Tanto los directores de los grandes bancos mundiales como los políticos y los economistas aseguran que, después de la crisis financiera actual, el sistema económico global no volverá a ser el mismo. A pesar de que algunos medios de comunicación se apresuraron a hablar del fin del capitalismo, en realidad la situación vivida en septiembre de 2008 (comienzo de la crisis) no fue una novedad. Las crisis del sistema aparecen después de momentos de gran crecimiento económico y sirven para regular el mercado. Si el capitalismo se repuso del terrible desplome de la bolsa de Wall Street en 1929, todo parece indicar que también la economía de mercado sabrá hacer frente al hundimiento de Bear Stearns, Lehman Brothers y Merrill Lynch.

El fracaso de estas entidades en 2008 puso de manifiesto una mala praxis por parte de los bancos estadounidenses, pero por otro lado mostró la indiferencia de los organismos financieros internacionales, que no hicieron nada para evitar una crisis que se preveía a corto plazo. Los grandes bancos centrales y los organismos reguladores del mercado no ejercieron ningún tipo de prevención y se mantuvieron al margen hasta que la crisis se cobró sus primeras víctimas. Solo Edward Gramlich, ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), se atrevió a advertir públicamente en 2004 de los riesgos que podía conllevar la explosión de los créditos subprime que estaban hinchando de forma anormal el mercado inmobiliario. Según sus previsiones, las hipotecas basura solo servían para ganar grandes sumas de dinero a corto plazo, pero a la larga iban a hundir el sistema financiero estadounidense. Sus consejos cayeron en saco roto y algunos gigantes de las finanzas como Alan Greenspan, presidente de la Fed hasta 2006, restaron valor a sus advertencias y negaron la existencia de una burbuja inmobiliaria. El mercado de la vivienda atravesaba un buen momento, así que era una locura decirles a los banqueros que no debían aprovecharlo. Gramlich murió en 2007, el año que se concedió el mayor número de hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos. Unos meses después de su muerte los tipos de interés subieron y miles de ciudadanos comenzaron a no poder pagar sus créditos. La burbuja había reventado.

Los bancos centrales barajan ahora la posibilidad de acordar unas normas más estrictas que permitan ejercer un mayor control sobre la economía y, sobre todo, que promuevan la sensatez a la hora de realizar inversiones. La crisis esta sirviendo para demostrar que el sistema financiero global, tal como se había concebido hasta el momento, ha tocado techo.

El neoliberalismo exige a los bancos un crecimiento exponencial sin ningún tipo de compromiso ético. Esta falta de valores humanos hace que incluso se interpreten las ganancias como pérdidas cuando estas son inferiores a las obtenidas el año anterior. Cumplir las cuotas a toda costa, aunque esto suponga aumentar las diferencias sociales o causar daños ecológicos, hace que algunas empresas pierdan el contacto con la realidad mientras llenan sus arcas.

El neoliberalismo económico da la espalda al aspecto social y al compromiso ético de mejorar la situación de los trabajadores. Elude la responsabilidad de mantener sus puestos de trabajo, de hacer que sus vidas mejoren en la misma proporción en que crece la empresa. El afán de lucro sin más solo llena los bolsillos de unos, sin aportar nada más a la sociedad. La codicia, como ya han señalado algunos economistas después de analizar la crisis, se encuentra entre las causas de las burbujas económica e inmobiliaria. El neoliberalismo crea crecimiento económico a toda costa, aunque con ello comprometa el desarrollo, provoque daños ecológicos e incluso aumente las diferencias sociales. Los propios economistas aseguran ahora que esta forma de gestión debe acabarse, sobre todo porque las empresas que proporcionan una imagen agresiva y de falta de respeto a la sociedad a la larga pueden sufrir el revés de los ciudadanos y de los inversores. Algunas multinacionales ya han visto cómo sus ventas descendían tras descubrirse que, mientras vendían en los países desarrollados una imagen comprometida con valores positivos como el deporte o la lucha contra las drogas, fabricaban sus productos a precios irrisorios usando mano de obra infantil en países del Tercer Mundo.

La crisis ha puesto de manifiesto el escaso control que los gobiernos neoliberales pueden ejercer sobre la economía. Desconocen dónde invierten los bancos y no pueden valorar las consecuencias que una crisis en un determinado país traerá a su propio mercado. La globalización económica, consecuencia del neoliberalismo, hace que ya no existan bancos que operen solo en los límites de las fronteras nacionales. Ahora las entidades financieras son interdependientes y forman complejos entramados que, como una telaraña, mueven toda la red mundial. La crisis de una logra sacudir al resto.

El error de los bancos estadounidenses le ha costado a su Gobierno 700.000 millones de dólares y ha provocado que la economía del país entre en recesión. Esta cantidad, suficiente para acabar con el hambre en el mundo, correrá a cargo de los contribuyentes de Estados Unidos que, con un Gobierno endeudado de esa forma, verán recortados en los próximos años los presupuestos destinados a la educación, a las pensiones o a la sanidad pública. La crisis ha servido para demostrar que de nada sirve jugar a las finanzas como si fueran fichas de casino, porque cuando la economía se somete a los designios del azar siempre terminan perdiendo los más pobres.