En las creencias de una mayoría de los católicos, desempeñan un importante papel la veneración de los santos que en ocasiones pueden comportarse como “intercesores”, dada su buena relación con el “otro mundo”, para conseguir extraordinarios servicios o incluso curación de enfermedades. El número de santos que a base de antiguas tradiciones es invocado en las enfermedades de hombres y animales es muy abundante naciendo por analogía directa con el tipo de martirio del santo en cuestión tal como el arrancamiento de los dientes (Santa Apolonia), los ojos (Santa Lucía), los pechos (Santa Águeda) o los riñones como en el caso que nos ocupa San Zoilo.

Carrión de los Condes, capital de un condado medieval, se encuentra a 40 kilómetros de Palencia, al sur de la comarca de la Tierra de Campos, y en la orilla izquierda del río Carrión, entre chopos, alamedas, trigales, altozanos y suaves ondulaciones del terreno. Desde que fuera reconquistada a los musulmanes por Alfonso II el Casto en el siglo VIII fue cuna de ilustres figuras como Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, quien uniría sus triunfos en las guerras y letras. En pleno esplendor la ciudad tendría cerca de 12.000 habitantes, por su situación privilegiada en el camino francés de Santiago, desde Burgos a León pasando por Sahagún.

A mediados del siglo XI un importante personaje de la Corte del Emperador Fernando I de Castilla y León, el conde Gómez Díaz, casado con Teresa Sancha Peláez, rehabilita un antiguo establecimiento monástico en el año 1076 con el nombre de San Juan Bautista y lo entrega a la Orden de Cluny, convirtiéndose en uno de los centros espirituales y financieros más importantes junto al priorato de Nájera. Los condes que dan nombre a la ciudad recibieron el título nobiliario de Infantes, único caso en la Historia de España junto con los Infantes de Lara, además de los hijos de los Reyes.

El primogénito de la pareja condal fue Fernán Gómez quien por su valor en la guerra obtuvo del califa cordobés el deseo de llevar a su ciudad las reliquias de los mártires cordobeses Zoilo y Félix junto con los restos del obispo Agapio ya que estaban todos en la misma iglesia. D. Fernán condujo lo entregado en una urna de plata y piedras preciosas hasta la ciudad de Carrión, entregándoselos a sus padres cuando estaban restaurando el antiguo monasterio benedictino de San Juan Bautista, que a partir de este momento se llamaría de San Zoilo, año de 1070.

De los primeros mártires del cristianismo sólo se conocen algunos datos por la historia y sobre todo a través de la leyenda. Nos remontamos a la época ya en declive del Imperio Romano cuando el emperador Diocleciano (284-305) intentaba la reunificación religiosa por lo que a través del consejo de Galerio Maximiano se emprendió la persecución de los cristianos en el año 301. Los que se opusieron a estas consideraciones pagaron con sus vidas y entre ellos los cordobeses Zoilo y Félix.

En el año 303 llegó el prefecto Daciano a Córdoba, el gran centro político, económico y cultural, capital de la Hispania Ulterior. Las persecuciones llegarían hasta el año 313 en que el emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán que concedía a los cristianos el ejercicio libre de su culto y la devolución de sus bienes incautados.

Zoilo era un joven cordobés, de familia acaudalada, que mostraba continuamente en público sus creencias en contra de las leyes romanas. Ello motivó su apresamiento, juicio y condena a muerte, si bien previamente a ello, por su significación, se le torturó “haciéndole abrir por la espalda y se sacaron los riñones”. A pesar de ello “no murió siendo el propio Daciano el que le cortara la cabeza”. Se ordenó el enterramiento en lugar desconocido para que no pudieran ser encontrados y reverenciados.

Posteriormente un noble visigodo llamado Agapio o Agapito fue elegido obispo de Córdoba en el reinado de Sisebuto (612-621) y se cuenta como tuvo un sueño revelador del lugar donde se encontraban los restos de Zoilo y sus compañeros. Recuperados fueron llevados a la iglesia de San Félix o San Justo que desde entonces se llamó de San Zoilo (hoy es San Andrés o San Miguel) y de donde serían recuperadas siglos más tarde por el conde/infante Fernán de Carrión. El pueblo cordobés, en general, aceptó el carácter milagroso de las reliquias y de esta forma se le considera por los creyentes como el patrón “protector” de diversas dolencias y en especial las que afectan a los riñones. En Córdoba se conservan en la actualidad unas casas junto a la antigua iglesia de San Miguel (antes de San Zoilo) y en las que según la tradición vivió el santo Zoilo y se conserva la veneración al llamado “pozo de San Zoilo” a cuyas aguas se atribuyen “milagrosas” curaciones de los males renales ya que según la creencia popular a este pozo se “arrojaron los riñones de Zoilo” después del martirio.

De esta forma se crea la leyenda de este mártir cordobés junto a la de un san Liborio, obispo de Le Mans, en Francia, durante la mitad del siglo IV, y al que se ha atribuido desde finales del siglo XV un “poder sanador” contra los cálculos urinarios. La Medicina popular actúa a través de sus dioses sanadores y sus acólitos ensalmadores en los que nunca se ha podido comprobar una eficacia que sólo queda en una simple buena voluntad.