Gaspar Casal nació en Gerona el 31 de diciembre de 1680 constituyendo, por su personalidad científica, una de las figuras más relevantes de la medicina española del siglo XVIII. La vida de nuestro autor finalizaría en Madrid, el 10 de agosto de 1759, a los 80 años de edad.

Los primeros años de su vida los pasó en Utrilla (Soria), lugar de origen de su madre y antiguo partido judicial de Medinacelli, dependiente del obispado de Sigüenza. En 1707 ya ejerce como médico en varios pueblos de la Alcarria, especialmente en la Villa de Atienza, lugar donde adquiriría su formación físico-química y naturalista con el ilustre exboticario de Inocencio XI, don Juan Manuel Rodríguez de Luna. No se conoce con certeza el lugar de sus estudios médicos, que bien pudieron ser en las aulas de Alcalá o en las de la Universidad de Sigüenza.

Tras un breve paso por Madrid en 1713, decide en el verano de 1717 marchar a Asturias, estableciéndose en Oviedo, siendo nombrado médico del municipio en 1720 hasta ser elegido médico del Cabildo ovetense en 1729, teniendo a su cargo los hospitales de Santiago, San Juan y Santa María de los Remedios. Profesionalmente gozó de gran fama en toda la región, siendo reclamado a muchas consultas, quedándole todavía tiempo para satisfacer sus aficiones de naturalista, como lo demuestran sus minuciosos estudios sobre geoclimática, mineralogía, flora y fauna de Asturias, destacando el descubrimiento y descripción del llamado “succino” o ámbar asturiano. De esta época datan sus relaciones con los benedictinos Feijoo y Sarmiento.

En 1751, y por motivos desconocidos, retorna a Madrid y es nombrado médico supernumerario de la Real Cámara. Un año después forma parte del Protomedicato y más tarde se produce su ingreso en la Real Academia de Medicina. Finalmente moriría, en 1759, siendo enterrado en la Parroquia de San Sebastián de Madrid.

Gaspar Casal es autor de una única obra, de edición póstuma, titulada Historia Natural y Médica del Principado de Asturias, realizada por Manuel Marín y fechada en Madrid en 1762. En el prólogo, Casal filia sus planteamientos doctrinales basándolos en su especial predilección por Hipócrates, Sydenham y Boerhave. La obra está dividida en veinte breves capítulos, incluyendo la famosa descripción de la pelagra (déficit de vitamina B2 o avitaminosis, como veremos posteriormente). Esta parte de la obra está escrita en latín, seguramente por considerar la redacción en el idioma sabio y universal de los hombres cultos de la época.

Es en el cuarto libro de la obra donde se emprende el estudio de las enfermedades más propiamente endémicas de Asturias: la sarna, la lepra y el “mal de la rosa”. Al descubrimiento y descripción de esta última enfermedad debe Casal su inmortalidad en el campo de la medicina.

Comienza advirtiendo que “de todas las afecciones corrientes en este país, no hay otra que la gane a horrible y contumaz”. Más adelante explica cómo a pesar de sus muchos síntomas “su nombre vulgar proviene tan sólo de uno de ellos, y este síntoma consiste en una espantosa costra que, si recién salida no produce en la parte afectada más que rojez y aspereza, a la larga degenera en forma de costra muy seca, escabrosa, negruzca, entrecortada por frecuentes y profundas fisuras que penetrando hasta la carne viva producen gran dolor, quemazón y molestia”. Destaca a continuación la periodicidad estacional de la enfermedad: “cada año al llegar la primavera, la costra maligna, como la golondrina, vuelve a aparecer, porque es estacionaria”. Sigue la descripción del “cuello rosado” (collar de Casal): “Otro signo es la aparición de una aspereza costrosa de un color ceniciento oscuro en la parte anteroinferior del cuello que, a guisa de collar, se extiende de un lado a otro de la cerviz, sobre las clavículas del pecho y la extremidad superior del esternón….”

En la descripción también destaca las anomalías psíquicas como parte de la sintomatología pelagrosa: “cuando el calor del sol tiene aún más fuerza puede aparecer la locura, o mejor dicho melancolía, que hace que los enfermos, abandonando sus casas, vaguen por los montes y lugares solitarios, y ello ha acontecido más de una vez, muriendo en desesperación”.

Sobre las causas admite influencias “climáticas” y “dietéticas”, señalando cómo casi todos los afectos se alimentan de “maíz” o mijo de Indias y “muy raramente comen carnes frescas”.

En el capítulo terapéutico, aparte de las medidas de uso en la época (vomitarios, sangrías, purgas y decocciones), recomienda como más eficaz, fruto de su experiencia, un cambio en el régimen dietético hacia la ingestión de alimentos grasos y en especial la mantequilla de leche de vaca.

Durante su estancia en la Corte, el doctor Gaspar Casal estuvo relacionado con Thiery, médico de Luis XV, quien al conocer los trabajos del clínico catalán los comunica a Chomel, decano de la facultad de Medicina de París, siendo leídos en la solemne reunión Prima Mensis del año 1755, incorporándose de esta forma a la ciencia médica universal. Sauvages (médico y botánico de Montpellier, 1706-1767) incluyó en su clasificación de las enfermedades (Nosología Methodica) el “mal de la rosa” en el cuadro de las caquexias, que aquí recibe el nombre de “lepra Asturiensis”.

Epílogo. Las vitaminas en la actualidad

Respecto a las vitaminas, el hecho clínico de mayor importancia lo constituyen las llamadas hipo-avitaminosis, que son estados de enfermedad atribuidos a una alimentación cualitativamente defectuosa, por ingestión insuficiente, consumo excesivo o utilización deficiente de las sustancias denominadas vitaminas.

El hecho de haber logrado preparar químicamente puras a varias vitaminas, constituye un importante progreso, merced al cual es posible administrar, en vez de alimentos vitamínicos, cantidades exactamente dosificables de vitaminas en forma de gotas o de comprimidos.

La Pelagra o “mal de la rosa” (dermitis, diarrea y demencia), se atribuye a la falta de un componente del complejo vitamínico B2: el ácido nicotínico. Tal como sospechó Gaspar Casal en su descripción de 1735, se debe a la alimentación exclusiva a base de maíz. Sería el italiano Frappoli, en 1771, quien dio el nombre de pelagra (pelle, piel, y agra, áspera).