Nuestro camino habitual desde las tierras manchegas nos hace de-sembocar en la antigua, y ahora nueva, madrileña estación de ferrocarril en Atocha (casi nadie denomina a la Glorieta de Atocha con su auténtico nombre de Glorieta de Carlos V). El “atochar” donde hace siglos crecían libremente los matorrales de esparto y ahora preside la fuente, diseñada por , popularmente conocida como “la alcachofa”.

Desciendo del hoy rápido ferrocarril y mi primera vista es para el caserón que fuera el Hospital General. Siempre me alcanzan las emociones al recordar mis primeros encuentros con la medicina hospitalaria cuando se iniciaba la década de los sesenta del siglo pasado. En un no excesivamente cuidado jardín, anexo se situaba el edificio del fracaso final de la medicina ante el hecho biológico inalterado de la muerte. Allí “convivían” unos y otros ya que de manera simultánea era el alojamiento familiar del encargado del depósito y de su numerosa prole.

Intentar hablar del Hospital General equivaldría a recordar la historia de Madrid y de la Medicina española de más de cinco siglos. A pesar de las transformaciones para otros usos, el Hospital General será siempre uno, a despecho de todas las mutaciones (actual Museo Reina ), y uniformemente es muy entrañable recordar su pasado. Atocha y sus aledaños fueron durante siglos uno de los más importantes polos sanitarios de Madrid. La antigua tradición sitúa en las cercanías el Señora de Atocha, fundado en las inmediaciones de la ermita del mismo nombre, a la que peregrinaban los enfermos para encontrar alivio a sus males.

En el Madrid del siglo XVI se incrementan los problemas de desempleo, vagabundeo y mendicidad y en consecuencia proliferan los Hospitales con una finalidad médico-asistencial pero especialmente van a servir de alojamiento permanente para pobres y menesterosos con imposibilidad de ganarse la vida por sí mismos, incluyéndose tanto los enfermos crónicos como a los ancianos e inválidos, que ingresaban en el hospital buscando cobijo tanto asistencial como espiritual hasta el final de sus días.

Muchas instituciones se denominan “hospitalitos” (Toledo) o incluso Hospital de Incurables. La aparición de nuevos conceptos modernistas sobre la asistencia sanitaria ponen en marcha los intentos de concentración hospitalaria buscando un mejor aprovechamiento de los recursos y hacerlos más eficaces dentro del marco de una novedosa ordenación social. Bajo el reinado de Felipe II se inicia este proceso de unificación hospitalaria y de esta forma, desde la designación de Madrid como capital, el Monarca se propone fundar un Hospital General reuniendo los cuatro hospitales que había en la Corte: el antiguo Hospital de San Ginés, el Hospital del Campo del Rey, fundado en 1486 por Garci Álvarez de Toledo, y que estaba situado cerca de la puerta de Segovia; el Hospital de mujeres de la Pasión, fundado a mediados del siglo XV y que en 1516 se localizaba al lado de la ermita de San Millán, con 40 camas iniciales que luego se aumentaron a 200, sin más fondos que los que se obtenían con las limosnas y cuya misión estaba destinada, exclusivamente, a la curación y acogida de mujeres; y el Hospital de Convalecientes, de reciente fundación, en la calle de Fuencarral. El proceso de unificación sería largo y dificultoso ya que hasta veinte años después no se conseguiría reunir dichos establecimientos en el proyectado Hospital General que se situó en un extremo de la calle del Prado y comienzo de la Carrera de San Jerónimo.

No transcurrió mucho tiempo sin que el Hospital General fuera insuficiente. Esta circunstancia de su escasa capacidad, unido al deseo de que las exhalaciones que de él se desprendían se distanciasen del pueblo, motivaron el que se buscase un nuevo y más adecuado acomodo, eligiéndose para ello un gran albergue de mendigos que había fundado en Atocha el médico don Cristóbal Pérez de Herrera, iniciándose las obras de acomodo durante el reinado de Felipe II y concluyéndose en el año 1600, durante el reinado de Felipe III.

A finales del siglo XVI e inicios del XVII la denominación de “Hospital General” designa una unidad funcional resultante de la unificación de un variable número de otros hospitales con finalidades varias: desde la puramente médico-asistencial hasta la recogida de pobres, vagabundos, huérfanos, enfermos mentales y maleantes de diversa índole, tanto válidos como inválidos, enfermos o convalecientes, curables o incurables.

Este conjunto de finalidades confiere al modelo institucional del “Hospital General” unas características especiales en la historia de la asistencia hospitalaria, que le hacen participar de las funciones de una institución penal, asilo, taller y centro sanitario.

El 9 de junio de 1603 se trasladaron al nuevo edificio los hombres residentes en el Hospital de santa Catalina y 33 años más tarde, en 1636, volvieron a él nuevamente las mujeres desde su Hospital de la Pasión. De esta fusión nace el llamado Hospital General y de la Pasión, cuyo primer médico fue Cristóbal Pérez de Herrera que había sido el fundador del inicial albergue de mendigos.