Desde 1972, cada 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, una jornada designada por la ONU para concienciar a la población y los gobiernos sobre sus responsabilidades en la conservación y cuidado del planeta. Todos los años tiene lugar una serie de actividades y diálogos sobre los principales problemas medioambientales y sus necesarias soluciones.

A lo largo y ancho de nuestro mundo se organizan desfiles de bicicletas, se llevan a cabo campañas de concienciación escolar, se plantan árboles e incluso tienen lugar concursos de cuentos o conciertos ambientalistas. También toman la palabra las ONG ecologistas y diversos miembros de instituciones gubernamentales, que aprovechan para hacer reivindicaciones y presentar proyectos en pos de un mundo más limpio. Así, la gente participa de un día amable con el entorno que nos rodea y que nació a raíz de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el medio ambiente humano, celebrada en Estocolmo en 1972. De aquella cumbre también surgiría el PNUMA, Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, que constituye una de las primeras acciones internacionales en favor de la preservación del planeta y que marcó un punto de inflexión en la historia de la ecología, ya que a partir de entonces, ésta comenzaría a ser considerada por los gobiernos como un tema de vital importancia.

La escasez y la contaminación del , recurso esencial para la vida, son dos de los problemas que más preocupan a las instituciones encargadas de velar por el futuro de nuestro planeta. Las aguas residuales sin tratar, los efluentes industriales y los residuos que provienen de actividades ganaderas y agrícolas son cada vez mayores, y dado el continuo aumento de las poblaciones cercanas a la costa, las cifras amenazan con ir en ascenso en los próximos años. Estos vertidos han provocado que crezca el número de “zonas muertas” en los mares, áreas marinas que se quedan sin oxígeno a causa de la proliferación de nitrógenos que contienen, sobre todo, los fertilizantes vertidos. La ausencia de oxígeno conlleva la ausencia de todo tipo de vida.

Además, a estos vertidos “habituales” se unen las mediáticas mareas negras, que aumentan de manera desorbitada el número de animales muertos a causa de la contaminación por hidrocarburos. Así, los desechos que contienen los mares causan la muerte de hasta un millón de aves y 100.000 mamíferos y tortugas marinas al año.

A la desaparición de la fauna marina también contribuyen en gran medida las prácticas de pesca indiscriminada y el poco control que sobre ellas existe. Este fue uno de los problemas que se trataron en la cumbre medioambiental, celebrada en Johannesburgo en 2002, donde los países allí presentes acordaron poner en práctica un plan para proteger las reservas de pesca en alta mar, acabar con la sobreexplotación de los océanos antes de 2015 y luchar contra la pesca pirata. Sin embargo, hoy el ritmo a que se pesca casi las tres cuartas partes de las poblaciones de peces del mundo es superior a su reproducción.

Por otro lado, otro de los temas más preocupantes concernientes al agua es su escasez. En la actualidad, más de 80 países (40% de la población mundial), sufren escasez grave de agua, y dentro de 25 años es probable que la mitad de la población mundial tenga dificultades para encontrar agua dulce. Hay que tener en cuenta que solo un 2,5% del agua del planeta es dulce, y por tanto, utilizable para riego y consumo. Y de ese porcentaje, sólo un 0,3% se halla en ríos y lagos, y por tanto es accesible para los seres humanos. El resto se reparte entre los casquetes polares, los glaciares y las aguas subterráneas.

A pesar de esta amenaza creciente, las sociedades de los países desarrollados hacen caso omiso de las advertencias de la madre naturaleza, acaso porque aún no sufren las consecuencias. Hoy una de cada seis personas no tiene acceso de forma regular al agua potable, y normalmente esta circunstancia sólo acaece en países subdesarrollados. Paradójicamente, ellos son los que menos agua consumen (el uso doméstico diario de agua dulce de una persona de un país desarrollado es diez veces superior) y los que menos emisiones de dióxido vierten a la atmósfera, es decir, los que menos contribuyen al efecto invernadero que provoca el calentamiento global y a su vez las sequías.

Los estudios apuntan a que a medida que la población aumente y el calentamiento global influya en las precipitaciones, la escasez de agua será mayor. Mientras, los se siguen evaporando: casi un 60% del agua utilizada para el riego y un 50% empleado en zonas urbanas se desperdicia.

Las soluciones a estos problemas son sencillas pero exigen un firme compromiso, tanto por parte de los gobiernos y mandatarios como por parte de la población. Los ecologistas proponen una gestión más adecuada de los recursos hídricos, ya que más de la mitad del agua utilizada para riego y cuestiones urbanas habitualmente se desperdicia. Esta gestión atañería a la administración de ríos y humedales, así como de las tierras en las que desaguan y drenan. También se debe concienciar a la población de que el agua es un recurso agotable y dentro de unos años escaso, por lo que lejos deben quedar los grifos ininterrumpidamente abiertos o las lavadoras que no estén completamente llenas.