Entre los capítulos LXX y LXXIV culmina la historia de las historias, la leyenda de todas las leyendas, el libro de caballería más universal, el devenir de un demente empeñado en hacer el bien frente a quién osara arremeter contra desvalidos, el alucinado de estirpe guerrera, aunque de mentira, buscando hacer méritos para enaltecer a Dulcinea del Toboso, la dama idolatraba en unos sueños imposibles.

Lo habíamos dejado, con Sancho, en el castillo de los duques, donde habían sido enormemente felices, porque, en su ignorancia, habían servido de mofa a todos quienes estaban a la orden del engaño, sobre todo Sancho, gobernador de la Ínsula Barataria por unos días, mientras su amo porfiaba en duelos falaces. Y después de visitar Barcelona, habían regresado al mismo punto para servir de nuevo a la diversión colectiva en forma de velatorio con túmulo y muerta. Una vez terminada la ceremonia y fingido crematorio, donde Sancho fue maldito protagonista, el escudero buscaba mejor modo de dormir junto a Don , pero no le dejaba, porque en su insomnio inoportuno no hacía más que hablar. Cuando llegó la mañana fueron desfilando visitantes por la estancia, hasta comió con los duques, y por la tarde partieron de regreso a su aldea para seguir promesa del año sin armas.

Distintos pensamientos albergaba Don Quijote respecto a Sancho desde que salieran juntos de su tierra. Mucho había madurado y cultivado su espíritu un escudero tan torpe, que había hablado con sabiduría en muchas ocasiones, gobernado, y defendido su causa ante gentes principales. Y caminaban, pero Don Quijote no podía esperar el desencantamiento de Dulcinea sino con los azotes de Sancho, que podía flagelarse cobrando por cada golpe, el caso era ultimar la ceremonia para liberar a la dueña de sus amores. Sancho aceptó dolor por generosa dádiva, para lo que preparó cordel con el que azotarse bajo la ignorada atención de la luna, lejos de las miradas de su amo, deseoso del maltrato, y escucharlo, ligero, sin destrozos, pues no era preciso lesionar con fruición para semejante sortilegio. El escudero comenzó en su cuerpo, pero cambió el sentido de los golpes para no hacerse daño y continuaban sonando azotes, aunque a los árboles. Su amo, engañado, contaba la retahíla de golpes temiendo un desmayo. La mentira terminó para seguir camino hasta una venta cercana donde esperaron el otro día, pero llegó un farsante, que hablaba de la segunda parte del Quijote, escrita y plagiada del hidalgo y su escudero, Sancho, pues cuando le preguntaron por ellos, el timador no los reconoció, porque nunca los había visto. Y sostenía la existencia de otras pareja, es más, que estuvo con él en Zaragoza, falso, y que ahora estaba en Toledo, más falso. Por fin, con ayuda de testigos, confirmaron las mentiras con la aceptación del tal Don Álvaro Tarfé, y reiniciaron la ruta nocturna en busca de su aldea. Sancho, para cumplir con el desencantamiento de Dulcinea, repitió la farsa de los azotes hasta culminar el encantamiento, lo que dejó calmado a Don Quijote. A su encuentro salieron el Cura y el Bachiller, que los acompañaron a casa, al lugar de donde partieron cuando iniciaron esta gran leyenda.

Sansón Carrasco escuchaba aventuras, muchas de ellas conocidas por haberlas protagonizado con disfraz y dispar fortuna. Don Quijote no esta bien y pidió ayuda para echarse un poco, pero estaba malo y bien malo. Las dos mujeres, Ama y Sobrina, lo cuidaban y mimaban hasta donde eran capaces, porque el hidalgo estaba enfermo del cuerpo y del alma, presa de sin par melancolía, que lo apagaba por momentos. Después de un lago descanso, despertó Alonso Quijano el Bueno, cuerdo como nunca, lo que desconcertó a sus amigos velando alientos finales de vida. Sancho, desconsolado, no dejaba de llorar y atendía cada sílaba que le regalaba su amigo, ya nunca más su amo, que languidecía por segundos para perder el sentido, aún no la vida, que recuperaba cada vez por menos tiempo, hasta que se terminó. Todos fueron testigos de cómo exhaló su último suspiro, y en aquel largo y cetrino rostro se dibujó la paz.

El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de La Mancha, quedaba para nadie y todos, como así habrían de proclamar en tierras de la meseta. Un caballero andante, en ocasiones loco, en ocasiones valiente, defensor de las justas causas, alucinado en tremendas confusiones, lanzado hacia gentes que no tuvieron más remedio que agredirlo, porque él no estaba cuerdo, era inimputable, como así dijo el ventero que lo nombró caballero, no podía cometer delitos, pero si tuvo que sufrir como víctima numerosas acometidas, algunas fingidas por quienes se mofaron de él o quisieron regresarlo a casa, de donde nunca debió salir, al menos tan perjudicado por una mente agobiada con interminables relatos de caballería, de los que podía dar cumplida cuenta en cualquier combate retórico que opusieren, como así hizo en muchas ocasiones dando muestras de una vasta cultura medieval. Y menos mal; casi siempre lo acompañó Sancho Panza, su vecino y escudero, contrapunto, sensatez, paciencia y cordura, que lo siguió, defendió y, también, engañó lo justo para seguir viviendo. Y en más de una oportunidad disfrutó de su compañía, que aprovechó para comer y beber tanto como pudo, para cuando no hubo.