En la primera mitad del siglo XVIII la Medicina en España había llegado a un estado lamentable no sólo al no haber seguido el progreso iniciado en otros países sino que además nos encontrábamos en condiciones de inferioridad respecto a siglos anteriores, aun dentro de nuestro país.

La asistencia médica se repartía entre médicos y cirujanos y al margen de ellos pululaban curanderos, emplastadotes, empíricos y sangradores. Los médicos tenían formación universitaria con título de bachiller, licenciado o doctor, y miraban con desprecio a los cirujanos de condición social más humilde que incluso no les importaba “tocar a los enfermos” e incluso “mancharse las manos con sangre y pus”.

En todo el mundo los cirujanos pretendían elevar su nivel científico y social, intentando equipararse a los médicos. Ya en el siglo XIII se había intentado la separación en dos categorías: los cirujanos de ropa larga o toga, de formación latina, y los de ropa corta o simples barberos. Cirujanos y barberos se unían o se separaban según conviniera al momento.

En España la Real Cédula de 5 marzo de 1594 ordena, bajo Felipe II, a la Facultad de Medicina de Alcalá de Henares que establezca una Cátedra de Cirugía. Los estudiantes de cirugía precisaban haber oído tres cursos de Artes (Bachiller en Artes), pasar tres años asistiendo simultáneamente a las cátedras de Medicina y de Cirugía, y después de terminar los estudios o en sus dos últimos años, habían de hacer prácticas con cirujano de ciencia y experiencia. Es decir, cursos de Artes, Medicina, Cirugía y Práctica. Felipe III, en 1603, dispone que se pueda admitir a examen a los romancistas, aunque no hayan estudiado Artes ni Medicina, con sólo acreditar cinco años de práctica. A partir de 1617 se fija que existan en cada Universidad cátedras de Cirugía y Anatomía. Estas disposiciones permitían que hubiese dos tipos de cirujanos: los latinos, de formación universitaria, y los romancistas, sin estudios literarios ni filosóficos, que se examinaban ante el protomedicato con sólo acreditar unos años de práctica.

La etapa de la Ilustración en España no tuvo la repercusión de las escuelas francesas e inglesas. Esta etapa viene representada por la creación de los tres Reales Colegios de Cirugía: Cádiz (1750), Barcelona y Madrid, de gran importancia para la cirugía española. La obra se debió a la labor de Pedro Virgili (1699-1776) quien conoció la fundación francesa de la Academie de Chirurgie por Maréchal, La Peyronie y J.L. Petit. El éxito de los Reales Colegios, el de Cádiz para la Armada (1750) y en Barcelona para el Ejército, aconsejaron a Carlos III establecer otro centro en Madrid para los cirujanos civiles. Virgili encomendó la empresa al cirujano Antonio Gimbernat (1734-1816), que había sido alumno en el Colegio de Cádiz y era profesor del Colegio de Barcelona. Junto a Mariano Ribas viajaron a Londres, Edimburgo y Holanda para estudiar el estado de la enseñanza quirúrgica (1774-1778).

El proyecto de crear un Colegio de Cirugía en Madrid ya fue anunciado por Fernando VI en 1749 en el Hospital General de Madrid, encargando el proyecto de locales para dicha enseñanza al ingeniero José Hermosilla. Se elaboran diversos reglamentos en 1768 y 1775 para la enseñanza de la Cirugía y de la Anatomía. El proyecto no avanzaba ante las dificultades impuestas por el Protomedicato y las Cofradías de San Cosme y San Damián que autorizaban para ejercer la profesión a algunos cirujanos romancistas.

En 1780 Carlos III ordenó que se estableciese definitivamente un Colegio de Cirugía en Madrid. La ubicación fue en un pabellón lateral del Hospital General, y en sus bajos se estableció en un principio el Real Colegio de Cirugía de San Carlos. Las ordenanzas definitivas se harían en 1787 (1 de octubre, inauguración del primer curso). No disminuyó el recelo del Protomedicato ni de las Universidades frente a los Colegios, que eran censurados permanentemente por sus métodos anticuados.

Hasta finales del siglo XVIII, en España no se comenzó a plantear la unión entre los médicos y los cirujanos en unos estudios y títulos comunes. En 1799 se ordenó la fusión entre el Real Estudio de Medicina Práctica con el Real Colegio de Cirugía de San Carlos, bajo la denominación común de Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos, aunque subsistiera en igual forma los estudios de Medicina en las Universidades. El Colegio reunido comenzó a funcionar en el curso 1799-1800. Al año siguiente se deshizo la unión. Hasta 1828, con Pedro Castelló Ginestá, no volverían a realizar estudios comunes médicos y cirujanos. En este Real Colegio de Medicina y Cirugía que se crea en 1827 está el germen de las facultades de Medicina españolas. Hasta 1843 no recibirá el nombre de Facultad de Ciencias Médicas, y en 1845, el de Facultad de Medicina. En 1828 desaparece el Real Colegio de Cirugía de San Carlos pero de ahí nace una Facultad de Medicina.

En resumen: la cirugía de la Ilustración se separa definitivamente de los barberos y del empirismo medieval. Los cirujanos entienden que su profesión es algo más que simples operaciones manuales. Estudian al hombre normal y luego al enfermo. Colaboran con físicos y químicos, crean la cirugía experimental, constituyen sociedades científicas y publican revistas especializadas. La cirugía del siglo XVIII está más avanzada que la medicina, paralizada por la rutina y el dogmatismo.