Dejamos a presentando su dimisión para regresar en busca de su amo. En el camino, después de saltar el capítulo LV, fue a perder el equilibrio para caerse a una cueva. No estaba herido, que ya era bastante, tampoco su burro, que casi hubiera sido peor, y pensó en preparar la muerte por hambre, porque nadie lo iba a encontrar en semejante oscuridad. El burro se lamentaba aún más que él. No había más remedio que gritar para esperar un milagro. Y buscó caminos de salida, la luz, rompió piedras, siguió arañando la tierra para abrir espacio por donde pasar su rucio. Y la casualidad se hizo causalidad, o viceversa, porque Don Quijote caminaba por esos parajes cuando escuchó una voz conocida y rebuznos familiares. Y se hizo el milagro. Era Sancho pidiendo ayuda desde el fondo de la tierra. El gobernador de una ínsula falaz, cuyo mandato duró menos de dos semanas, era izado para alcanzar el mundo de los vivos, para abandonar la desdicha de su encierro y gobierno. En el castillo de los duques, sus traicioneros amigos de conveniencia, tomaron asiento y comida para recuperar fuerzas, que su amo necesitaría para defender honores de damas ofendidas. El lacayo Tosilos, tapado y armado, debería oponerse al Ingenioso Hidalgo en el Juicio de Dios, pendientes de una apuesta: Si perdía el duelo, debería casarse con la hija de Doña Rodríguez. Pero era una lucha trucada, el lacayo debía evitar herir al Caballero de la Triste Figura, ese pobre diablo absolutamente desquiciado. La señal esperaba, Don Quijote encomendaba su vida a Doña Dulcinea del Toboso, la dueña de su amor. Pero el lacayo no temía perder, en realidad le daba igual, porque deseaba casarse con la hija de Doña Rodríguez. Por eso evitó el embiste de caballos y lanzas para descubrirse ante la moza, que se quejó amargamente de la suplantación, porque no era el que esperaba. Sin embargo, tras una corta y ágil reflexión, pensó que era mejor ser mujer de lacayo que abandonada por un imposible.

Don Quijote, acompañado por su inseparable Sancho, que guardaba dinero y dejaba amor atormentado no correspondido, salió del castillo por el capítulo LVII, para proseguir su camino en busca de aventuras, que habrían de llegar tarde o temprano, pero con cuernos, porque Don Quijote tuvo la osadía de interrumpir el paso de una ganadería brava encauzada por vaqueros, lo que les llevó al suelo con revolcón y suerte, porque no tuvieron lesiones, aunque suficiente enojo como para maldecir su mala fortuna por no poder pelear como caballero andante con semejante tropel de bestias y malandrines. Poco tardaron en limpiarse el polvo de tremendo atropello en una plácida fuente, donde pudieron comer y descansar, al menos Sancho, porque su amo sucumbió a la mayor de las depresiones con manifestado deseo de morir, y para ello debía iniciar un ayuno, huelga de hambre de las de entonces, sin embargo, su fiel escudero lo convenció de lo contrario y consiguió que comiera algo, no mucho, suficiente. Después del descanso, prosiguieron camino por tierras aragonesas hasta alcanzar una venta donde buscar cobijo y pollos, que no había, pero tomaron aposento en estancia poco aislada, porque Don Quijote alzó la cabeza al escuchar, a través de las paredes, que otros huéspedes hablaban de él. Entabló ciega y retadora conversación con aquellos desconocidos, asombrados por la inopinada presencia de los protagonistas de una historia que leían y escuchaban, y cenaron todos juntos. La charla cambió los planes de Don Quijote, que decidió no pisar Zaragoza, donde tantas mentiras sobre él se decían, para encaminarse a Barcelona. En medio del trecho pararon para descansar y Sancho cerró los ojos para soñar distinto que su amo, perdido en delirios y obsesionado con azotar al escudero, deuda pendiente desde que dudó sobre la bondad y hermosura de Doña Dulcinea. Y a punto estuvo de conseguirlo, si Sancho no hubiera abierto los ojos a tiempo para defenderse atacando para inmovilizar a su agresor contra el suelo, ejercicio de legítima defensa ante una acometida injusta. Don Quijote no daba crédito a tamaña osadía, pero su escudero explicaba las razones de tal comportamiento, que interrumpió cuando prometió no seguir en la pendencia de los azotes, y era la noche. Al moverse, Sancho rozó con la cabeza algo que no eran las ramas de los árboles, más bien pudieran ser pies, y se asustó. Cuando se hizo el día contemplaron lo que colgaba de esas ramas: bandoleros ahorcados. No tardaron en sobreponerse a la sorpresa, ya que un grupo de forajidos hablando en catalán los rodearon. Sancho evitó el expolio porque llevaba el dinero metido casi en sus carnes. El jefe de los bandidos habló a un Don Quijote en horas bajas para consolar su autocompasión y tristeza. Llegando al capítulo LXI, Roque, el jefe de los bandidos, tuvo a bien redactar una carta de aviso para un amigo de Barcelona, que habría de recibir con aprecio a Don Quijote de La Mancha. Varios días compartiendo vida y viandas con bandidos que más bien parecían caballeros, hasta que tomaron ruta a Barcelona, acompañados de Roque, hasta tomar vistas al mar, donde los despidió con el cariño propio de colegas en la aventura. Y ahora, absortos por la inmensidad de las aguas, podían recrear sus ojos con barcos y navegantes, espectáculo nuevo para hombres de la meseta, de la tierra seca, de La Mancha.