajarse en contacto con la naturaleza con unas comodidades básicas, pero suficientes para que las vacaciones no se conviertan en una tortura.

La mayoría de las casas rurales han optado por seguir el modelo ecoturista. Los alojamientos rurales suelen estar regentados por pequeñas empresas familiares que contratan a proveedores locales, hecho que dinamiza la economía de la zona y que les permite trabajar de forma sostenible sin perjudicar el medio natural que les da valor. Su éxito radica en una combinación de naturaleza, tranquilidad y elementos acogedores que garantizan unas vacaciones tranquilas en un marco verde incomparable, tránquilo y alejado de la urbe cotidiana. Así, mientras se mantengan en manos de pequeños empresarios y no caigan en las redes de las grandes cadenas hoteleras, las casas rurales podrán seguir siendo refugios ecoturísticos para huir de las grandes ciudades.