Procesos electorales

Como han señalado diversos pensadores, el ejercicio de la democracia no se reduce a las prácticas electorales. No obstante, la democracia moderna es inconcebible sin una íntima asociación con las elecciones, a tal grado que el indicador fundamental de las sociedades democráticas es la realización de elecciones libres. Con la consolidación de la democracia se ha registrado una expansión espectacular del fenómeno electoral, que hoy tiene amplias manifestaciones en gran parte de las naciones. Podemos apreciar claramente un proceso en el que lo electoral ha ocupado una parte importante del espacio de lo político, dando lugar a que en muchos países los comicios sean, para la mayoría de los ciudadanos, la forma privilegiada de relacionarse con la política.

La función de los procesos electorales, como fuente de legitimidad de los gobiernos que son producto de ellos, ha crecido en los ámbitos nacional e internacional. En los años recientes se ha manifestado el reconocimiento mundial a las transformaciones políticas de algunas naciones en las que los procesos electorales han jugado un papel relevante. En contraparte, se muestra el rechazo a los cambios políticos logrados por medios no institucionales como los golpes de Estado, en los que la violencia ocupa un lugar central.

En tanto que las elecciones son la forma legal por antonomasia para dirimir y disputar lo político en las modernas sociedades de masas, el fenómeno electoral adquiere una relevancia y una complejidad crecientes, que han captado la atención de políticos e intelectuales que reconocen la necesidad de especializarse para enfrentar con eficacia la práctica o el análisis electorales. Esta complejidad ha implicado que en ocasiones los procesos y los sistemas electorales sean percibidos como relativamente distantes por el ciudadano común. No obstante, la información y el conocimiento de lo electoral, no sólo por parte de los especialistas, sino también de los ciudadanos, es una condición indispensable para la consolidación democrática.

Constitución de 1812

El 14 de marzo de 2004 se celebraron las novenas elecciones de la democracia española. Los ciudadanos acudieron a las urnas golpeados por la tragedia del 11-M. La participación fue masiva y, más que nunca, se votó por la paz y la democracia, frente a la dictadura del terror. Tras una serie de sondeos que señalaban al como vencedor, fue el , con su candidato , quien salió electo para gobernar durante cuatro años.

Estos son los últimos comicios de una larga lista que empieza a contar hace dos siglos. En estos 200 años se han sucedido diversos regímenes, leyes electorales y constituciones que han cambiado constantemente las reglas del juego “electoral”. Así, poco a poco se ha ido perfilando un sistema democrático que ha pasado del sufragio restringido al sufragio universal, rescatando por el camino el derecho al voto de la mujer.

Las primeras elecciones

Las primeras elecciones españolas de la historia tuvieron lugar tras la proclamación de la Constitución de 1812, aprobada y jurada el 10 de marzo por los diputados reunidos en . Se le llamó “la Pepa” porque entró en vigor el día de del mismo año.

En los primeros comicios, celebrados en 1813, hubo sufragio universal restringido e indirecto. Restringido porque no contemplaba el voto femenino y existían limitaciones de edad; e indirecto porque eran elecciones de tercer grado, los ciudadanos elegían a los electores de la parroquia, estos seleccionaban a los electores de partido y estos últimos a los diputados. Debido a este factor, a las difíciles comunicaciones debidas a la guerra, a la general ignorancia y la oposición de nobleza y clero, la participación fue mínima y ganaron los conservadores.

Sin embargo, la Constitución duró poco. Un año más tarde Fernando VII volvía a España y designaba a su propio gobierno. Aunque también su reinado sería corto. En 1820, el rey es destronado de nuevo y “la Pepa” resucita para dar el poder a los moderados, que gobernaron en la cortes durante tres años (1820-1823). Pasado el Trienio Constitucional, Fernando VII, que no había cejado en su empeño de recuperar el trono, vuelve precedido de los Cien Mil Hijos de para instaurar de nuevo el absolutismo hasta su muerte, once años más tarde.

Problemas sucesorios

Con el fallecimiento del rey se generaron importantes tensiones sucesorias. Como aspirantes al trono quedaban su hija , apoyada por los partidarios de una monarquía constitucional, y su hermano Carlos María Isidro, defendido por aquellos que querían la continuidad de una monarquía absoluta. Finalmente, la democracia dio un pasito hacia adelante y los partidarios isabelinos lograron sus objetivos. Debido a la minoría de Edad de , quedaba como regente su madre María Cristina; y en el gobierno, los moderados, como Cea Bermúdez, que salieron electos en unos comicios en los que hubo sufragio censitario (solo tenían derecho a voto los contribuyentes) e indirecto (los electores designaban a sus representantes dentro de los municipios). De este modo, tan solo participaba un 0,13 % de la población. Mientras tanto, la guerra carlista seguía su curso. No tocaría a su fin hasta 1937. Y este no sería el único problema de la regencia.

El 16 de agosto de 1836 tuvo lugar el motín de la Granja. Unos cuantos Guardias reales entraron en los aposentos de la reina María Cristina y le obligaban a firmar la restauración de “la Pepa”, antigua constitución progresista. La reina, bajo la amenaza de ver asesinado a su amado Muñoz, aceptó el chantaje.

Una Constitución innovadora

Así “la Pepa” renació por tercera vez de sus cenizas en 1836 y volvieron a convocarse elecciones por sufragio universal. Los comicios no prosperaron debido a la guerra carlista y, una vez firmada la paz, se decidió que lo mejor era redactar un nuevo estatuto: la Constitución del 20 de mayo de 1837.

La nueva carta introducía por primera vez en España el bicameralismo, que suponía otro gran progreso en el estadio democrático: el parlamento quedaba dividido en dos cámaras, el y el congreso de los diputados. Además, la nueva ley electoral buscaba ampliar el número de votantes a través de la reducción de las contribuciones necesarias para votar y el sufragio directo. El electorado aumentó hasta alcanzar el 6 % en los segundos comicios de la época progresista (1844).

Un año más tarde volvieron a soplar vientos de cambio. El más importante, el de regencia. Isabel II superó la mayoría de edad y tomó el poder que hasta ahora habían ostentado su madre, María Cristina, primero, y el general Espartero, después. Tras el relevo monárquico nació la Constitución de 1845, de carácter moderado. En ella se amplió la duración de las cortes de tres a cinco años y se definió una ley electoral que aumentaba el número de diputados y restringía el número de votantes. Este hecho puede considerarse como un retroceso democrático.

De todos modos, el estatuto y su consiguiente ley electoral pronto tendría su relevo. En los años sucesivos se fueron alternando con rapidez los gobiernos progresistas y moderados. Los progresistas siempre ampliaban el electorado y retornaban a la Constitución de 1837, mientras que los moderados lo reducían y reinstauraban la Constitución de 1845. De este período cambiante, el único avance fue el nacimiento de la reivindicación del voto femenino, que sin embargo, aún era muy débil.

Sexenio revolucionario

La alternancia llegó a su fin en 1868, con el comienzo del Sexenio revolucionario. Demócratas, progresistas y miembros de liberal dieron rienda a las reivindicaciones del pueblo y acabaron con un gobierno viciado y corrupto. Asimismo, derrocaron también a Isabel II, que tuvo que exiliarse a .

A la voz del pueblo también se unió la voz femenina, que a través de intelectuales como , y iba tomando importancia en la lucha contra la discriminación sexual y en favor de una educación para la mujer. La reivindicación del sufragio aún no se hacía oír demasiado. Sin embargo, hasta los diputados más progresistas mostraban su oposición. Así, Romero Robledo decía: “¿Por qué vamos a privar del sufragio universal a las mujeres? Porque quizá, y sin quizá, en mi opinión no lo quieren ni lo pueden querer”.

Aunque en la Constitución de 1869 se impuso la ideología liberal, la mujer volvió a quedar fuera del juego democrático. No obstante, el número de ciudadanos con derecho a voto se amplió hasta casi cuatro millones, de los que no votó ni la mitad. Además, se impuso la elección por distritos, que perjudicó al sistema electoral ya que propiciaba el dominio de caciques (personajes poderosos que podían determinar o incluso comprar el voto de los electores de su comunidad).

De nuevo los Borbones

Cuatro años duraría este nuevo gobierno, que se vio sorprendido por la proclamación de la I República en 1873 primero, y por la restauración borbónica un año después. Perdida entre gobiernos, partidos, revoluciones, monarquías y abdicaciones, España volvía a tener rey: Alfonso XII, primogénito de Isabel II y bisabuelo de nuestro actual monarca, I.

Con el retorno de los Borbones se escribió la sexta Constitución española. A pesar de contar con el conservador Cánovas del Castillo como legislador y supervisor (el diputado era famoso por su oposición al sufragio universal), en el debate sobre la ley electoral se dio la primera iniciativa a favor del voto femenino de la historia española. Curiosamente, la propuesta venía de siete diputados ultraconservadores. Es probable que abogaran por el voto femenino debido a la convicción creciente en la época de que las mujeres inclinarían la balanza electoral hacia la derecha. De todos modos, tan solo se habló de permitir el voto a un segmento femenino que englobaba a madres de familia, viudas o mayores de edad a quienes correspondiera la patria potestad.

Respecto a la base electoral, distintas restricciones llevaron a que se redujera considerablemente, de modo que el porcentaje de participación fue mucho menos que el obtenido 40 años antes. Este hecho significó un retroceso considerable.

El turnismo

Una década después, en 1885, moría dejando al país en una situación de evidente inestabilidad. Su viuda, María Cristina, estaba embarazada del sucesor, y los partidos optaron por poner en práctica lo que se dio en llamar el turnismo: los conservadores de Cánovas y los liberales de Sagasta se irían alternando en el poder para evitar turbulencias políticas. Fueron años en los que la mujer iba avanzando en sus intereses: empezaban a destacar líderes sufragistas, como ; mejoraba la situación laboral femenina y se facilitaba su acceso a la educación. No obstante, y a pesar de darse las primeras manifestaciones sufragistas (la primera tuvo lugar en 1921), las enmiendas que pedían su voto eran rechazadas una tras otra en el Congreso de los diputados. En 1890, durante el gobierno liberal, se promulgó la Ley de Sufragio Universal, que elevó el número de electores al 25 %. Sin embargo, también elevó el número de caciques y de conservadores, lo que fue haciendo mella en un país que cada día más veía sus comicios devorados por la corrupción y el pucherazo. Lo obsoleto del sistema y la fuerza creciente de nuevos partidos (republicanos, socialistas, reformistas…) derivaron por fin en lo inevitable.

Primo de Rivera

En 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, da un golpe de estado y se instala en el poder. Paradójicamente, a pesar de estar al frente de una dictadura, Primo de Rivera convocó elecciones municipales en 1924 y concedió a la mujer, por primera vez, el derecho al voto. Podían concurrir a las urnas las mujeres emancipadas mayores de 23 años y quedaban excluidas casadas y prostitutas. El dictador reservó incluso unos escaños para ellas en los ayuntamientos y diputaciones. Estos comicios y el plebiscito que Primo de Rivera convocó en 1926 servían para dotar al régimen un talante democrático, aunque la realidad fuera bien distinta.

En 1930, Primo de Rivera, que ya no contaba con el apoyo del rey, dimite; Alfonso XIII piensa entonces en volver a la Restauración y reimplantar la Constitución de 1876. Sin embargo, los acontecimientos siguen otro curso. En 1931 se celebran elecciones y los partidos antimonárquicos ganan la partida. La II República es ya una realidad; Alfonso XIII es exiliado.

La época republicana duró tan solo cinco años y, sin embargo, es lo más cercano a la democracia actual que ha vivido España. Sus valedores introdujeron varias novedades en el sistema electoral. En 1933, se convocaron las primeras elecciones sin rey. Era la primera vez que el país votaba mediante un sistema universal que no excluía ni a varones sin medios ni a mujeres. Estas últimas, junto al clero, también podían salir electas como diputadas. Y de hecho, así fue. Clara Campoamor, por el , y , militante del -Socialista, fueron las primeras mujeres diputadas españolas.

Los resultados electorales en 1933 dieron como ganadora a la coalición radical-cedista, lo que apuntaba a un gobierno conservador. Muchos echaron la culpa del triunfo de la derecha al voto femenino, aunque tres años más tarde se demostrara su equivocación. En 1936, las izquierdas, disgregadas en un primer momento, se unieron y el Frente Popular, partido que englobaba a republicanos, marxistas y regionalistas, ganó las elecciones. No obstante, no tendría tiempo para gobernar. El 18 de julio de 1936, un grupo de militares insurgentes se levantaba contra la República y estallaba la Guerra Civil española.

El enfrentamiento primero, y más tarde la dictadura del general , generaron un vacío electoral que duró 40 años. En 1976, los ciudadanos volvieron a las urnas para participar en unos comicios cruciales en la historia de la democracia española. De 22,5 millones de españoles convocados, 17,5 millones participaron en las elecciones, y el 94,2 % votó a favor de la reforma política. Un año más tarde, los españoles encomendaban a la UCD, presidida por , la labor de llevar a cabo la transición. Por suerte, todo salió bien y desde entonces los ciudadanos han podido participar hasta veinte veces en distintos tipos de elecciones. Las últimas, las del 14 de marzo, que sirvieron para reivindicar más que nunca el valor de la democracia frente al terror y la violencia.

2015, Año electoral

Como fecha límite el 20 de diciembre de 2015, se celebrarán las elecciones generales de España. Serán las duodécimas desde la Transición y las primeras con Felipe VI como jefe de Estado. Servirán para renovar 558 de los 616 escaños que conforman las Cortes Generales: los 350 del Congreso de los Diputados y los 208 de elección directa del Senado. Tras estas elecciones comenzará la XI Legislatura del actual período democrático español.

Previamente, de acuerdo con lo establecido por la Ley Orgánica del General (LOREG), el 24 de mayo de 2015 (cuarto domingo de mayo), se celebrarán en España elecciones municipales. El mismo día se celebrarán, por imperativo de la Ley Electoral y de los Estatutos de Autonomía, en su caso, elecciones autonómicas en aquellas comunidades en que estuvieran previstas elecciones antes del 24 de septiembre de 2015, es decir, en , , , y , , Comunidad Valenciana, Comunidad de , Castilla-La Mancha, Región de , Canarias, Islas , Aragón y Extremadura, y en las dos ciudades autónomas (Ceuta y Melilla). También habrá elecciones a las Juntas Generales del País Vasco; a los Cabildos Insulares canarios; a los Consejos Insulares de Baleares; al Consejo General de Arán; a los concejos de ; y a las entidades de ámbito territorial inferior al municipio.

Votar es un derecho, y casi una obligación, si queremos consolidar cada vez más la Democracia española por encima de corruptos y manipuladores.