Ochenta años después de que el Monasterio de Santa María de Ovila, que se levantase a orillas del Tajo, entre Trillo y Ruguilla, en nuestra provincia de Guadalajara, y fuese expatriado a América, se reconstruyó, piedra a piedra, a través de las imágenes proyectadas por quien más las estudió, José Miguel Merino de Cáceres, en la en Madrid.

Son ya cerca de treinta años los que el profesor Merino de Cáceres lleva dedicados al estudio de uno de los monasterios del Cister más significativos de España, y de los escasos con los que contó la provincia de Guadalajara, sé el más significativo.

La historia del monasterio de alarga hasta tocar los siglos XI y XII, y su historia concluye en los turbulentos comienzos de la década de 1930, cuando el interés por este tipo de monumentos no estaba a la altura de lo que al día de hoy se considera. Como señaló en el transcurso de su charla documental Merino de Cáceres, autor de varios estudios sobre Ovila y, como arquitecto, de los proyectos de reconstrucción de la sala capitular de Ovila en la abadía de New Clarvoux, en California, a donde llegó tras un largo proceso de ires y venires de aquellas históricas piedras, que se inició con la compra del monasterio por parte del arquitecto Arthur Byne, para que este terminase en manos del magnate de la prensa americana Randolph Hearts, el famoso “Ciudadano Kane” de la película de Orson Wells.

Merino de Cáceres ya basó su tesis doctoral en la expatriación e historia de este monumento desaparecido de nuestra provincia, y se ha convertido ahora, años después de aquello, en un colaborador necesario para que las piedras de Ovila vuelvan a ser admiradas, en esta ocasión por los americanos.

A través de imágenes de la época, Merino de Cáceres fue reseñando los pasos que llevaron al monasterio a terminar en manos de Hearts, haciendo una breve historia a través del medievo, hasta llegar al momento en el que, tras la airada protesta de quien más tarde se convirtiese en cronista provincial, Francisco Layna Serrano, fuese catalogado como Monumento Nacional, en los inicios de la II República, y cuando ya el monasterio estaba camino del San Francisco Americano.

Merino de Cáceres, autor de uno de los más conocidos libros sobre el monasterio, “Ovila, 75 años después del exilio”, editado por Editores del Henares, de Guadalajara, fue detallando, paso a paso y con la puntualidad de las imágenes proyectadas, lo que ha sido el largo proceso de reconstrucción de parte del monasterio alcarreño, en un largo camino que ya va para más de doce años.

Ovila, el monasterio que se levantó a orillas del Tajo, no volverá a verse en aquellos pagos, los cotos de Trillo o Ruguilla, si bien, y dentro de lo malo, sus piedras volverán a ser parte de la historia, aunque sea en una abadía cisterciense de California.

Algo quedó claro en la tarde del martes, que a pesar de la ruina en la que se vio sumido el entorno en el que se levantó, catalogado como Monumento, o Bien de Interés Cultural, dicho entorno, en el que todavía se mantiene la parte que no se expatrió, principalmente la que se levantó en los siglos XVI-XVII, permanece sumida en el absoluto abandono cuando “con muy poco dinero, y con una pequeña limpieza de hierbas y escombros”, pudiera hacerse visitable.

El acto, que contó con la presencia del editor de la obra de Merino de Cáceres, Angel de Juan, así como del prologista, José Luis García de Paz, levantó la admiración de los asistentes al acto, puesto que, a pesar de todo, y tras años de abandono, se tiene la constancia de que, en un lugar de América, estará presente el nombre de Guadalajara, aunque sea a través de una historia turbulenta.