Y así, el Cura y el Barbero, disfrazados, emprendieron camino dirigidos por Sancho, sorteando el capítulo XXVII hasta el XXIX. Cuando encontraron al hidalgo plantearon la trampa con la ayuda inestimable de Cardenio y Dorotea, para llevárselo de esas rocas, Sancho descolgó armas, ropas y armadura y entregó Rocinante a su señor. Entre palabra mendaz y disfraces, caminaron sobre el capítulo XXX para deshacer entuertos y dar debida, satisfecha y entera venganza. Entre renglones de ensueño y chistosos cuentos chinos, surgió la posibilidad de un casorio de Don Quijote con la Princesa (Dorotea disfrazada), sobre lo que Sancho espetó: ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda casarse con tan alta princesa como aquésta?

Y siguió poniendo en duda la mejor belleza de Dulcinea, a lo que respondió Don Quijote golpeándolo, mientras Sancho dobló rodilla y honor para rendir vasallaje a su señor. Pero en esas cuitas, a lo lejos, vieron venir un asno soportando a un hombre, y no era otro que el ladrón, Ginés de Pasamonte, y el asno: su rucio. Ginesillo emprendió la huida escuchando insultos y amenazas, hasta perderse en el capítulo XXXI.

Todos descansaban junto a la fuente y comían lo que el Cura trajo de la venta, cuando llegó hasta ellos Andrés, al que había liberado Don Quijote de su atadura en la encina, al que salvó por poco tiempo, en pleno capítulo IV, ya que cuando el caballero se marchó, su amo lo volvió a atar y vapulear desoyendo los mandatos de su salvador. Ese relato encolerizó tanto a Don Quijote que se levantó para ir en busca del villano mentiroso, sin embargo, debía esperar su turno, porque llevaba el encargo de la princesa, que tenía preferencia. Andrés se marchó desagradando a Don Quijote, que saltó al capítulo XXXII corrido por el cuento de Andrés, que lo insultó, y sin apercibirse de las risas soterradas que disimulaban sus compañeros de viaje. Nada más llegar al capítulo XXXII se encontraron con la venta del capítulo XVI, donde Maritornes, aquella asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz, tuerta de un ojo y el otro poco sano, le preparó comida y cama y una cura para Sancho Panza. La que costó a Don Quijote una buena tunda por sujetarla en la oscuridad mientras la esperaba un harriero con calentura nocturna. La misma que sufrió la agresión ciega de un Sancho asustado.

El ventero era otro enamorado de las aventuras heróicas que releía en sus libros de caballería. Cuando los vio el Cura, provocó una discusión sobre herejías y mentiras, sin embargo saltan al capítulo siguiente, todos callados, menos Don Quijote, escuchado al Cura leyendo uno de los libros del ventero: La Novela del Curioso Impertinente, una historia de caballeros italianos, que se desparrama por ese y el siguiente capítulo XXXIV. Terminando la lectura, nada más entrar al capítulo XXXV, Sancho interrumpió para llamar la atención de los presentes sobre lo que Don Quijote gritaba en plena lucha con un gigante, y pedía ayuda, aunque el gigante debía yacer muerto en el suelo debido a las estocadas de su amo. Todos entraron para comprobar que el hidalgo blandía su espada con la manta entrelazada en el cuerpo, dormido, y luchaba en el reino de Micomicón, pero en realidad, empapado en vino, había acuchillado los cueros del ventero, que no pudo contenerse, por muy dormido que estuviera Don Quijote, y la emprendió a golpes contra él, sonámbulo, que sólo despertó cuando el Barbero le tiró un caldero de agua fría. Mientras, el Cura y Cardenio lograron protegerlo de la somanta de palos que le estaba cayendo. Sancho, empeñado en los encantamientos de la habitación, recordó la trifulca de aquella noche del capítulo XVI, con el harriero, Maritornes y la Santa Hermandad. En tal punto estaba la desesperación del ventero, que no reparó en la respuesta de Don Quijote, regresado del sueño, que se puso de rodillas delante del Cura para rendirle pleitesía a la princesa Micomicona. En varios minutos había sido autor de daños, de los que era completamente inimputable, y víctima de una agresión interrumpida por dos amigos. Al tiempo que el ventero recordaba a Satanás, los amigos del hidalgo, El Barbero, Cardenio y el Cura, muertos de risa, lo podían acostar, mientras Sancho seguía buscando la cabeza del gigante que había matado su amo. La historia, curiosamente, se repitió en el mismo punto, aunque esta vez había mejores compañeros de viaje que en la otra ocasión, cuando todos se enfrentaron a Sancho y al pobre Don Quijote, que dormido y agotado no podía escuchar los reproches de los venteros maldiciendo la hora en que había puesto los pies en su casa semejante loco. El Cura prometió reparación y ofreció seguir con la lectura, que puso sosiego en el grupo y leyó la novela del curioso impertinente, que los dejó pasar al capítulo XXXVI.

A la venta llegó gente principal, no desconocida, al menos para Cardenio y Dorotea, pues eran Luscinda y Fernando, un pleito pretérito, aclaración de afinidades, cuidas ajenas a Don Quijote, que dormía, al tiempo que, alcanzando el capítulo XXXVII, todos manifestaban agrado y contento, incluido el ventero, que recibió el pago acordado por hospedaje y desperfectos. El único que no entendía nada era Sancho, testigo del despertar de su amo, que narraba la tremenda lucha con el gigante, pero el escudero terció para explicarle que lo que había decapitado era un cuero de vino, seis arrobas derramadas por el suelo.