El cuadro futurista de “los pacientes en la correa sin fin” podría corresponder a una descripción de ciencia-ficción: tras una operación abdominal con la consiguiente anestesia combinatoria superautomática, el paciente está a punto de despertar. Dentro de unos segundos se iluminará la pantalla en la sala de observación y en la fosforescente pantalla aparecerá un rostro severo de ingeniero con auriculares y micrófono. Y el paciente XY-1951, sigue las instrucciones del “gran hermano”. Primero oprime un botón rojo, luego uno azul. Inmediatamente le aferran unos brazos de robot y lo depositan expeditivamente sobre una cama rodante automotora. Tras esas operaciones desaparece en un ascensor. Se le transporta velozmente y sin ruido a una de las mil cámaras higiénicas y esterilizadas. También allí le rodean manos de robot, espectros registradores, cosquilleantes aristas, acechantes pupilas de cámaras televisoras, parpadeantes lamparillas e indicadores. La Central averigua por la pantalla cómo ha transcurrido la jornada de Y-1951. Voces de locutores anónimos le indican cuándo ha de tocar determinados resortes. Mesas mecanizadas y dirigidas a distancia le llevan alimentos calientes hasta la cama.

“Y una sensación de extravío e infinita soledad embarga día y noche a Y-1951”.

Fuera de la ficción ya muchos hospitales disponen de salas especiales para monitores electrónicos dando los primeros pasos hacia esta utopía. Se han preparado salas especiales para monitores electrónicos con varias camas, cuya instalación costó miles de euros. Se trata de aparatos y registros que trabajan día y noche, anotando datos y transmitiendo a la central una información que requiere normalmente el concurso de varios médicos y enfermeras; pulsaciones, frecuencia de la respiración, presión arterial, temperatura del cuerpo, electrocardiogramas, electroencefalogramas, etc. Además, se puede observar directamente a cada paciente en una pantalla de televisión. Se ha provisto este sistema con señales de alarma, que suenan tan pronto como uno de los datos registrados descubre una complicación amenazadora.

En la sala central de observación una enfermera vigila simultáneamente a varios enfermos graves. Por consiguiente, en muchos casos resulta superfluo el velar junto al lecho del paciente. Ese sistema reduce los gastos de mantenimiento y economía personal, pero, además, ofrece otra ventaja nada desdeñable: facilita considerablemente la labor al médico de guardia. Con una simple ojeada hacia el tablero de señales comprueba cómo les van las cosas a los diversos pacientes y cuál de ellos necesita su ayuda. Así pues, la enfermera electrónica contribuye al salvamento de vidas humanas. Se sobreentiende que un departamento tan especial como ése sólo puede acoger a pacientes que requieran una observación incesante (enfermos de corazón o de aparato circulatorio, personas recién operadas, etc). Aparte de servir como monitores electrónicos, las máquinas autómatas son imprescindibles en otros ámbitos de la Medicina estableciendo diagnósticos y acumulando datos científicos y perfeccionando la información.

Al igual que otro autómata, el robot diagnóstico se comporta de acuerdo con la “alimentación” suministrada. Una máquina automática de helados no nos dará nunca otra cosa, y un robot preparado para enfermedades del sistema circulatorio no diagnosticará jamás sobre una conjuntivitis. Ningún cerebro electrónico podrá “pensar” lo que ningún hombre haya pensado con anterioridad. Fantasía o intuición serán siempre privilegios de la mente humana. Ahora bien, la máquina no olvida nada de lo que se ha suministrado una y otra vez. No conoce la fatiga, ni el tedio ni los sofismas. El robot trabaja incansable… mientras no se averíe algunas de sus incontables y minúsculas piezas, algunos de sus transmisores o se corte el suministro eléctrico.

Las máquinas electrónicas pueden auxiliar también al médico en la observación de enfermedades de elevada gravedad. La inconcebible capacidad asimiladora de las máquinas autómatas viene siendo utilizada como fuente de documentación y monumental archivador. Otra aplicación muy práctica es la ordenación de historias clínicas, hasta ahora el terror de los jóvenes residentes en el . Las historias clínicas presentadas por la máquina no sólo son legibles, sino que también ofrecen datos comparativos para la elaboración científica.

Racionalización, perfeccionismo y automatización posibilitan tareas cada vez más ambiciosas mediante la concentración expeditiva del trabajo, el funcionamiento rápido, preciso y seguro. Asimismo, el médico puede, y debe, racionalizar sus actividades dedicando mayor atención a los contactos directos con la persona enferma.

El objetivo de la racionalización médica no puede reducirse nunca a tratar mayor número de pacientes mediante las consultas en serie. Sería preferible dedicar este tiempo ahorrado a las conversaciones clínicas y a las exploraciones inmediatas sin perder nunca el papel de “médico amigo” que aconsejará sobre los problemas físicos o emocionales del enfermo sin alterar ni interrumpir la relación médico-enfermo no olvidando que el mejor médico es el propio médico.