El Mediterráneo era inmenso, mucho más que Las Lagunas de Ruidera. En se escuchaban infinitos ruidos, algarabía, gentes, bullicio y mucho gentío. Quienes esperaban su llegada agasajaron a Don Quijote y Sancho, arropándolos para entrar en la gran ciudad. La calle repleta impedía el fluir rápido de la comitiva, que se vio trastornada por culpa de unos chavales que manipularon las pudendas traseras de Rocinante y el rucio, lo que hizo rodar por el suelo a quienes sobre sus lomos viajaban. Tremenda vergüenza para un caballero andante, ese ídolo en plena recepción, un modo ciertamente original de entrar en la gran ciudad del conde. Llegaron a casa de su anfitrión -perversa palabra para quién bien recibe en su morada, pues el tal Anfitrión cedió los favores sexuales de su esposa al dios de los griegos, algo que no es precisamente bien visto en nuestra cultura, aunque busquemos nuestra génesis en esos tiempos-. Y en esa guisa, huésped de Don Antonio Moreno, entrando en el capítulo LXII, quedó nuestro Ingenioso Hidalgo. Fueron días de asueto, privilegio, bien yantar, aprecio, unas vacaciones en la costa que jamás hubiera podido imaginar, por supuesto, Sancho. Visitaron ciudad, imprenta y barcos, donde tomaron conocimiento directo con la pendencia que existía frente a la Berbería, tierra donde Argel enseñoreaba la mitad del mar. El capítulo LXIV dará a Don Quijote la oportunidad de contender frente a un igual, El Caballero de la Blanca Luna, que no tuvo más que retarlo poniendo en duda la sin par belleza de Dulcinea. Nada sabía de semejante personaje, que lo sorprendió, pero aceptó el duelo y tomaron posiciones para enfrentar sus lanzas, y ambos caballos iniciaron la cabalgada. Rocinante más lento y flojo, aguantó el empellón y cayó al suelo con su amo encima. El tal caballero pareció evitar herir al hidalgo y colocó su lanza sobre un abatido andante de La Mancha, al que ordenó rendición o muerte. Don Quijote se dejaba matar sin desdecir un momento la belleza de Dulcinea. Su vencedor aceptó la respuesta y dispuso que se marchara un año hasta su tierra, de donde había salido hacía tiempo ya, que dejara las andanzas armadas y volviera en paz. El vencido, acongojado, respondió afirmativamente, pues no dañaba en nada el honor de su amada, por cierto, aún por desencantar. No hubo lesión física, pero si en la honra, pues mancillado dejó a un caballero andante destrozado en su autoestima, que quiso consolar un escudero con bello corazón. No muy lejos de los aposentos reservados al hidalgo, a Don Antonio se sinceró el Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que el Bachiller Sansón Carrasco, que también fue El Caballero de Los Espejos, paisano del Don Quijote, cuya misión era hacerle regresar a casa, porque sus alucinaciones lo llevaban a mal fin.

Sancho hacía lo que mejor sabía, hablar a su amo con el cariño infinito de una eterna lealtad, y consolaba una desdicha enfundada en aquel cuerpo marchito tirado en el camastro, que aceptaba un desarme anual del que debería regresar. Un caballero andante nunca deja de serlo, y no estaba dispuesto a rendirse y abandonar el sino que había señalado la providencia. Y Don Quijote, con su fiel Sancho, abandonó Barcelona, corrido y desarmado para entrar en el capítulo LXVI y cumplir su promesa en la tierra de donde nunca debió salir, como así pensaba Sancho y todos los que bien lo querían. El camino de regreso más parecía una moviola, porque surcaba por senderos andados, cruzaba las mismas lomas y con las mismas gentes topaba, hasta las tierras del Duque, el que tanto se burló de su demencia, con sus lacayos, uno de los cuales simuló ser contrincante armado, esposado con su amada a falta del titular. Y El Quijote de La Mancha imaginaba su año sin armas, cuidando ovejas, pastor enclaustrado en campos cercanos, anhelando viajes y luchas para defender desfavorecidos esperando al caballero andante, el redentor de afligidos por la maldad de los caminos, honores mancillados implorando justicia, doncellas pendientes de defender, y enaltecer hasta el paroxismo la dignidad y hermosura de su Dulcinea, la del Toboso.

Cuando descansaban al raso, sobre el capítulo LXVIII, el ahora cabrero, como así se consideraba, contempló el sosiego de un Sancho dormido como lirón, porque velaba los sueños ajenos cuando no podía dormir. En esa postura decidió debía seguir realizando el sortilegio para desencantar a Dulcinea, por eso no tenía más que azotar al escudero en paz. Pero lejos de sorprenderlo de nuevo, y que terminó en pendencia injusta, el hidalgo lo despertó para concertar un castigo que obligaba la necesidad, sin embargo Sancho no estaba para azotes, ni siquiera para desmontar una maldición. Y en eso estaban cuando los arrolló un tropel de cerdos. Lejos de arremeter contra tamaña afrenta, el hidalgo venido a cabrero aceptó su mala suerte como castigo a sumar en el debe de su condena. Nada más componerse, al hacerse el día, fueron secuestrados por un grupo de hombres armados que los llevaron al castillo del Duque, que les tenía preparada una ceremonia más para el divertimento colectivo, una especie de entierro satánico, plagado de fuego y luto, ante lo que Don Quijote, sumido en una sin par depresión, aceptaba con resignación las escenas que ponían delante, donde Sancho, elegido por fuerza y disfrazado de lo que quisieron vestirlo, participaba con reniego hasta que se descubrió la farsa, cuando se alcanzaba el capítulo LXX.