Han pasado más de tres años. Razones diversas aconsejaron abandonar estas páginas queridas para marchar en busca de otros parajes y aventuras, en cierto modo, salvando las distancias, y con menor pretensión, faltaría más, como nuestro Ingenioso Hidalgo . Sin montura y escudero, dejé mi tierra para adentrarme en otras latitudes donde conseguir fortuna. Cierto es que, como nuestro héroe, hay quien pensó que estaba loco, pues con cincuenta y un años abandonaba la placidez de una villa inigualable para allegarme a una gran ciudad, cabecera del Reino, donde la corte estaba plagada de caimanes de moqueta. Pero salvo contratiempos, tuvo ventura en muchas lides, hizo compañeros y amigos, para regresar a su casa, con los suyos. ¿Qué mejor reto puede haber que deshacer entuertos de sus vecinos? Y así fue. El pasado no existe, el futuro comenzó hace media hora y, como Don Quijote, regresé a mis lecturas y escritos, conversaciones y mensajes para favorecer a quien tenga a bien escucharlos.

Y acomodé mi historia en estas páginas con la sana intención de seguir el rastro de Don Quijote como víctima de delitos, pues él no era imputable, como diría quien lo nombró caballero en el capítulo III: “El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho que era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos…”. Inimputable, palabrota de moda sobre la que algunos deberían hablar, para hacer comprender la diferencia entre lo que debería ser, lo que puede ser y lo que, definitivamente es, la realidad, la dura evidencia que hay que enfrentar sin discursos zafios y vacíos. Después de tantos meses de ausencia, con la venia de La Cerca, retomo el sendero a partir del capítulo XX, más o menos donde me quedé, en plena oscuridad, con Sancho asustado implorando a su amo que esperara al alba “…pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes; cuanto más que yo he oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que quien busca el peligro perece en él…”. Y para retenerlo ató las patas de Rocinante, impidió la partida y reconfortó a Don Quijote narrándole un cuento para hacerle dormir, sueño interrumpido por sonidos y aromas de Sancho, que no pudo evitarlos porque “…había cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer), a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él…”. Es posible que encontremos muchos pasajes donde el escudero manifieste su entrañable devoción por su amo. Sancho llora amargamente cuando le dice que espere tres días, que quiere arriesgar en soledad frente al enemigo invisible, sin embargo, logra engañarlo y lo entretiene arrullándolo, como a un niño, porque así lo consideraba, en cierto modo, como un niño indefenso, débil, soñador y, además, con su triste figura.

Y cuando se hizo la luz, lo que hubiera parecido una amenaza, que provocó la despedida de Don Quijote, no era sino el sonido de seis mazos de batán, lo que propició una juerga y dos palos a Sancho por burlarse. Entre risas y perdones abandonaron el capítulo para adentrarse en la nueva aventura que esperaba el XXI, donde el deslumbrante yelmo de Mambrino, que no era otra cosa que una bacía de azófar que se puso el barbero para protegerse de la lluvia, se cruzó en el camino del caballero andante. El barbero, al verse arremetido, tiró la bacía y salió corriendo. Sancho se la entregó a su amo, que la colocó sobre su cabeza orgullosamente, y así seguir buscando qué rey de los cristianos o de los paganos tuviera guerra y tuviera hija hermosa para adquirir linaje el Caballero de la Triste Figura.

Cide Hamete Benengeli, manchego y arábigo, según el autor del libro, en el capítulo XXII, cuenta que Don Quijote alzó los ojos para ver a doce hombres ensartados en una cadena de hierro, condenados a galeras, a los que libera, mientras los guardas escapan de la escopeta acaparada por . En definitiva, el caballero facilita la evasión de presos, pero no es imputable. Lejos de agradecer semejante hazaña, los galeotes la emprenden a pedradas contra su libertador porque no están dispuestos a viajar al Toboso para dar noticia a Dulcinea, más aún cuando el hidalgo recrimina a Ginés con estas palabras: “… don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis…”. Y llovieron piedras: “… no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza, que dieron con él en el suelo…”. “…y le quitó la bacía de la cabeza, y diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con la que hizo casi pedazos. Quitáronle una ropilla que traía… A Sancho le quitaron el gabán…”. Le pegan, le roban, lo abandonan y, además, le ofenden gravemente cuando le dicen que no pueden ir a ver a Doña Dulcinea del Toboso, que deben esconderse y por separado para no ser localizados por la Santa Hermandad, que cambie esa misión por unos rezos que podrán cumplir en cualquier momento y que pedirles tal temeridad es como pedir peras al olmo.

Termina el capítulo, como el anterior, perpetrándose sendos robos con violencia o intimidación, primero como autor, sin responsabilidad por loco, pero en el segundo Don Quijote es la víctima, al igual que el pobre Sancho. Todos los protagonistas callarán, temerosos de la Santa Hermandad. El Caballero de la Triste Figura, sobre su escuálido Rocinante, acompañado por su fiel Sancho, emprende el camino con dirección a , para lo que tiene que cruzar primero al capítulo XXIII, escarmentado, porque no había sido sino echar agua en la mar el hacer bien a villanos. Y escucha a Sancho que le advierte del peligro que supone la persecución de la Santa Hermandad que los había de buscar. Y es por eso que fueron buscando Almodóvar del Campo para esconderse un tiempo.