Basilio, con su esposa y séquito, abandonó el convite de Camacho, y con él, también se marchó Don Quijote, al que siguió Sancho, con todo el dolor del alma, pues dejó de yantar semejantes viandas que le ofrecían, y surcó senderos hasta el capítulo XXII, cuando el Ingenioso Hidalgo vio reconocida su buena labor por parte de Basilio y presentes, al que agasajaron antes de partir hacia la Cueva de Montesinos, la que pretendía invadir y llegar hasta sus entrañas. Y así fue, porque se quedó dentro, aunque dormido, y fue el tiempo de mayor anestesia disfrutado, como así se lamentó cuando lo despertaron pensando que le había pasado algo malo. No le había sucedido nada más que un sueño hermoso, una aventura sin parangón, que se mostró ante sus ojos perdidos en la profundidad de una mente enferma dibujando personas con las que hablar y cosas con las que rememorar instantes aderezados de anhelos y frustraciones.

Pasado el capítulo XXVI, en una venta, toparon con personajes singulares, entre ellos un titiritero que les mostró su habilidad. Tan en la historia entró el hidalgo que arremetió contra los muñecos con su espada, porque moros le parecían y debía defender la cristiandad como buen caballero andante que era. Sin embargo, recuperada la cordura, comprendió el error y pagó los destrozos para marcharse en buena hora hacia Zaragoza. Antes de llegar se encontró un grupo de hombres armados, a los que se acercó y despertó su atención con un relato de los suyos. Sancho, que se notaba atendido por la audiencia reposada, prosiguió el cuento hasta que rebuznó con fuerza, gesto que uno de ellos entendió como burla y propició que lo golpeara. Don Quijote, viendo a su escudero aturdido y en suelo, atacó al agresor, pero lo que pasó es que resultó apedreado con fruición por un grupo numeroso de hombres armados, algo que podría calificarse de lesiones o de homicidio intentado, pero que no culminó por la fuga del hidalgo, al que siguió Sancho por la acción y, después, omisión de los agresores, esperando batalla con sus oponentes del otro pueblo, ajenos a pendencias de terceros recién conocidos, como era el Caballero de la Triste Figura y su escudero que, a duras penas, y con el interés de su rucio, galopaba tras Rocinante sin mirar atrás hasta que lo alcanzó y se dejó caer delante de su amo, que le reprochó un rebuzno tan extemporáneo. Siguieron camino, no sin dejar de escucharse lamentos de Sancho que, dolorido por el golpe, manifestaba reiteradamente su mal, mientras pasaban al capítulo XXVIII quejándose del sueldo y con nostalgia de casa y familia, al tiempo que su amo seguía conversando con y contra él.

Y vieron el río Ebro. Sobre sus aguas una pequeña barca, y las alucinaciones de Don Quijote tomaron forma para perderse en ellas, hasta el punto de que embarcaron con la soltura de navegantes avezados en travesías imposibles de mares que hay al final del mundo. Las corrientes que deberían alejarlos de España, simplemente, los llevaban directos a un molino, algo que no pasó desapercibido para los molineros, que maniobraban con aspavientos para darles aviso. Don Quijote los creyó enemigos y amenazó con la espada en ristre, al tiempo que los de la harina sujetaban la barca con palos para evitar que fuera engullida por la rueda. Provocaron la zozobra que salvó a los intrépidos navegantes, pero la barca resultó destrozada, como así comprobaron sus propietarios, que corrieron hasta el lugar persiguiendo a los ladrones hasta alcanzarlos con malas ideas. Don Quijote, asombrando como siempre, pagó los daños, lo que sirvió para que los dejaran en paz, pues una somanta de palos estaba garantizada. Recuperaron caballerías y sentido para apartarse del río y encontrar una partida de caza con rapaces. Sancho se mostró como intermediario del Caballero de Los Leones, su amo, ante una cazadora que dijo conocer la existencia impresa de un Caballero de la Triste Figura y Doña Dulcinea del Toboso. La Duquesa le mandó llamar para ser recibido por su esposo. Y así fue como Don Quijote se acercó para desmontar, pero las cinchas, el estribo, Sancho Panza y la mala suerte dieron con él en el suelo, lo que significó una retahíla de maldiciones a un escudero torpón, que se defendió con soltura delante de una mujer tan especial, no sin reconocer que Doña Dulcinea también era de sin par hermosura. Y fueron aceptados como señores en la casa de los duques y jamás tan bien tratados, aunque el eclesiástico presente en la cena comprobó la demencia evidente y se encaró con Don Quijote, al que provocó sin mesura. El Caballero de Los Leones, como así lo era en ese momento, se levantó para contestar, no sin antes aclarar que en presencia tan digna no osaría sobrepasar las buenas formas y recurrir a más arma que la lengua. Las locuras aparentes del escudero y su amo regocijaban el ánimo de los duques, que no paraban de reír, incluso cuando se marchó el clérigo escandalizado por tamañas majaderías. Aquella conversación tan singular, secundada por quienes estaban ciertos de que Don Quijote estaba loco, prosiguió con soltura hasta el capítulo XXXIV. Sancho se hace protagonista y demuestra su ingenio entre gente principal, que le siguen en sus dicharacheras ocurrencias provocando la risa y el entretenimiento perfecto para veladas plenas de relajante sosiego, parada y fonda de aventuras varias que han de acontecer.