Una fuente importante para la información acerca de la medicina en el Antiguo la constituyen los viajeros griegos como Herodoto (nacido en el 480 a.C. en Halicarnaso, siendo conocido como el “padre de la Historia”) quien pasaría siete meses en Egipto en el año 450 a.C. visitando Menfis, Heliopolis y Tebas asumiendo que aquella tierra arcillosa no era sino un “regalo del Nilo”.

En la franja de tierra africana fecundada por las inundaciones periódicas del caudaloso Nilo, que baja de las montañas de Etiopía y desemboca en el Mediterráneo formando un hermoso delta, el admirable pueblo de los egipcios levantó muy alto poderío y creó una de las civilizaciones más características y asombrosas de la Antigüedad. El alma compleja y misteriosa de este pueblo, que en el apogeo de su fuerza llevó sus armas victoriosas hasta las tierras ilustres del Tigris y del Eufrates, palpita todavía con singular encanto a la sombra de la Esfinge y de las Pirámides colosales de Gizeh, en el secreto impenetrable de las momias y en los textos de los papiros, en la nostalgia de los templos de Luxor y de Karnak, en el Libro de los muertos y en su literatura narrativa.

Entre los caracteres que distinguen la civilización egipcia destaca el profundo amor que siempre demostraron por las ciencias, especialmente por las matemáticas y por la medicina.

Las fuentes originales de información acerca de la medicina en el Antiguo Egipto, además de la aportada por los viajeros griegos de la Antigüedad como el citado Herodoto, se basan en los papiros directamente relacionados tal como el de Ebers (escrito entre los años 1553-1550 a.C.), y el de Edwin Smith (data de alrededor de 1600 a.C.) entre los más conocidos.

Formando parte de los numerosos componentes del panteón egipcio, en un sentido más determinado y completo, Thot e Imhotep desempeñan el papel de dioses especiales y superiores de la medicina.

De alguna forma hemos conocido la figura de Imhotep por la curiosidad respetuosa y agradecida que generó a nuestro contemporáneo William Osler al escribir “Imhotep, la primera figura de un médico que aparece con claridad desde las brumas de la Antigüedad”.

Imhotep fue un célebre sabio arquitecto y seguramente también médico, visir del faraón Zoser de la III dinastía (2630-2611 a.C.), a quien dirigió la construcción de la famosa Pirámide Escalonada de Saqqarah en las cercanías de la antigua capital del Imperio Antiguo: Menphis. Adquirió especialmente importancia, hasta el extremo de que los egipcios lo consideraron como un semidiós de la medicina hasta finalmente convertirse en un auténtico dios entre los años 550 a.C. y 525 d.C. En su divinización completa le dieron por padre al dios Ptah de Menfis, el gran protector de los artistas y de los artesanos. De esta manera Imhotep se convirtió en el dios por excelencia de la medicina y de los médicos, y recibió culto particularmente en Menfis, siendo honrado con santuarios y estatuas, tales como las que todavía podemos observar en los museos del Cairo, Saqqarah, Louvre y Berlín: en esta iconografía el sabio Imhotep aparece con la cabeza rapada, como un sacerdote, y con rollo de papiro escrito entre sus manos. Sin duda constituye uno de los grandes genios de la historia de la humanidad. Arquitecto, mago, filósofo, médico (hasta el extremo que los griegos lo identificarían con Asclepio, el dios de la medicina de la cultura helenística). Parece seguro que fue autor de un “Libro de las Instrucciones”, del que se ha perdido todo rastro. Su padre era Kanefer, designado personalmente por el mismo faraón responsable de todas las construcciones del reino. Aprendería el oficio en el taller de su padre, tal vez en Menfis: primero tallista de vasijas de piedra dura, se convirtió luego en escultor y arquitecto, hasta alcanzar los más altos cargos del Estado, tanto religiosos como administrativos: sumo sacerdote de Heliópolis y visir de Zoser, en la base de una estatua egipcia erigida en honor de su faraón se lee que era “el primero después del rey”.

Una vez divinizado, Imhotep- cuyo nombre significa “el que llega en paz”- entra en la triada divina de Ptah, del que sería hijo, y Sekhmet. Según los antiguos textos, él sería quien “descubrió el sistema de labrar la piedra para la construcción de los monumentos”, pero también el artífice de una revolución artística sin precedente.

Quizá, Imhotep, no fuera un médico como hoy lo conocemos pero fue un sacerdote en el Antiguo Egipto donde la magia y la medicina estaban íntimamente relacionadas influyendo poderosamente en la vida, el amor, el odio, la enfermedad y la muerte de los individuos. No parece dudoso que utilizara sus excepcionales habilidades en el uso de los agentes terapéuticos de la rica Materia Médica egipcia junto con los recursos mágicos. La medicina científica así como los recursos mágicos en conjunción se sumaban para la posible curación de los enfermos del momento.

Siglos después de la muerte de Imhotep muchos pacientes y peregrinos viajaban a sus santuarios (especialmente en Menfis, Philae y el Asklepieion de Saqqarah) para obtener la curación de sus enfermedades.

No han llegado hasta nosotros sus escritos pero gran parte de los papiros médicos que conocemos en relación con la medicina del Antiguo Egipto es posible que sean copias derivadas de los trabajos originales de Imhotep.