Sancho, lejos de la broma de sus paisanos, con la cordura propia de un hombre pobre y sereno, explicaba a su amo que no había decapitado a un gigante, sino desgarrado un cuero de vino de seis arrobas, como se escuchaba jurar en arameo a un ventero desquiciado. El buen escudero no olvidaba aquel manteo del que fue objeto en el capítulo XVI y se temía lo peor. También le quiso aclarar, mientras se vestía Don , acomodándose el yelmo de Mambrino abollado, que Dorotea no era más que una simple doncella, que no era la princesa Micomicona, como todos le decían. El hidalgo escuchaba con atención y parecía creerlo, pero por un instante, porque cuando Dorotea terció para insistir sobre su condición de sangre azul, se volvió contra su escudero y lo amenazó gravemente por tratar de engañarlo. Y Sancho, como siempre, calla y otorga, dejando paso al capítulo XXXVIII, cuando alcanza la venta un capitán de infantería regresando de un cautiverio después de la Batalla de Lepanto, acompañando a su compañera de viaje, una mora que dijo ser Zoraida, hermosa y dócil, que dejó prendados a los presentes. Aprovechando el encuentro, después de las presentaciones, Don Quijote se ofrece generosamente a darles una extensa charla sobre armas y letras, que termina cuando el capitán, conocido como El Cautivo, relata sus andanzas y desgracias durante los tres capítulos siguientes, dejando paso al XLII cuando Cardenio y Fernando se ponen a disposición del capitán para bautizar a la mora y ayudar en el casamiento pendiente.

Pero llegan nuevos visitantes a la venta, que está completa, gentes que cruzarán sus vidas de nuevo, hermanos amantes ocultos, poetas de caballería y demás historias de alejan a Don Quijote de su condición de víctima, lo que no debe tener interés para nuestra historia, hasta que Maritornes y la hija de la ventera deciden conspirar contra él, precisamente cuando vela sobre el caballo, protegiendo el castillo, en el patio de armas, logrando hacerle meter la mano buscando otra femenina a través de una enrejada ventana, que no era más que un agujero de la pared, y atarla por dentro, fuertemente, lo que le obliga a colgar sobre el hombro, erguido a pie sobre Rocinante, hasta que la llegada de otros visitantes propicia un movimiento inesperado de la montura y lo deja caer sin poder apoyar la punta de los pies en el suelo, postura dura que hace gemir y gritar a un Don Quijote engañado y dolorido, víctima de una treta que pudo haberle causado graves lesiones en el brazo, y de esa guisa salta al capítulo XLIV. La venta a rebosar, todos calmados y compuestos, felicidad impropia de una aventura tan particular, pero momentos de cierta algarabía que debía tornarse en pena, otra vez, como el sino de una historia interminable, que nadie quiere que termine, pero que avanza aderezada de causalidades y enrevesadas casualidades destinadas a mezclar existencias, como la del barbero, aquel que huyó tirando el supuesto yelmo de Mambrino, su bacia, que se presentó en la venta en el momento más inoportuno, cuando tuvo a bien penetrar en las caballerizas y sorprenden a Sancho Panza con su albarda y aparejos, que no tuvo más remedio que defenderse de su acometida:”… con la mano asió la albarda, y con la otra dio un mojicón al barbero, que le bañó los dientes en sangre…”. El escándalo hizo asomarse a los demás clientes de la venta, que escuchaban la denuncia de uno y la justificación del otro, que negada las acusaciones de salteador de caminos. Don Quijote sintió orgullo de un escudero al que armaría caballero en la ocasión más propicia. La bacia era un yelmo y la albarda, como los jaeces del caballo, eran botín de dependencia armada, que ganó en buena lid. En eso terció el Cura y el otro Barbero, amigo del hidalgo, buscando calmar al colega y seguir con la burla. Fernando y Cardenio apoyaron su versión llamando yelmo a la bacia, lo que provocaba risa de quienes conocían la broma arrastrada, perplejidad en los testigos y desesperación del barbero despojado. Pero uno de los presentes alzó la voz para que volviera la cordura, cosa que hizo enojar a un Don Quijote encolerizado, que alzó el lanzón para cargar sobre él, aunque esquivó el golpe provocando la rotura en pedazos del arma. De ese modo, los demás, ajenos a la broma, gritaron pidiendo el favor de la Santa Hermandad. El Caballero de la Triste Figura blandió su espada y arremetió contra ellos. Mientras, la mujeres lloraban, los amigos gritaban, el barbero aporreaba a Sancho, Don Fernando intervenía, el ventero, espada en mano, se puso de parte de los ajenos, contra Don Quijote. “… toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Don Quijote gritó: “Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si todos quieren quedar con vida.” Y logró que pararan.

Después del sosiego general, Don Fernando tomó la palabra y se ofreció a garantizar derechos ajenos, pero recordó su condición de miembro de la Santa Hermandad y cayó en la cuenta de una búsqueda pendiente, la de un salteador que favoreció una fuga de galeotes. Sancho, con su urgencia habitual, trató de distraerlo para que no repasara la descripción que mostraba un pergamino. El final de un capítulo XLV apasionante permitirá continuar esta historia en otro momento.