Era un encantamiento, al menos así le parecía, porque en realidad era la treta urdida por el Cura y el Barbero, sus amigos, para poder llevarlo de nuevo a casa dentro de una jaula, algo absolutamente impropio de su linaje, como así lo entendía Sancho Panza, el leal escudero. Y dejábamos a Don Quijote, nada más entrar en el capítulo LII, absolutamente furioso insultando al cabrero y golpeándolo con un pan en el rostro, lo que le hizo sangrar por la nariz y reaccionar con violencia sobre su agresor al que pretendió estrangular, una típica conducta delictiva que podría calificarse de homicidio en grado de tentativa, porque no le dejaron, entre otros, como no podía de ser de otra manera, su fiel Sancho Panza, que tuvo que saltar por encima de la mesa para impedir la muerte de su amo, una intermediación que lo liberó de aquellas tenazas humanas y permitió su contraofensiva entremezclando golpes, patadas, agarrones, tirones de pelo y ropa, una verdadera pendencia en la que se involucraron la mayoría de los allí presentes, embadurnándose de sangre, sobre todo cuando el cabrero, en su contumaz perseverancia, trató de conseguir un cuchillo para apuntillar el flácido cuerpo de Don Quijote, sin embargo, semejante escena provocó la hilaridad de la mayoría, pero Sancho Panza no entendía nada y pedía la colaboración ajena para interrumpir lo que podía terminar muy mal, incluso estiraba de los brazos de uno de los criados del Canónigo para desasirse y poder ayudar al caballero. El Ingenioso Hidalgo trataba de sujetar y golpear al demonio que él creía estaba dentro del cabrero, su oponente, que arremetía contra su desconcertante y furioso agresor, al que no podía ni quería entender. Y en esa lid estaban cuando se escuchó una trompeta, un sonido que pareció el final del asalto, o así lo entendió Don Quijote que propuso un descanso al enemigo, que no dudó en soltar la presa, al menos por un tiempo.

Todos miraban hacia donde sonó el viento metálico y buscaron una retahíla de gente vestida de blanco que caminaba por la ladera, algo que podría considerarse lógico en el mundo de los normales, porque en época seca se buscaba la intercesión divina para que los cielos pudieran llorar, pero no para nuestro Caballero de la Triste Figura, ajeno a la normalidad, paranoico de la caballería andante, que al ver la procesión de disciplinantes no dudó en imaginar cualquier otra cosa que no fuera una aventura, su última aventura, pues la primera parte debería finiquitar con el capítulo LII.

Y no hizo esperar lo que de él era lógico imaginar, saltó sobre Rocinante, descuidado como siempre, reclamó la espada de Sancho y arreó al corcel para encaminarlo a galope sobre los siniestros personajes que debieran estar haciendo mal a cualquier señora, como seguro era lo que llevaban tapado de oscuro. Sancho gritó advirtiendo del error. El Barbero y el Cura intentaron detenerlo, pero la fiereza de un caballero andante obcecado en perseguir el mal donde estuviera no era fácil de parar, aunque si se detuvo, para alivio del caballo, pero delante de los clérigos, que cantaban ledanías, y que no tardaron en descubrir las deficiencias del que interrumpía su paso, y que no hizo falta escuchar demasiado para comprender que estaba completamente loco, algo que hizo carcajearse a la concurrencia. Don Quijote no dudó un instante y arremetió blandiendo la espada, hasta el pobre Rocinante debiera haber vuelto sobre sus pasos, pero no sabía ni podía opinar. Uno de los que llevaban la imagen enlutada, empuñando la horquilla que sostenía las andas, se interpuso en el camino y lanzó un golpazo suficiente como para descabalgarlo y hacerle caer al suelo, dolorido. Un ejercicio de legítima defensa absolutamente proporcionada al ataque con espada que pretendía su agresor. Los demás tomaban postura de golpear por doquier, sin embargo, Sancho, que logró llegar cerca, perseguido por los demás acompañantes, pudo gritar lo preciso para impedir la segura paliza que se avecinaba. El escudero imaginó a su amo muerto y lloró amargamente haciendo resonar lisonjas infinitas, lo que hizo que Don Quijote recuperara el sentido y admitiera que estaba hecho polvo, que ni podía ajustar la silla del caballo, mostrando su disposición a lo que ordenara su escudero, consolado por la suerte de verle vivo y empeñado en regresar a la aldea para que curara heridas. Ya habría ocasión de volver a las andadas, moción que secundaron el Barbero y su amigo el Cura, que resoplaron de alivio al tiempo que acomodaban, con el boyero, su maltrecho esqueleto en el carro donde lo llevaban hasta entonces. Los concurrentes, de antes y después, se fueron despidiendo y separando, la historia parecía ir terminando. Don Quijote, maltrecho, junto con sus amigos el Barbero, el Cura, Sancho Panza, su pollino y Rocinante, también resignado y contento, regresaba a su aldea. Casi una semana fue suficiente para dar vista a las casas. El flaco y amarillo Caballero de la Triste Figura venía tendido sobre un montón de heno, su familia contempló lo que les llegaba y sufrieron, porque gritaron maldiciones contra aquellos libros de caballería. Tendido en el lecho, desnudo, miraba lo que no sabía, observaba algo que no conocía, estaba perdido, era el final de lo que no terminaba, aunque, por el momento. Y así lo dice el autor, cuando amenaza con seguir contando las aventuras de un ingenioso hidalgo: Don Quijote de la Mancha.