La Medicina española tuvo médicos ilustres durante los siglos XV y XVI con importantes aportes a la Ciencia Universal a través de sus observaciones y cuando nuestras universidades podían compararse con las mejores del momento en el mundo.

La caída del Imperio Español supuso el derrumbamiento de la Ciencia Española, salvándose pocos ejemplos entre los que contamos a Gaspar Casal, quien en el siglo XVIII escribió su “Historia natural y médica del Principado de Asturias”, describiendo por primera vez la pelagra y adivinando la importancia futura de la vitaminología. Más tarde vendría el catalán Antonio Gimbernat, fundador del Colegio madrileño de San Carlos, maestro anatómico y cirujano insigne al igual que su maestro Pedro Virgili.

Al iniciarse el siglo XX, y en sus dos primeros tercios, la Medicina Española comienza una lenta recuperación saliendo del aislamiento de la centuria anterior gracias a las escuelas de Madrid, Barcelona y Cádiz, a las que se incorporaron los médicos que tuvieron que emigrar con motivo de la Guerra de la Independencia y de las luchas civiles que la siguieron. Según Gregorio Marañón “el exilio ha sido para nuestro pueblo, tantas veces sometido a cánones de violencia, el instrumento, casi con organización oficial, de nuestra expansión científica”.

La recuperación de la Medicina Española a partir del primer tercio del siglo XIX se debe a lo que Albarracín Teulón denominó como las “generaciones posibilitadoras” integradas por los nacidos entre 1835 y 1870, por lo tanto generaciones médicas de 1865, 1880 y 1898.

En consecuencia, la Medicina Española antes de Cajal está integrada por la generación de los nacidos en torno al año 1835: Juan Creus, Julián Calleja, Federico Rubio y Galí, Rafael Ariza, Juan Eugenio Olavide, Andrés del Busto, Enrique Suender y nuestro Aureliano Maestre de San Juan.

Cajal los cita a todos ellos en sus “Recuerdos de Infancia y Juventud”: Olóriz, pedagogo de la disciplina anatómica y precursor de los estudios antropológicos; Carlos María Cortezo, buen clínico e higienista; Luis Simarro, pionero en la investigación de la histología del Sistema Nervioso, la Neurología Clínica y la Psiquiatría, así como en las técnicas de tinción micrográfica con los métodos cromoargénticos y que tanto influrían en la futura obra de Cajal.

Cuando Cajal decide dedicarse al Magisterio le es necesario la graduación de doctor siendo necesario cursar oficialmente en Madrid las tres asignaturas cuya aprobación era entonces obligatoria para la graduación: Historia de la Medicina, Análisis químico aplicado a la Medicina e Histología normal y patológica.

La asignatura de Histología estaba a cargo de Aureliano Maestre de San Juan Núñez desde la creación de la nueva Cátedra en 1873. El propio Cajal de nuevo en sus “Recuerdos” refiere como “sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el doctor Maestre de San Juan y sus ayudantes (el doctor López garcía, entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso, por otra parte, de aprender lo mejor posible la Anatomía general, resolví, a mi regreso a Zaragoza, crearme un laboratorio micrográfico. Contando con la bondad inagotable de don Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología; pero no había visto preparar, ni era capaz de efectuar el más sencillo análisis micrográfico”. En cuanto a la información escrita sobre la ciencia micrográfica solo existían las obras de franceses y alemanes. De las obras españolas solo se disponía de la del doctor Maestre de San Juan “copiosa en datos, aunque de lectura un tanto difícil”.

Es de suponer que a través del impacto que Maestre de San Juan produjo en el joven Cajal, éste se vio orientado hacia la investigación y estudios histológicos que serían el denominador de toda su vida hasta alcanzar fama universal y la consecución del Premio Nobel conseguido en el año de 1906. ¿Pero, quien era el doctor Aureliano Maestre de San Juan para influir tan poderosamente en la obra cajaliana?