Medalla de Oro de Castilla-La Mancha

Félix Grande ha recibido numerosos premios en reconocimiento a su contribución a las letras españolas, entre otros, la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha, otorgada tras la publicación de “La Balada del abuelo Palancas”, un libro que asienta prácticamente todas sus páginas en La Mancha y, en concreto, en Tomelloso (Ciudad Real).

Según confiesa el Poeta, al recibir la distinción de la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha, tenía la sensación de que no era solo él quien estaba recibiendo ese premio sino los personajes fundamentales que hay en ese libro, su padre, su madre, su abuelo sobre todo, es decir, la continuidad de las generaciones a lo largo de sus apellidos, “como si fuese el embajador que iba a recibir unas credenciales en nombre de toda la familia porque lo estaba recibiendo desde lo más profundo del pozo de la sangre de mi gente”, estima.

Por otra parte, continúa, también fue muy grato porque recibía un premio con el que también se había reconocido a personas importantes dentro de la literatura, de las artes y de la política, “gente a la que admiro muchísimo, como Antonio López, un amigo mío de la infancia que es un genio; Pedro Almodóvar, una de las personas más grandes en el cine actual; José Bono, a quien admiro mucho como político; y el acta la había firmado Barreda. Todo esto junto hacía que me sintiera una de las personas más felices del mundo”, subraya.

Heredero de Machado y César Vallejo

Félix Grande, perteneciente a una generación de poetas de la historia de la literatura española que se iniciaron en la década de los 60 continuando con la preocupación social de la década anterior pero aportando una renovación estética a la lírica, no duda en afirmar que uno no es nada más que el resumen de lo que ha conseguido aprender y que, recurriendo a una frase de su gran amigo y maestro Luis Rosales, “el lenguaje, como las emociones, nace en una fuente remota del sentir colectivo”, considerándose así deudor de los grandes escritores que le precedieron, especialmente de Antonio Machado y César Vallejo, y a mayor distancia la lista podría ser innumerable, desde Cervantes a Quevedo, pasando por influencias extranjeras, como Kafka y Dostoievsky, sin olvidar a grandes genios españoles como Federico García Lorca, “poeta centelleante, una sorpresa constante”, apostilla.

En cuanto a Hispanoamérica, no sólo se considera deudor de los grandes maestros de la literatura hispanoamericana, a los que rinde tributo en su libro “Once artistas y un Dios”, sino que tiene una deuda con toda Hispanoamérica, “un continente maravilloso, al mismo tiempo que maldito, al que la historia parece haberlo mirado mal, haciéndoles sufrir a pesar de la riqueza de suelo y subsuelo que tienen”, analiza, exaltando la fraternidad con que somos recibidos que, bajo su punto de vista, reclama mucha más atención de la que le estamos prestando.

Un ser afortunado

A la hora de hacer balance de su vida, aun autodefiniéndose una persona muy apocalíptica, se considera afortunado: “En el fondo he tenido mucha suerte. He encontrado una mujer que me ha salvado la vida y tengo una hija a la que creí que iba a perder en una operación y no fue así. Profesionalmente, desde que empecé a escribir tuve la oportunidad de reeditar mis libros y pronto empecé a recibir premios”, recapitula, destacando de su vida profesional sus 35 años de trabajo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, junto José Antonio Maravall y a Luis rosales, considerando al primero sabio y maestro, y al segundo, uno de los grandes poetas del siglo XX y un gran erudito de la literatura del Siglo de Oro, además de “un hombre bueno, bondadoso y con una gran moral vital”, elogia.

Precisamente, Félix Grande escribió el libro “La calumnia” en defensa de la inocencia de Luis Rosales por haber protegido a Federico García Lorca, un libro que según confiesa le ha producido muchos disgustos: “Yo sabía que podía ser incómodo para mucha gente que antepone la obcecación ideológica a la mirada uno a uno de los seres humanos, pero no me imaginaba cuánto; sin embargo, ahora que sé las amarguras que me ha producido y lo caro que me ha costado, lo volvería a escribir de nuevo”, garantiza.

Un libro inspirado por su abuelo

“La Balada del abuelo Palancas” es un libro de memorias, en el que los protagonistas son los familiares del Poeta y algunos vecinos, pero también lo son “la vida cotidiana de La Mancha en la preguerra, en la Guerra Civil y en la duradera y excesiva posguerra”, define, para añadir que le complace comprobar que a pesar de que algunos protagonistas del libro son el miedo, el hambre, el sino y el sinsentido, “he sido capaz de escribir ese libro sin un solo gramo de resentimiento ni rencor porque la mejor manera de establecer de verdad la memoria histórica es leer aquella desgracia y todo lo sucedido con piedad, con resignación”, considera y confía en que algunos de los sufrimientos de carácter colectivo que se cuentan en ese libro disminuyan y, al ser posible, desaparezcan, expresando su escepticismo en cuanto a su erradicación total.

En cuanto a la génesis de “La balada del abuelo Palancas”, confiesa tener la sensación de que su abuelo se acercó a él cuando más lo necesitaba para poder ayudarlo a envejecer y a aprender a morir: “Yo no era consciente que tener más de 60 años es una cosa difícil, pero obviamente lo es, y, de pronto, llegó mi abuelo con su sonrisa incomparable, su fuerza para vivir y morir y su alegría constante de haber nacido y de darle gracias a la vida y empezó a contagiarme todo eso que yo he contado como un acto de gracias”, explica, manifestando que ese libro es un regalo de su abuelo, a quien considera el primero de sus maestros, sin olvidar las aportaciones de su padre, que también era un hombre pedagógico en el sentido más profundo de la palabra, y de su mujer, quien le ha enseñado la necesidad del perdón, pero “cómo mirar de frente a la vida, cómo comprender que somos seres con la obligación de ser abnegados, disciplinados en el trabajo y en servir a los demás, esto lo he aprendido con mi abuelo, quien a pesar de ser casi analfabeto, tenía un conocimiento de las prioridades emocionales muy profundo, a su manera era un filósofo”, valora.

Los ciclos de la vida, la enseñanza del campo

Es evidente que la cultura rural difiere en muchos aspectos de la urbana y, para Félix, una de las ventajas que tiene la vida del campo es que uno aprecia “cómo la vida se sucede así misma, cómo en otoño las hojas se van cayendo, los árboles se quedan desnudos y los animales no saben dónde morder para alimentarse, pero de pronto, en medio del invierno, nacen criaturas vivas y, tras lo que podría ser el fin del mundo, la vida nace de nuevo y nos damos cuenta de que la vida es un ciclo que se traduce en nuestra existencia en momentos de cansancio, momentos cercanos al fin, e inmediatamente después de la metáfora del fin viene la metáfora del nacimiento y la prueba de la continuidad de las especies”, reflexiona.

Según manifiesta el Poeta, estos ciclos de la vida los aprendió en el campo y para él una verdad inapelable es que todos los seres humanos nacemos llorando, “un llanto que tenemos como patrimonio para toda la vida y que está distraído y, en cierto modo, aliviado por esos ciclos campesinos, esos ciclos de la vida, que se nos muestran año tras año, una y otra vez, con una obstinación maravillosa”, recapacita.

La esperanza ha sucedido a la fatalidad en CLM

En una mirada retrospectiva hacia el pasado, Félix recuerda una Mancha olvidada por el poder central y desdeñada por las altas instancias de la política, “una Mancha en la que la gente sufría estoicamente la inclemencia de la vida”, rememora, para contrastar esas vivencias con un presente en el que hay una gran cantidad de estudiantes en las Universidades, muchas bibliotecas y muy visitadas, en el que se puede llegar a fin de mes y en el que la fatalidad ha sido sustituida por la esperanza.

“Debemos trabajar hacia la justicia”

Si bien es cierto que Félix vivió una época en la que “la pobreza y la dependencia del destino hacía que los seres humanos tuviésemos una especie de humildad cómplice de los esfuerzos cotidianos y una dependencia de la familia y de unas generaciones con otras, a esta época no quisiera que volviera nuestro país nunca, a pesar de que hoy en día existe una ambición por tener en lugar de ser y se están erosionando, en cierto modo, viejos valores que han servido durante años, por lo que buena parte de los jóvenes no saben dónde para pisar firme”, asegura, añadiendo que las comunidades, en momentos de crisis como estos, llegan a un punto que “reconsideran y buscan otra salida, que siempre se encuentra, porque sin unos valores fundamentales es muy difícil que las comunidades y las vidas personales vayan por buen camino”, opina.

A pesar de esta mirada, en cierto modo negativa, sobre la crisis de valores, Félix subraya que uno de los primeros valores de la conciencia es no tolerar la explotación, el desprecio y la humillación, siendo la única manera de luchar contra ello desde la urnas con una política democrática, “de manera que lo que parece en principio sólo material, el Estado de Bienestar, pasa a transformarse en un camino para la búsqueda de la felicidad, lo que ya no es exactamente material, es decir, si lo que queremos es que nuestros hijos y nuestros nietos pertenezcan a una comunidad en donde las perspectivas de alegría sean mayores debemos trabajar hacia la justicia”, establece.

De cualquier forma, para Félix el ser humano se caracteriza por la solidaridad y la fraternidad, “no porque los seres tengamos una dimensión de bondad y de sacrificio, que además también la tenemos, sino por egoísmo, necesitamos ser solidarios porque una vez que se tiene conocimiento del sufrimiento colectivo y uno comprende que ese sufrimiento puede erosionarse, disminuir o, incluso, desaparecer, uno se hace fraternal y solidario vitalmente o políticamente porque ha descubierto que la fraternidad es extraordinariamente útil, es una herramienta egoísta para ser menos infeliz e, incluso, para ser feliz”, reflexiona.

Un futuro optimista

En opinión del Poeta, los pasos que da una comunidad hacia delante de la mano de la cultura le permiten no retroceder nunca, puede haber interrupciones, admite, pero no retrocesos, y si esa cultura que tiene conciencia colectiva se abraza con la libertad, que para él no es un regalo sino un esfuerzo, nos lleva a la conquista de la propia estima, por lo que no duda en afirmar que la cultura es un buen negocio y los gestores deberían saberlo.

Por ello, Félix compara la cultura con la educación, igual que el que ha recibido en la infancia una buena educación es muy difícil que se caiga o que le empujen, la cultura aporta una buena coraza emocional y moral.

Aunque en España llevamos un atraso de cincuenta años en educación, desde que la Institución Libre de Enseñanza y el proyecto educativo pedagógico de la República se abortó, bajo su punto de vista, “en los últimos años hemos recuperado cuarenta y los que faltan los vamos a recuperar en diez años, a lo sumo”, calcula. Todo ello, le lleva a vaticinar un futuro optimista: “Sobre el pasado tan lleno de trabajo, de valores serios, de obstinación y de gente que apretaba los dientes para vivir; y sobre el presente que está lleno de posibilidades, el futuro, cuanto menos, será alegre, ahora nos queda a todos conquistarlo”, concluye Félíx Grande, un poeta lleno de sensibilidad y solidaridad al servicio de las letras, plenamente identificado con Castilla-La Mancha.

Félix Grande, un enamorado del flamenco

La afición del Poeta al flamenco, no sólo como receptor sino también como guitarrista y letrista, se remonta a su infancia en Tomelloso, cuando tenía cinco años ya oía a su padre y a su abuelo cambiar impresiones sobre sus cantaores preferidos, una afición familiar que pronto caló hondo en él, a parte de que “en toda La Mancha hay una afición flamenca que tiene, como mínimo, cien años de edad, quizá esté allí tan asentado el flamenco por ser una comunidad que ha necesitado mucho del consuelo que proporciona el flamenco”, argumenta, para señalar que cualquier conciencia que sufre “busca consuelo y pocos lugares hay donde buscarlo como la música, el amor, la familia y unos cuanto amigos leales”, estima.

En este sentido, para Félix, una de las músicas más capaces de entregar consuelo, tranquilizar y serenar es el flamenco, afirma, mostrando su convencimiento de que, al igual que dijo alguna vez Federico García Lorca en otro contexto, “el flamenco y yo estábamos en predisposición de encontrarnos porque yo lo necesitaba y él estaba esperando a que yo lo llamase para venir a echarme una mano y a ayudarme a cruzar la acera como si estuviese ciego”, asegura. Bajo su punto de vista, Paco de Lucía y Camarón han sido dos criaturas prodigiosas en la historia del cante y, sin duda alguna, dos genios: “A mí no me ha dolido nadie como Camarón, y Paco de Lucía es el guitarrista que más música ha entregado a la historia del flamenco”, afirma tajantemente, para admitir que el precio que pagó por ser amigo de Paco de Lucía fue dejar de tocar la guitarra. En definitiva, para Félix, el flamenco es una de las músicas más estremecedoras del mundo, “uno entra en el palacio del consuelo, de la terapia, del estupor y de la alegría que te da la música”, teoriza.