Al finalizar la primera parte, allá por el capítulo LII, dejamos a Don Quijote lamiendo heridas, cuidado por el ama y sobrina, procurándole comida que le hiciera bien para el cuerpo y la mente, ciertamente trastornada por mucha literatura de caballería andante, buscando el modo de alejarlo del entorno para despejarse de tanta aventura vivida con su vecino Don Sancho, también cansado y maltrecho. Sus amigos no quieren visitarlo para evitar reverdecer las recientes disputas cuando pudiera tener la posibilidad de contemplar sus rostros conocidos.

Y el autor, después de prologar lo que tiene pensado ofrecer y sus quejas sobre el entorno social en donde habita, inicia la segunda parte como terminó la primera: dejando en paz al Ingenioso Hidalgo para intentar que olvide todo lo que le atormenta. Por eso el Cura y el Barbero no pasaron a verlo en un mes, pero, por fin, lo hicieron, con la esperanza de que hubiera olvidado delirios y complejos. Sin embargo, tras una corta y esperanzadora conversación, Don Quijote mostró la realidad de las cosas, de las que no estaba dispuesto a renunciar, y a menos que se lo impidan, que será difícil, regresará a la mal andante caballería, como maldecía su sobrina. De ese modo, en cuanto tenga fuerzas, principiará su tercera salida en busca de aventura para deshacer entuertos donde los encontrare y pudiere. Y acabando el capítulo VII fue a visitarlo Sancho, al que recibió con júbilo y preparó para la partida, mientras en Bachiller Sansón Carrasco trataría de impedirlo, pero no tuvo fuerza para tal menester, y abrió paso, guardando una treta para después.

Al Toboso, esa era su empresa viajera, visitar a Doña Dulcinea, su destino, pero Sancho no sabía cómo encontrarla, por dónde ir para buscarla, ni siquiera cómo era para poder reconocerla. Y a media noche entraron en la ciudad para llegar al palacio de Dulcinea, donde lo hubiera, porque no tenía modo de conocerlo, porque no existía. Recorrían calles sin rumbo en plena oscuridad, mientras Sancho trataba de persuadir a su amo de que mejor sería salir del lugar, pero no podía, hasta que logró sacarlo al bosque y esperar no sabía qué, porque lo engañaba en cada frase. Y la mentira siguió para llevarlo frente a tres mujeres en montura borrica, y los acontecimientos fueron sucediéndose hasta llegar al capítulo XIV, en plena cháchara con el Caballero del Bosque, que fue enconándose hasta perder la compostura, más aún cuando menospreció a la que llamaban Dulcinea, de la que dijo no era más que una aldeana soez y baja. En ese punto, Don Quijote blandió su espada retando al oponente, que sosegó el mensaje y calmó la situación para seguir en paz la noche. Todo se confunde, nada se parece a la realidad, porque el Bachiller Sansón Carrasco, después de dejarlo ir, simuló ser otro caballero andante, el Caballero de los Espejos, el Caballero del Bosque, para retar y vencer al de la Triste Figura, y una vez rendido, cumplir con la orden de volver a casa, como así lo habían planeado el Cura y el Barbero. Pero no venció, sino que fue vencido y obedeció los mandatos de su vencedor aceptando cuanto se dijera en alabanza de Doña Dulcinea.

Finalizada la cuestión, emprendieron camino a Zaragoza, para lo que debían saltar al capítulo XVI, mientras nuestro hidalgo se regocijaba de la victoria reciente ante un caballero armado, y no el Bachiller Sansón Carrasco, como no hacía más que informar su escudero Sancho. En esa plática iban cuando los alcanzó otro caballero montado en yegua tordilla, a la que no quería juntar con ese desconocido Rocinante que, según dijo el escudero, daba garantías de pudor y recato ante semejante alazán. El nuevo caballero, después de escuchar la sarta de historias increíbles del que dijo ser El de la Triste Figura, al que creyó un desequilibrado, se identificó como don Diego de Miranda, el del Verde Gabán, que, tras atender otra parrafada de su reciente acompañante, reconsideró sus dudas hasta que lo escuchó gritarle a Sancho pidiéndole cobertura para afrontar otra desatinada aventura, que dará paso al capítulo XVII de esta segunda parte. El del Verde Gabán no hacía más que buscar el destino de la pendencia, pero solamente vio venir un carro con banderas. Don Quijote se caló el yelmo cargado de requesón, que Sancho había comprado a unos pastores y no tuvo tiempo de sacar. Los sesos, o eso parecían, salían por ambos lados y el hidalgo pedía un trapo para secar lo que podría ser, también, sudor, y no de miedo, porque no lo conocía. En el carro iban leones y fueron libres, pero no salieron, ignoraron al caballero andante, que los retaba, y decidió perdonar por quedarse en la jaula. Los demás huían ante lo que pudo ser y no fue. De ese modo llegaron a la aldea de don Diego, el Caballero del Verde Gabán. Pero debían seguir el camino sobre capítulos subsiguientes, hasta llegar al XX, cuando, cabalgando entre matojos, vieron un novillo empezando a ser comida. Los aromas iban seguidos de miradas de envidia y hambre, que habrían de saciar gracias al rico Camacho.

Y han de terminar estas líneas sin agresión evidente. Don Quijote de la Mancha, al menos por el momento, no ha de ser víctima de delitos, solamente será Basilio, pero de mentira, el que sufrirá una estocada para ganarse el corazón de Quiteria que, engañada, aceptó ser su esposa en espera de ser viuda.