Invitados a una cacería de jabalíes, Don Quijote rehusó la vestimenta, pero no así Sancho, que se vistió de verde para no desentonar, salieron con los duques y demás séquito para el monte cuando principiaba el capítulo XXXIV. Una embestida del mayor jabalí posible hizo saltar a Sancho sobre una encina, que no aguantó su peso. Una situación cómica, sino fuera por el terror que sintió el escudero cuando vio acercarse a la fiera, que murió antes de llegar hasta la rama donde pendía su esqueleto. A la caza siguió viandas y conversación, que aderezaba Sancho con refranes suficientes como para sacar de quicio a Don Quijote. Cuando descansaban plácidamente surgieron trompetas y personajes inventados a la medida del hidalgo, al que trataban de engañar simulando apariciones y encantamientos, y por eso se hizo visible El Diablo que juraba en Dios, algo que pareció bien a Sancho, que pensó debía ser un demonio bueno y respetuoso. Semejante aparición se dirigió al Caballero de Los Leones diciendo que lo buscaba por cuenta del caballero Montesinos y venía con la misión de desencantar a del Toboso. Cuando se hizo la noche un torbellino de luces y sonidos rodeaban su entorno y siguió una procesión de personajes mágicos que les hizo pasar, entre asombros y desmayos, hasta el capítulo XXXV.

Acompañado del mago Merlín y un séquito variopinto, se quitó el velo la que parecía ser Dulcinea, o así le hicieron pensar y pensó Don Quijote, mientras Sancho estaba dispuesto a aceptar los azotes precisos para contentar a su amo y congraciarse con los magos para desencantar a la señora del Toboso, así como para conseguir ser gobernador. Un capítulo de mil engaños protagonizados por los empleados del Duque, que hicieron pasar a la concurrencia unas horas de insano divertimento a costa de un desequilibrado al que acompañaba un paleto como escudero. Y se relatan los capítulos subsiguientes, donde aparece el escudero Trifaldín, al servicio de la Condesa Trifaldi, encargado de hacer llegar una carta a la esposa del recién nombrado gobernador de una ínsula prometida. Y las mentiras prosiguen hasta el colmo de lo posible o probable, o de lo imposible o improbable. Don Quijote y Sancho creen subir al cielo y bajar para contar lo que vieron, a pesar de llevar los ojos vendados, una artimañaza teatral bien pergeñada por una aglomeración de actores bien orquestados por el Duque y la Duquesa, que pasaban los días entretenidos con unos pobres diablos, que se despedían con lágrimas cuando Sancho emprendía su marcha para hacerse cargo de su ínsula abandonando a su amo, que le aconsejaba la manera de hacer el mejor de los gobiernos, incluso con documentos escritos para no olvidarlos. Y de ese modo fueron saltando por capítulos, hasta alcanzar el XLIV, donde Sancho dejó en soledad al Ingenioso Hidalgo que, ya en el castillo donde habitaba, después de despedirse en la cena de la Duquesa, quedó afligido por la ausencia y desorientado por las muestras clandestinas de amor de una doncella, o al menos eso le parecía, aunque él solamente tenía una dueña, y esa era Doña Dulcinea.

Y es en el capítulo XLVI cuando Don Quijote es nuevamente agredido y lesionado, pero no por humano alguno, sino por un gato azuzado por el personal del castillo, de lo que serán responsables, por inducción, los duques. Y nuestro hidalgo imaginaba un demonio que le agredía y del que se defendía con la espada, como podía, negando la ayuda que llegó como consecuencia de sus gritos de dolor y rabia en plena pendencia con los malignos. El duque le arrancó el gato de la cara y liberó su nariz de la presa de unas uñas asustadas. Y se quedó de nuevo acostado. Más tarde, una vez visitado y asustado, como asustada, por Doña Rodríguez, que le contó su vida en un rato, desconocidos y a oscuras, tras azotar a la mujer, fueron a por él para pellizcarle y golpearle para dejarlo aturdido por la sorpresa y el dolor. Otra nueva agresión traicionera con resultado de lesiones, y esta vez si eran humanos, y no un maligno convertido en gato. Y esos ocultos agresores habían sido la Duquesa y su criada, enfurecidas por los chismes que manaron de Doña Rodríguez, a la que habían estado escuchando tras la puerta. Don Quijote, alejado de su escudero, ahora gobernador, le escribió para conocer de su vida. Su escudero, Sancho, gobernador de una ínsula, le contestó, pero también la Duquesa escribió a la mujer de Sancho, que le contestó, y también escribió a su esposo, el gobernador de la ínsula, Don Sancho, que dejó de serlo para regresar al castillo del Duque, que estaba en otras cuitas buscando un lacayo para enfrentarse a Don Quijote, que lo había retado por el honor de Doña Rodríguez y su hija, al que acudieron buscando venganza por una afrenta grave. Un despropósito a la medida del Caballero de Los Leones, antes de la Triste Figura. Pero el que había hecho la afrenta no estaba, y por eso los duques buscaban un sustituto para el combate. Y de esa guisa llegaron al capítulo LIV. Sancho protagoniza su historia en la ínsula alejado de su amo, tiene autonomía, como pocas veces en la biografía del Ingenioso Hidalgo, y no sale bien, porque es un buen y pobre hombre de La Mancha, no sabe gobernar, ni falta que le hacía. Su rucio, su amo y su familia deberían ser suficientes para gobernar su propia existencia.