era un salteador de caminos al que había que prender porque había sido reconocido por Don Fernando. De nada valieron las explicaciones de Sancho tratando de desviar la atención de los presentes justificando el error de Don Fernando, que no dudaba ya sobre la identidad del caballero estrafalario, cuya descripción era incuestionable. Allí lo tenía, no había más que detenerlo y llevarlo ante la justicia. El ingenioso hidalgo, sabedor de tales acusaciones, replicó negando. No era un salteador, sino el libertador de unos encadenados. No era posible que una persona cabal pidiera prisión para él, sería más bien obra de un ignorante que no conocía de las aventuras de un caballero como él, paladín de las justas causas, defensor de los desfavorecidos y capaz de dar … “cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante.” El barbero, como no podía ser de otro modo, exigía justicia y su bacía, que no era ni mucho menos el yelmo de Mambrino, en lo insistía el hidalgo, para aseverar los encantos del castillo en el que estaban y abandonaban el capítulo XLV para introducirse en el siguiente, cuando el Cura repetía que Don Quijote no era cuerdo, tenía falta de juicio, como era fácil comprobar por sus palabras y obras, que era inimputable, por lo que era absurdo prenderle para nada, algo en lo que no estaban de acuerdo los cuadrilleros, como en tiempos actuales, ellos lo detenían y la justicia ya sabría qué hacer con él, ya no era asunto suyo. Pero tanto y bien insistió el Cura que logró el propósito de librarlo de la prisión, pagó al barbero su bacía. El ventero, cuando contempló el pago subrepticio de la bacía, arremetió en su contra para exigir compensación, por eso Don Fernando pagó los daños, momento que aprovechó Don Quijote para reiniciar su viaje “…y dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado y escogido; y así, con resoluta determinación se fue a poner de hinojos ante Dorotea…” El capítulo XLVI prosigue con una bronca descomunal a un Sancho arrugado por tal serie de improperios terciando Don Fernando y Dorotea para calmar la furia de su amo. Todos conspiraron para cambiar de aspecto y esperar que se durmiera, instante en el que sujetaron y ataron con fuerza a un hidalgo, que supuso eran fantasmas del castillo encantado. Solamente reconocía a su escudero, Sancho, que contempló en silencio como lo metían en una jaula y lo subían a un carro de bueyes. En realidad nuestro hidalgo estaba siendo detenido, pero no para llevarlo antes la Justicia, como podría imaginarse, sino como una argucia urdida por el Cura y el Barbero para llevarlo a casa. Y en esa incómoda condición para un caballero andante de altas miras, salieron del capítulo para llegar al XLVII, mientras Don Quijote, absolutamente convencido de su encantamiento, buscaba explicación a tan singular compostura y charlaba con su escudero tratando de identificar a esos demonios que no daban olor porque se camuflaban. Todos los de la venta salieron disimulando llantos para despedirse de un hidalgo, que los consolaba porque era algo que debía suceder, como servidumbre por su condición de caballero andante.

Unas leguas más adelante, cuando varios jinetes alcanzaron a la comitiva, los amigos de Don Quijote temieron que se descubriera el engaño, al frente iba el Canónigo de Toledo, al que apartaron para que el Caballero de la Triste Figura no escuchara las explicaciones y siguiera con la mentira de su encantamiento. El recién llegado comprendió la situación y conversó largamente con el Cura, lo que les hizo pasar al siguiente capítulo despotricando de los libros de caballería. Pararon para sestear y Sancho, aprovechando un descuido de los acompañantes, se acercó a la jaula para descubrirle a su amo el engaño del Cura y el Barbero, y una vez enterado pidió su ayuda para escapar. El escudero, tras ver como los bueyes eran liberados en aquel lecho de yerbas, pidió al Cura permiso para hacer lo propio con su amo para que la jaula llegara limpia a su destino, más aún por el imperativo que suponía “…la decencia de un tal caballero como su amo”. Terció el Canónigo respaldando la petición, al tiempo que Don Quijote advertía sobre los efectos que podría ocasionar sobre sus olfatos si no lo sacaban de la jaula.

Sancho lo acompañó hasta un lugar separado “…de donde vino más aliviado.” Escuchaba al Canónigo cuestionar las bondades de esos libros de caballería y que los caballeros no existieron ni existían. Don Quijote, con aparente calma, replicó subiendo el tono para enaltecer a Amadis de Gaula e insistir sobre la verdad reflejada en tantos libros donde se hablaba de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de Carlo Magno o en otros muchos. Tan documentado comentario hizo dudar al Canónigo sobre algunas de las referencias que mezclaba Don Quijote, y de esa manera fueron pasando al capítulo subsiguiente. No tardó en llegar un cabrero que contó una historia larga y entretenida que agradó al mismo Don Quijote, efecto recíproco. Sin embargo cuando pidió explicaciones sobre la personalidad del hidalgo y le dieron la habitual retahíla de méritos de tan alto personaje, el cabrero puso en duda su salud mental diciendo: “…debe tener vacíos los aposentos de la cabeza.” Hasta ese momento el complacido Don Quijote replicó: “… y vos sois vacío y el menguado; que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa, puta que os parió.” La ferocidad del Caballero de la Triste Figura servirá para iniciar la siguiente parte de este extenso relato, a partir del capítulo LII.