Toda nuestra cultura y toda nuestra historia. La religión cristiana ha determinado durante siglos la vida, la sociedad y la política de Occidente. Su principal dogma de fe, la pasión, resurrección y salvación de Cristo para redención de todos los hombres, marcó un antes y un después en la historia de las religiones, diferenciándola del judaísmo y el islam, y creando toda una serie de escisiones posteriores entre las que se cuentan el protestantismo y el calvinismo.

Hoy, la resurrección sigue celebrándose como una de las principales festividades de durante la llamada Semana Santa. Es un tiempo en el que los cristianos rememoran con dolor primero y gozo más tarde los últimos días de Jesucristo, días recogidos en la Biblia y más sucintamente en varios textos de historiadores de la época, como es el caso de Tácito, Suetonio o Plinio el Joven, todos ellos contemporáneos del Mesías cristiano. En España, su celebración es una tradición muy arraigada y los ritos de adoración van desde las multitudinarias procesiones sevillanas a la austeridad, silencio y contemplación de los pasos castellano-leoneses.

El período pascual arranca el Domingo de Ramos, día en que se conmemora la entrada triunfal de Cristo en la ciudad de . Según las Sagradas Escrituras, aquel día una gran multitud recibió a Jesús con palmas en las manos y lo reconoció como Hijo de Dios. El lunes y martes Santo serían días de transición hacia el gran acontecimiento divino, que empezó a perfilarse la noche del Miércoles Santo, cuando Judas Iscariote traiciona a Jesús por treinta monedas de plata. Durante la Última Cena, Cristo anunció a sus discípulos que uno de ellos lo iba a entregar. El Jueves Santo Jesús ya era consciente de su inminente destino. Se arrodilló y comenzó a lavar los pies de sus discípulos, un acto en el que la Iglesia celebra la virtud de la humildad. A partir de entonces, los hechos se sucedieron vertiginosa y dolorosamente.

El Viernes Santo, Jesús fue apresado por la guardia romana, que lo llevó ante Caifás, sumo sacerdote de los judíos, y más tarde al palacio del gobernador, , quien ordenó que lo azotaran, le impusieran una corona de espinas y más tarde lo crucificaran, empujado en esta última decisión por el clamor del pueblo judío. Una vez condenado a muerte, Jesús fue escoltado hasta el monte Gólgota, al que subió llevando a cuestas su propia cruz. Más tarde lo crucificaron. A sus pies estaban su madre, María, la hermana de su madre, también llamada María, y . Cuando hubo expirado, un soldado traspasó su costado con una lanza y después bajaron el cuerpo de la cruz para entregárselo a , discípulo de Jesús. Este, junto a Nicodemo, perfumó el cuerpo de Cristo, según se hacía en los enterramientos judíos, y lo llevó a un sepulcro.

LA RESURRECCIÓN

El Sábado Santo fue un día de reflexión para los discípulos de Jesús, que entristecidos y aún escépticos ante las profecías de Cristo, recordaban la pasión y la muerte de Jesús. Sus dudas quedarían disipadas el domingo. Aquel día, según relata Juan en su evangelio, María Magdalena se acercó al sepulcro y vio que la piedra que obstruía la entrada había sido desplazada. Entonces fue corriendo a buscar a los discípulos. Cuando regresaron al sepulcro comprobaron que el sudario estaba plegado y que Cristo había resucitado. Era el día del triunfo de Jesús, que con su muerte había salvado y redimido las almas de los hombres del pecado original. Por este motivo, hoy los católicos siguen celebrando el Domingo de Resurrección, y con él la Semana Santa, como una de las festividades litúrgicas más importantes del cristianismo.

PERDÓN Y PENITENCIA

De la pasión y resurrección de Jesucristo se extraen dos de los conceptos más arraigados de la religión católica, el perdón y la penitencia. Integrados en la sociedad y la mentalidad occidental, ambos han dado lugar a numerosas obras artísticas y literarias, y constituyen la base de la fiesta pascual cristiana, que no siempre se celebró durante toda una semana.

El origen de la Semana Santa se remonta a la iglesia primitiva, cuando el cristianismo era una religión perseguida y en fase de construcción. Entonces, la única manera de reunir nuevos fieles era la conversión, que se llevaba a cabo, al igual que hoy, a través del bautismo. En este sacramento, y más en concreto en su fase preparatoria, el catecumenado, es donde se encuentra el germen de la Semana Santa.

Aunque la preparación para el bautismo podía durar uno o dos años, poco a poco se fue definiendo un período de adoctrinamiento previo y más intenso. Al principio se instituyó el Triduo Sacro (Jueves, Viernes y Sábado), más tarde la Semana Santa y finalmente el período llamado Cuaresma. Este comenzaba el Miércoles de Ceniza y finalizaba el Jueves Santo, dos días antes de la Vigilia Pascual (Sábado Santo), jornada en la que los catecúmenos pasaban a ser cristianos a través del bautizo. Por aquel entonces bautismo y penitencia iban ligados, ya que los hasta entonces paganos habían estado viviendo en pecado y debían purgarlo a través de la penitencia.

Este hecho cambió cuando los catecúmenos comenzaron a ser menos (cada vez había menos gente a la que convertir) y los pecadores a aumentar. El bautismo comenzó a administrarse a los ocho días del nacimiento (hecho provocado también por la alta mortandad infantil de aquellos tiempos) y en la Semana Santa fueron cobrando importancia las ceremonias de la penitencia y el perdón. A su vez, la Iglesia fue traspasando las prácticas llevadas a cabo por los catecúmenos, como el ayuno y la penitencia, al código del común de los fieles.

De este modo, los cristianos iban fortaleciendo su religión. Para evitar la decadencia pagana y no dejar paso a la relajación de las costumbres de la comunidad, se llevaba a cabo una severa vigilancia de las costumbres. Uno de los elementos de control y purga era la penitencia pública, que fue obligatoria hasta el siglo IX. Debía de ser una ceremonia pública, ya que se consideraba que el penitente había amenazado a la comunidad introduciendo en ella el pecado, y para desagraviarla debía ser humillado ante todos. Los cristianos consideraban que solo mediante el sufrimiento podía regenerarse un pecador.

Estas penitencias públicas se llevaban a cabo durante la Semana Santa y consistían en una procesión en la que el penitente debía recorrer cuatro estaciones. Las penas que debían cumplirse por cada pecado, el modo de saldarlas y los ritos de reintegración en la comunidad figuraban en unos libros llamados penitenciales. Las estaciones que integraban la procesión eran el llanto, en la que el pecador debía suplicar a los asistentes a la iglesia que rogaran por él, ya que le estaba prohibido orar; la audición de la palabra desde el pórtico; la entrada a la iglesia desde la sumisión y la admisión por los demás fieles.

Poco a poco, la obligatoriedad de la penitencia pública fue perdiéndose, y a partir del siglo IX, tomó importancia la penitencia privada. Esta se llevaba a cabo desde la voluntariedad y tenía como administradora a la propia conciencia. Solo eran necesarios el arrepentimiento interior, la confesión de los pecados, la aceptación de la penitencia y la intervención de un ministro de la Iglesia que reconciliara al penitente con Dios y con la Iglesia.

SAETAS, PASOS Y TAMBORES

A pesar de la no obligatoriedad de la penitencia pública, esta ha pasado, junto a sus ritos, a formar parte de las tradiciones pascuales. Así, elementos como el silencio, el sufrimiento y el sacrificio ocupan un lugar clave en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa, que en España, país de arraigada confesión católica, alcanzan especial fervor.

La fe, la intensidad de los sentimientos, las saetas, el ruido atronador de los tambores y la automortificación recorren cada rincón de la geografía española que, perfumada de incienso y cera, abriga una de las celebraciones religiosas más impresionantes del mundo. Aunque cada región cuenta con su especial devoción y costumbres, hay algunas zonas destacadas por la particular belleza de sus ritos, la riqueza artística de sus pasos o sus impactantes procesiones.

Una de estas zonas es . Todo el pueblo sale a la calle para rendir pleitesía al Señor y a la Virgen, de modo que las calles, abarrotadas de gente, se convierten en una espectacular alfombra llena de colorido por la que navegan los dramáticos pasos. Los hombres se disputan un lugar entre los costaleros, para purgar sus penas, de rodillas, a los pies del Cristo del Cachorro, la Virgen de la Macarena o la . Hasta 56 cofradías participan de la pasión desbordante que desfila por las calles sevillanas.

Mucho más austeras pero no menos impresionantes son las celebraciones pascuales castellanas. alberga la ceremonia más solemne, la procesión del Entierro: la Hermandad de recorre las calles viejas de la villa en absoluto silencio y oscuridad hasta llegar a la plaza de Viriato, donde se entona el miserere. La lúgubre procesión se extiende a otras zonas de Zamora como Bercianos de Aliste, donde los penitentes de la Cofradía de la , de origen medieval, desfilan con las que serán sus mortajas.

De Interés Turístico Internacional es la Semana Santa de Cuenca, que aúna lo solemne de las procesiones con lo difícil de su geografía. La procesión más famosa es la de las Turbas (Viernes Santo), en la que cientos de personas preceden con el sonar de trompetas y tambores la imagen de Cristo. Por su parte, hace gala de tener los pasos con mayor valor artístico. Imágenes como Ecce Homo, el Descendimiento y la , de , o esculturas como la del o la Virgen de los Cuchillos, de , son especialmente destacables.

El Bajo Aragón también cuenta con su particular celebración de la Semana Santa. Hasta 18.000 cofrades blanden mazas y baquetas para romper la hora con un atronador ruido de tambores en poblaciones como Calanda, , , Alcorisa o Alcañiz. La más impresionante tiene lugar en Calanda, cuando las agujas marcan las 12 del mediodía en Viernes Santo y la plaza retumba, según algunos, como la tierra estremecida por la muerte de Cristo.

La crucifixión se escenifica a pocos kilómetros, en Alcorisa, donde una procesión conduce al actor que encarna a Cristo hasta el Calvario, un monte natural en cuya cima se halla un sepulcro. Allí suben los más de 300 intérpretes, vestidos con trajes de la época, que participan de la dramatización. La pasión culmina con la crucifixión de Jesucristo.

Esta escenificación también se lleva acabo en otros lugares de España. En Cataluña tienen lugar dos de las más antiguas, la de Olesa de y la de Esparreguera (), donde las dramatizaciones se llevan a cabo desde el siglo XIV en recintos cerrados. Las pasiones (dramatizaciones de la pasión) provienen de los antiguos misterios, en los que se escenificaban pasajes de la vida de Jesús, la Virgen e incluso algunos santos. Cada año, acuden a contemplarlas a cada población más de un millar de personas.

Todas estas ceremonias dan cuenta de una cultura y una religión que han estado presentes en nuestra sociedad durante siglos, y que, indudablemente, han influido en las costumbres y conductas de la sociedad occidental. Y siguen influyendo, como lo demuestra los miles de personas que expresan su pasión religiosa durante el período pascual. Una celebración que si bien va perdiendo su sentido religioso, o trivializándose, como denuncian algunos de los máximos representantes de la Iglesia, sigue estando llena de vida como tradición, costumbre y vía de escape para la expresión de la fe.