En Almodóvar del Campo se perderían un tiempo, lejos de la Santa Hermandad. Y en el camino pararon a dormir entre dos peñas, no sin antes agradecer la torpeza de los galeotes, que olvidaron despojarles de la despensa. Pero también fue mala suerte hacerlo muy cerca de donde Ginés había buscado refugio. El galeote liberado decidió llevarse el jumento de Sancho. Rocinante no valía nada.

En este caso, como en muchos otros, la víctima es Sancho, pero también su amo. Y gritaba de dolor cuando salió la aurora. Habían hurtado a su rucio. Don se despertó con los llantos de su escudero que decía: “-¡Oh hijo de mis entrañas, nacido de mi mesma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas, y, finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque con veintiséis maravedís que ganabas cada día mediaba yo mi despensa! “. Verdadera demostración de amor por algo tan importante. Abigeato castigado severamente, no como en nuestros tiempos.

La suerte les iba cambiando porque, aún afectados por la falta del rocín, encontraron una maleta con escudos, más de cien, un regalo del cielo, que Sancho se aprestó a guardar. Dentro de la maleta iba un librillo, que leyó para entender que su dueño era un despechado de amores. Y no tardaron en ver una figura entre las rocas, que podría ser el sujeto herido que escribió aquellas letras.

Este comportamiento no deja de ser delito de apropiación indebida, según nuestro actual Código Penal, pero Don Quijote no estaba dispuesto a perpetrar tal infracción y decidió localizar al personaje para devolverle sus pertenencias, con la resignación de un Sancho receloso de su suerte. Y encontraron a El Roto de la Mala Figura, como podía decir Sancho, o El Caballero del Bosque, como le dio en llamar Don Quijote. Después de comer, Cardenio, que era sí como dijo se llamaba, relató la historia de su infortunio, mientras saltaban al capítulo XXIV.

La historia de Cardenio discurrió con calma hasta que desacreditó a la reina Madásima. Don Quijote, indignado, lo llamó mentiroso y bellaco. No podía consentir semejante insulto a una muy principal señora. Ante semejante ofensa, El Caballero del Bosque golpeó al hidalgo con una piedra en el pecho. Cuando Sancho saltó en defensa de su amo recibió una puñada que lo tiró de espaldas. Y así se marchó Cardenio dejándolos doloridos. Una agresión con categoría de falta, ya que no consta se produjeran lesiones. Sin embargo, El Caballero de la Triste Figura seguirá el rastro del Caballero del Bosque, no para pedirle explicaciones por su afrenta, sino para que le termine de contar su historia. Y en esa búsqueda alcanzaron el capítulo XXV.

Y al tiempo que se adentraban por las montañas, Sancho trataba de hablar con su amo, que no le correspondía, lo que le hacían sentirse como un animal. Tanto se lamentaba de semejante desprecio que no tuvo más que pedirle licencia para abandonarlo y regresar a su casa, con su mujer e hijos, que lo extrañaban, seguro, y con ellos podría platicar. Ya estaba bien de aventuras, que no eran más que desgracias, coces, ladrillazos, manteamientos y puñadas.

Las quejas lograron su objetivo y Don Quijote comenzó a charlar con su escudero explicándole lo que buscaba entre esas montañas, algo que no llegaba a entender Sancho, pesaroso por los peligros ciertos, porque su amo quería imitar a Amadis de Gaula, el único caballero de su tiempo. Sancho se sincera, una vez más, y entabla conversación sobre gentes conocidas, como Aldonza Lorenzo, muy lejos del personaje idolatrado como Dulcinea del Toboso. De algún modo trataba de recuperar su juicio sobre los errores que planteaba en lo que se refiere a paisanos de su tierra manchega, es la perspectiva de una realidad distorsionada por los libros de caballería que indigestaron la mente de Don Quijote.

En definitiva, Sancho quería regresar a su casa, pero no para siempre, solamente un tiempo para saber de ellos y que ellos supieran de él. En llantos, Sancho montó a Rocinante y se despidió de su amo, que buscó cobijo entre las peñas, despojado de armadura y ropa, más loco que nunca. … “quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto…” Mientras Sancho regresaba, El Caballero de la Triste Figura, entre piedras y retamas salta al capítulo XXVI ensimismado con su héroe Amadis de Gaula, rezando, grabando cortezas de árbol y versos sobre la arena.

No muchas jornadas más tarde, lejos, Sancho Panza explicaba a sus paisanos las andanzas y desventuras de su amo Don Quijote, lo que producía gran fascinación entre los oyentes. La carta para Dulcinea del Toboso, que no era otra que la hija de Lorenzo Corchuelo. ¿La carta? ¿El libro de memoria? No estaban, había perdido la prueba documental de sus correrías. Después de horas y horas de charla, lo importante era sacar al loco de aquella absurda penitencia entre piedras y retamas, para lo que debían ingeniarse una estratagema y salir en busca de Alonso Quijana para devolverlo a su casa, porque estaba en peligro.