Una seria amenaza para el planeta

La emisión a la atmósfera de gases que tienen efecto invernadero ha existido siempre, por ejemplo, a través de las erupciones volcánicas o las tormentas de arena, que aumentan la retención de radiaciones infrarrojas. Sin embargo, estos fenómenos son fuentes puntuales y no muy prolongadas, por lo que los gases y las partículas emitidas en estos episodios pueden ser absorbidos por los propios ecosistemas del planeta.

Fue el físico-químico sueco Svante Arrhenius (1859-1927), premio Nobel de Química en 1903, uno de los primeros en señalar que el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera debido al consumo de carbón podía provocar una subida de la temperatura terrestre. Aunque Arrhenius pensaba que podría ser un calentamiento beneficioso al librarnos de futuros períodos glaciales, en el siglo XXI, con un aumento de 0,6 grados de la temperatura de la superficie terrestre, el calentamiento se ha convertido en una seria amenaza para el Planeta.

Desde el principio de la Revolución Industrial, las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera han aumentado un 30%, las de óxido nitroso se han incrementado un 15% y las de metano se han disparado hasta casi un 100%. Estos tres gases, conocidos popularmente como gases de efecto invernadero, se han destacado como los principales causantes del calentamiento global producido por la quema de combustibles fósiles.

Los efectos del cambio climático varían según las zonas del mundo

En 1988 se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), agencia especializada de las Naciones Unidas con el cometido de realizar evaluaciones periódicas del conocimiento sobre el cambio climático y sus consecuencias. El último informe del IPCC de 2001, considerado uno de los análisis más completos sobre los efectos del cambio climático en el mundo, abordaba los efectos del calentamiento terrestre a lo largo del siglo XXI.

Según el informe, el aumento de las temperaturas a escala global provoca, por un lado, que se evapore más agua de los océanos y, en consecuencia, que aumenten las precipitaciones; por otro lado, acelera la fusión de los hielos polares, lo que hace subir el nivel del mar. Todo ello puede redundar en cambios en las corrientes de circulación oceánica, reguladoras del clima mundial, y en las corrientes de circulación atmosférica.

El resultado final es que el cambio climático afecta a todas las regiones del mundo, aunque no siempre en el mismo sentido. El informe del IPCC de 2001 analizaba cómo afectaría el cambio climático a las distintas zonas del planeta.

En Europa habría más sequías en los países mediterráneos; la producción agrícola crecería en el norte y se reduciría en el sur; los destinos turísticos cambiarían debido a las olas de calor en verano y a la reducción de nevadas en invierno; y la mitad de los glaciares alpinos desaparecerían en un siglo.

En África, la reducción de precipitaciones reduciría las cosechas, agravaría los déficits de agua potable y provocaría más desertización. El aumento del nivel del mar causaría, además de la erosión costera, grandes desplazamientos de poblaciones en el oeste, en el sudeste y en Egipto.

Por su parte, Asia se vería azotada por más ciclones y precipitaciones torrenciales en el sur, más catástrofes naturales, menor seguridad alimentaria, pero mejores cosechas en el norte.

En Oceanía, el aumento de cinco milímetros anuales en el nivel del mar reduciría la superficie habitable en las islas del Pacífico y el consiguiente desplazamiento de poblaciones, la destrucción de las barreras de coral y la modificación de los bancos de pesca.

América del Norte sufriría el aumento de huracanes en la costa atlántica, la reducción de las praderas y el avance de enfermedades infecciosas como la malaria.

Latinoamérica tendría más precipitaciones catastróficas, más sequías, más cólera y malaria.

En los polos, la fusión de los casquetes polares provocaría cambios en la circulación oceánica que afectarían al clima de todos los continentes.

La expansión del agua y el continental y ártico provocarán subidas del nivel del mar

Para precisar impactos y plazos temporales del cambio climático en el futuro, el Centro Hadley, líder mundial en la predicción, se planteó en 1999 varios supuestos de emisiones de dióxido de carbono, llegando a la conclusión de que si no se tomaban medidas para reducir tales emisiones la temperatura media global en 2080 sería tres grados centígrados superior a la actual, de modo que la tierra se calentaría dos veces más rápido que el océano; en 2050 la subida de temperatura sería de dos grados y mil millones más de personas sufrirían la escasez de agua. En caso de que no se hiciera nada por evitarlo la cifra ascendería y la escasez de agua podría afectar incluso a 3.000 millones de personas.

En lo que respecta a la cuestión sanitaria, los expertos del Hadley calcularon que en 2080, unos 290 millones de personas más que en la actualidad correrían riesgo de sufrir malaria. Si se estabilizaran las emisiones de gases a la atmósfera, la cifra podría bajar hasta 175 millones de personas.

Según un estudio realizado por la Universidad de East Anglia (Reino Unido) en 2003, la contención de las emisiones estabiliza el clima y los impactos a largo plazo, excepto la subida del nivel del mar. El problema se debe al hecho de que el calor tarda en llegar a las profundidades de las aguas marinas y su efecto, una vez desencadenado el calentamiento, se mantiene durante mucho tiempo, provocando la expansión del agua y el deshielo continental y ártico. Las predicciones indican que el mar subirá cuarenta centímetros en el 2080, si no se toman medidas para contener las emisiones de CO2, y de 30 a 27 centímetros en el mejor de los casos. Incluso, se espera que la elevación del nivel del mar alcance casi un metro dentro de dos siglos.

El nacimiento de la conciencia ecologista

Durante varias décadas se han sucedido numerosos desastres que han ido despertando la conciencia ecologista.

En 1976 se produjo la fuga de dioxinas de la fábrica química de Seveso (Italia), en 1978, la marea negra en las costas de Bretaña provocada por el naufragio del barco Amoco Cádiz y en 1979 el accidente en la central nuclear estadounidense de Three Mile Island, que obligó al cierre de las instalaciones y a la evacuación de más de 200.000 personas.

Ya en la década de los años 80 se denunciaron los efectos de la lluvia ácida en los bosques europeos. En 1984 la fuga de gases venenosos en la filial india de Union Carbide en Bhopal provocó la muerte de 3.000 personas. Los accidentes continuaron con la mayor catástrofe nuclear de la historia: la explosión en el reactor 4 de la central nuclear soviética de Chernóbil en 1986, que produjo 31 muertes, 30.000 personas fallecidas por radiactividad en los diez años siguientes y millones de afectados. Terminaba la década de los años 80 con la marea negra causada por el hundimiento del petrolero Exxon Valdez en aguas de Alaska en 1989.

Ante esta sucesión de catástrofes empezaron a surgir iniciativas comprometidas por el futuro del Planeta. En 1970, Edward Golsdmith fundó en Londres la revista The Ecologist y un año después nació Greenpeace en British Columbia (Canadá) con acciones directas no violentas contra las pruebas nucleares estadounidenses en Alaska. En 1972, Goldsmith publicó el Manifiesto por la supervivencia, que dio paso a la creación de partidos verdes en los países desarrollados. En 1974, el francés René Dumont se presentó a las elecciones legislativas francesas como candidato ecologista y consiguió el 1,5% de votos.

En la década de los años ochenta, el movimiento verde lideró las manifestaciones antinucleares y se fue consolidando como alternativa política en Europa. En 1987 la conciencia ecologista llegó a las Naciones Unidas: la Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU, presidida por la noruega Gro Harlem Brundtland, habló por primera vez de desarrollo sostenible, argumentando que progreso económico y protección medioambiental eran compatibles.

Las Cumbres Medioambientales

Los gobiernos del planeta han organizado en los últimos años varios foros para discutir cuestiones como el calentamiento global y adoptar medidas correctoras. La primera cita fue en 1972 en Estocolmo (Suecia), donde se celebró la primera Conferencia Internacional sobre el Medio Humano, emprendiendo las actividades necesarias para mejorar la comprensión de las causas naturales y artificiales de un posible cambio climático.

En 1979 se convocó la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima y en 1983 se constituyó la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, conocida como Comisión Brundtland.

A finales de 1990, tuvo lugar la celebración de la Segunda Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que se creó el Comité Intergubernamental de Negociación con el mandato de elaborar una Convención Marco sobre el Cambio Climático, que fue adoptada en 1992 como culminación de la Conferencia Cumbre de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro, donde realmente se sentaron las bases para que los países del mundo lucharan contra los estragos de la contaminación.

Tras ese hito histórico, la cita clave fue en 1997, ya que en el Protocolo de Kyoto, suscrito al final de la Conferencia de las Partes realizada en 1997 en dicha ciudad japonesa, se establecieron metas para que las naciones industrializadas redujeran sus emisiones de gases que causan el efecto invernadero. Lograr el porcentaje de ratificaciones necesarias para su aplicación llevó un proceso de 7 años hasta que Rusia lo ratificó en septiembre de 2004, entrando en vigor en febrero del siguiente año.

Desde la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto en 2005, la lucha de los países por la reducción del efecto invernadero ha evolucionado con dificultad, ya que es difícil de conseguir el compromiso de los países: Estados Unidos nunca ha refrendado el tratado japonés, hay estados emergentes como China que niegan supeditar su crecimiento económico al respeto a la naturaleza y países como España que lo incumplen habiéndolo aceptado. No obstante, según el Informe Evolución de las emisiones de gases de efecto invernadero en España 1990-2006 de Comisiones Obreras, España ha conseguido en 2006 reducir en cuatro puntos porcentuales las emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 2005, las mejores cifras desde 1990.

Avance en la implementación del Protocolo de Kyoto

La última Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático se celebró en Nairobi (Kenia) del 6 al 17 noviembre pasado, conjuntamente con la reunión de las partes del Protocolo de Kyoto y las reuniones de los órganos subsidarios.

Esta Conferencia, que se realizaba por primera vez en África subsahariana, debía responder a las fuertes expectativas de los países africanos para la implementación completa de los instrumentos actuales de la Convención y del Protocolo de Kyoto. El centro de las discusiones fue la ayuda prestada por esos países en materia de adaptación, de análisis y de medidas para hacer frente a los efectos devastadores del cambio climático.

Las decisiones tomadas permiten responder tanto a algunas expectativas de los países en desarrollo como definir un calendario de los trabajos que llevarán a la toma de decisiones sobre otros temas importantes como son el financiamiento de los programas de los países en desarrollo gracias a un fondo de adaptación, tecnologías de captación y de almacenamiento del carbón del subsuelo; la lucha contra la deforestación; y las transferencias de tecnología.

En lo que respecta al Protocolo de Kyoto, se acordó establecer como objetivo general la reducción de las emisiones de dióxido de carbono en un 50% respecto a los niveles de 2000 para el año 2050.

Pese a las reticencias de algunos países, sobre todo de estados en crecimiento, como China o India, y de países que temen por una merma de su economía si apuestan por la sostenibilidad, –Estados Unidos es el mejor ejemplo de ello–, también se ha marcado como plazo para revisar el Protocolo de Kyoto el año 2008. El secretario de Estado para Medio Ambiente, Alimentación y Agricultura del Reino Unido, David Miliband, dijo tras finalizar la cumbre que la acababa con dos sensaciones, una, que la comunidad mundial puede progresar cuando se lo propone y, otra, que necesitamos acelerar.

El calentamiento global provocará la desaparición de una sexta parte de la población mundial

Ante el desalentador escenario previsto, el gobierno del Reino Unido busca liderar la lucha mundial contra el calentamiento global, por lo que ha contratado como asesor independiente a Al Gore, ex vicepresidente de los Estados Unidos y realizador del documental-denuncia sobre el cambio climático, “Una verdad molesta”.

Además, el primer ministro británico, Tony Blair, y su ministro de Hacienda, Gordon Brown, han instado a uno de sus más estrechos colaboradores en materia económica, Nicholas Stern, a realizar un estudio sobre los efectos del cambio climático en la economía mundial. Es el primer trabajo que parte de un planteamiento no científico para abordar el problema.

Stern, que fue jefe economista del Banco Mundial y actualmente es un alto funcionario del Ejecutivo británico, afirma en su informe que el calentamiento global podría originar una recesión de alcance mundial; de hecho, cuantifica el coste del problema en siete billones de dólares si los gobiernos no toman medidas radicales en los próximos diez años.

La rigurosidad de este estudio, planteado desde una disciplina, en principio poco ligada a las cuestiones ecológicas, supone un claro aviso sobre los peligros materiales que plantea el cambio climático para el devenir de la humanidad. Además, Stern apunta que el calentamiento global provocará la emigración de 200 millones de personas, la desaparición de una sexta parte de la población mundial, al margen de la extinción de hasta un 40% de la fauna existente.