Escribía el maestro Marañón que la Historia de la Medicina consiste en buscar los antecedentes de una determinada rama de la disciplina investigando nuevos datos, leyéndolos en las horas propicias a la meditación (no hay labor que más gratamente descanse de las ocupaciones y trabajos diarios), ordenándolos y escribiéndolos después con la mayor claridad posible. Entusiasta ensayo de “resurrección” en el sentido orteguiano.

Sin ninguna duda el médico debe conocer su historia ya que es, quizás en nuestra Ciencia, donde los conocimientos quedan más rápidamente envejecidos y olvidados. Es precisamente esta fugacidad en el saber la que nos obliga a mirar los individuales valores permanentes del pasado, los cuales serán de una extraordinaria utilidad para interpretar lo que hoy creemos saber. Laín Entralgo definió claramente este concepto afirmando la necesidad de saber de dónde se viene, para luego, conscientes del peregrinar científico e histórico, saber a dónde se va. Las citas se multiplicarían: “Los hechos se entienden mejor cuando se ha logrado ver con alguna claridad cómo se formaron” (Aristóteles en la Metafísica); “No se conoce bien una ciencia hasta que no se sabe su historia” (Augusto Compte).

Y con esta introducción recordaremos la larga historia de la litiasis urinaria, desde su inicial conocimiento prehistórico, al mal de piedra medieval y los actuales tratamientos quirúrgicos que han alcanzado el viejo sueño de los cirujanos de todas las épocas: no hacer daño a sus pacientes, o el menor posible.

La litiasis urinaria se ha unido, como fiel compañera, a la vida del hombre desde la más remota Antigüedad caracterizándose por la precipitación y aglomeración en cualquiera de los sectores del aparato urinario de acúmulos más o menos abundantes de sales o substancias que normal o accidentalmente debieron ser eliminadas, disueltas en la orina. Se manifiesta a través de síntomas miccionales dolorosos denominándose “mal de piedra” especialmente cuando la litiasis asienta en la vejiga urinaria.

La piedra vesical más antigua de la que disponemos fue encontrada en la tumba de un muchacho en el cementerio prehistórico de El Amrah (Alto Egipto) y datada de alrededor del año 4800 a.C. El hallazgo fue presentado por su descubridor, Elliot Smith, en el Real Colegio de Cirujanos de Londres. El hallazgo se destruyó cuando el Real Colegio fue bombardeado en 1941 durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias a los embalsamadores egipcios es posible datar la litiasis urinaria, al menos, hace 7000 años. El gran litotomista decimonónico sir Henry Thompson afirmaba que “donde se encuentran restos humanos arqueológicos es posible encontrar litiasis urinarias”, confirmándose el carácter prehistórico de la enfermedad.

Por otra parte, dentro de las operaciones más antiguas de la cirugía, excepto las relacionadas con el cuidado de las heridas y traumatismos, se encuentran la trepanación del cráneo, la circuncisión y las operaciones para la extracción de la litiasis vesical. Esta última sin ninguna relación con los mitos religioso-mágicos, ya que era realizada exclusivamente por una dolencia física del enfermo.

Las descripciones del sufrimiento humano debido a las “piedras homicidas” ya aparecen en los antiguos escritos, haciendo alusión a los especialistas encargados del tratamiento. En la Antigua Grecia (siglos IV y V a.C), Hipócrates (460-370 a.C) describe claramente los signos y síntomas de la litiasis renal y vesical. Es durante el gran siglo de Pericles cuando el médico griego establece su doctrina humoral en el “Corpus Hippocraticum” bajo la advocación de Asclepio y escribe: “Los humores gruesos se retienen en la vejiga formando un núcleo litiásico primitivo”. Este médico ya usaba medios diagnósticos que se han mantenido hasta nuestra época contemporánea, tal como la visualización directa de la orina (uroscopia) y la exploración de la cavidad vesical mediante sondas metálicas introducidas a través de la uretra. Tanto él como su contemporáneo Heródoto insisten en la necesidad de la especialización médica: “Para cada enfermedad y parte del cuerpo existe un médico especial. Hay para los ojos, los dientes, el abdomen y finalmente para las oscuras enfermedades internas”. Hipócrates desaconseja a sus discípulos que realicen la operación para la piedra en la vejiga, posiblemente por sus malos resultados que harían caer en el desprestigio. “La operación debe dejarse en manos de aquellos que se dediquen a este menester”.

Posteriormente y durante más de tres siglos no se produce ningún avance en este aspecto, a pesar de que la gran frecuencia de la litiasis urinaria infantil en la antigua civilización hindú hizo la aparición de expertos en la extracción de la piedra vesical (litotomía) tal como Susruta de Benarés (siglo VI a.C). En su libro Ayurveda o ciencia de la vida y en el cuarto apartado, consagrado a la terapéutica, describe con todo detalle la operación para la litiasis vesical (litotomía o talla vesical). El procedimiento preconizado consiste esencialmente en la sujeción de la piedra con el índice y el medio de la mano izquierda introducidos en el recto, e incidir directamente sobre ella a través del espacio localizado entre el ano y los testículos. Susruta no oculta los peligros de esta operación brutal y a ciegas: “El resultado de la operación, incluso hecha por un médico hábil, es incierta. Por ello debe considerarse como el último recurso. Si no se hace, la muerte es indiscutible; si se hace, el enfermo tiene la posibilidad de vivir. Por ello, después de haber invocado a los dioses, el médico honesto debe operar”.