Cuando Miguel de Cervantes publicó la primera parte del , allá por 1605, la Feria de Albacete se desarrollaba en los parajes de Los Llanos, donde ahora está la finca, primer convento franciscano que el Marqués de Salamanca, mucho después, decidió quedarse para cazar cuando a bien lo tuviera, circunstancia que propició el empujón hacia la modernidad de una ciudad agrícola, porque para venir a su finca de caza era muy importante el tren. Y así fue, el Marqués de Salamanca proporcionó una línea de ferrocarril que cambió el futuro, hasta el punto que se nos llamó Nueva York de La Mancha, y fue Azorín, que despertó de madrugada en un vagón parado antes de llegar a la estación, justo delante de la fábrica de harinas San Francisco, y contempló deslumbrado un edificio refulgiendo de luz artificial. Curiosamente, Azorín nunca pisó Albacete. Pero Don Quijote hubiera pisado esa campa si por estas tierras su Rocinante lo llevara. Tras él, como siempre, habría cabalgado su escudero Sancho, despotricando del terreno, cenagoso, plagado de mosquitos. Lo más probable es que alguien habría tratado de venderle un más brioso corcel que Rocinante, pero nunca más atento y disciplinado. El burro, seguro que también, pero Sancho jamás hubiera consentido separarse de él.

En los primeros años del siglo XVII, La Santa Hermandad, justiciera de caminos, habría protegido el territorio de bandidos, aunque sus mangas verdes llegaban tarde en muchas ocasiones. Y los habitantes de la ciudad, con los franciscanos, enaltecían a la Virgen de Los Llanos, la patrona, como desde entonces y siempre ha sido, incluso cuando la presión laicista nos orienta al abandono de todo lo que hasta ahora ha sido.

No es complicado suponer la reacción del Caballero de la Triste Figura en estos años del siglo XXI, durante el paseo a caballo por el cuarto anillo del ferial, especialmente al contemplar como se mueve esa enorme noria, o los sonidos que emanan de cualquier rincón, estruendos a prueba de tímpanos acostumbrados al campo, como nuestros abuelos, en tiempos más cercanos, cuando venían a comprar los utensilios de la trilla o siega. La Santa Hermandad hubiera sido fulminante para los pillos de la feria. No estarían, y de estarlo, sería en galeras. Sus miembros tenían capacidad de juzgar y castigar con la eficacia de una decisión rápida y ejemplar.

Nuestro caballero andante no podría conversar, porque el sonido ambiental no autoriza la menor reflexión reposada. Y es eso, precisamente, entre otras cosas, lo que se entiende por una feria, no como hace años, cuando se miraba la dentadura de una caballería, cuando se compraba un trago de agua del botijo, es otra cosa, es la algarabía, el bullicio, la confusión organizada para distraernos y pasarlo bien, la mezcla de todo y todos para sentirnos acompañados por un tropel de seres que compiten por el espacio y se acomodan, que buscan mil formas de disfrutar en una aventura colectiva que hace mucho bien. Porque la feria nació para mercadear y progresar, algo tan material y digno como cualquier otra inspiración de los sentimientos. Aficiones, afecciones y despropósitos compartidos que sirven a todos los intereses, incluso al delito, con el que hay que pelear, y ya no está la Santa Hermandad, ni los galeotes o las galeras.

Tabernas, muchas, vino, el mejor, mucho más que cuando el Ingenioso Hidalgo visitaba las ventas esparcidas por media España, donde le daban de todo, menos las gracias, mofándose de sus histriónicas explicaciones de caballería, referencia vital de un hombre desorientado y equivocado de tiempo. Y nunca podría ubicarse en el nuestro, el de ahora, el que nos ofrece todo tipo de medios para defraudar, donde la palabra no es nada, y si lo es, es para engañar, donde importa el dinero, o quién lo entrega para que importen otras cosas, que no son verdad, donde quienes deben promocionar lo bueno, bonito y barato, bajo el imperativo oculto de la traición, ofertan lo malo, aparente y costoso.

Si ya en su tiempo Don Quijote podía malvivir, ahora sería completamente imposible. Lo más probable es que Sancho tuviera mayor éxito, porque se hubiera adaptado adecuadamente a estos nuevos modos de supervivencia, donde esas llamadas neo castas sociales dirigen nuestra existencia y sentimientos, determinan lo que debemos pensar, decir, comer y soñar.

El Marqués de Salamanca nos trajo la modernidad y nos separó de Don Quijote. En realidad siempre estuvimos lejos del hidalgo, pues no es sencillo encontrar gentes lo suficientemente generosas como para enaltecerlas. Muchas de nuestras calles y plazas, como canciones y versos, aluden a guerra, tiranía, traición, mentiras y mitos de quienes nos quieren escribir la historia que hemos tenido la suerte de contemplar. Afortunadamente quedan quijotes, a los que no se recuerda, que no tienen espacio en la memoria colectiva. Y, además de todo eso, está la feria, un compendio de todo para todos con la sana intención de hacer olvidar todo lo que otros intentarán que nunca olvidemos. Nuestra feria nació oficialmente hace casi trescientos años. Incluso, durante bastante tiempo hubo dos ferias, que confluyeron en la actual después de derrotar a los franciscanos, otra guerra bien desconocida.